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Riqueza intervenida

escrito por Antonio Vegas 26 marzo, 2011

Tras la caída del telón de acero, podemos alegrarnos de que los individuos tienen más libertad para elegir su destino. El colectivismo se ha erradicado prácticamente de la sociedad moderna y las normas se ajustan mejor a la naturaleza humana: “el hombre está condenado a ser libre”.

Sin embargo, uno de los intersticios más importantes de la sociedad sigue todavía con antigüos vestigios de estatismo. Me estoy refiriendo a la economía, que es el ámbito más intervenido actualmente. Los estados, en simbiosis con los banqueros, pactan la creación de dinero bancario lucrándose a costa de un tercero: el ciudadano. Los bancos centrales, en simbiosis con los estados, deciden el valor de las variables que más influyen en nuestras decisiones económicas, como el tipo de interés.

Los precios, que en teoría deben reflejar la oferta y la demanda del mercado, son alterados por las decisiones del los organismos de planificación financiera. El BCE, por ejemplo, se ha fijado como objetivo mantener la inflación de la zona euro en el 2%, en lugar de dejar que el mercado se regule por sí mismo.

Intervenir en las variables que se ajustan espontáneamente, como los precios, es muy pernicioso. El organismo planificador no conoce la realidad económica tan bien como el conjunto de individuos que la componen e, indefectiblemente, la decisión del BCE siempre será más desacertada que la del mercado, por muy bienintecionada que ésta pudiera ser.

Suele decirse que la deflación es igual de peligrosa que una inflación severa. Incluso esta idea es admitida por numerosos interventores económicos. Pero esto es falso. La deflación en sí sólo indica que los precios están bajando, lo cual es positivo si es porque el coste se está reduciendo (por ejemplo, por la inclusión de una nueva tecnología) o negativo si es porque la demanda se contrae, al reducirse la renta o la riqueza de la sociedad. Por tanto, mantener constantemente el nivel de inflación es impedir el progreso, pues es similar imponer un tope a la riqueza de la sociedad.

Además ello es aún más negativo si tenemos en cuenta que, en una economía no intervenida, los precios se reducirían en un promedio de un 3% al año (como ocurriría en un sistema basado en el patrón oro). Lo cual es lógico, ya que surgen nuevas y mejores formas de producir, que reducen el coste y abaratan los precios.

Es por esto por lo que nuestras decisiones económicas realmente no son nuestras, sino de aquellos que deciden ad hoc cuánto dinero imprimir, cuánto subvencionar, cómo hacerlo, a quién beneficiar y a quién perjudicar.