Quien esté libre de culpa …

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… que tire la primera piedra.

Se acuerdan de lo que comentaba hace unas semanas sobre los peligros que se ciernen sobre nosotros si dejamos que la fe (me da igual en qué se crea: cambio climatico, Dios, dinero; hablo de la fe por la fe, de la apología de mis creencias por encima de las de los demás y de lo que me dicta la razón) nos convierta en marionetas de dogmas y predicadores?

Miren el espectáculo, pasen y vean:

Suspected Muslim separatists shot and killed three Buddhist women involved with a project for victims of Thailand’s insurgency Monday, just two days after three Muslim children were killed in an attack on a boarding school.

Increasing violence that has targeted children, commuters and other innocent bystanders is raising fears that the insurgency, in which more than 2,000 people have been killed, could erupt into open combat between the Muslim and Buddhist communities in provinces along the Malaysian border.

Thailand is overwhelmingly Buddhist, but the country’s far south is predominantly Muslim, and residents of the region have long felt that they are treated like second-class citizens. Fuente.

Hasta los budistas! De los islamistas fanáticos ya no me sorprende nada, pero… los budistas? Así está el panorama. Siempre nos queda ponernos a discutir que fué primero: el huevo islamista o la gallina budista.

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4 Respuestas a “Quien esté libre de culpa …”

  1. Recuerdo, tras el 11M – que viví en uno de los hospitales donde más heridos llegaron -, al arzobispo de Sevilla, Amigo, argumentando a las audiencias radiofónicas lo mucho que nos quieren los musulmanes y la conmoción que había causado entre ellos el derramamiento de sangre inocente.

    “A mí me le felicitan la Navidad muchos marroquíes en Sevilla…”, dijo.

    Y a mí algunos abertzlaes, monseñor, por eso no vivo allí.

  2. Admirado D. Luis, yo creo, pese a lo mucho que me falta para llegar a ser de León, que la orientación básica de mi vida quedará validada o invalidada en algún momento de la madurez. Uno puede haberse equivocado, en todo o en parte, pero si ha apostado fuerte y a sabiendas, llegará un día en que lo sabrá.

    Todo va ido sucediendo como si, a pesar de los pesares, se hubiese ido siguiendo una trayectoria segura pero a ciegas, haciendo, como los sonámbulos, todos los movimientos adecuados para guardar el equilibrio en lugares peligrosos y en dirección de una meta precisa, pero sin saberlo ni poderlo controlar, hacia la identidad.

    ¿O es que viviendo a fondo lo que se vaya viviendo, cualquier cosa con tal de que sea digna, se adquiere de todos modos esa deseada identidad, hacia la cual, en realidad, no se camina, sino que ella misma resulta del caminar forzado por el tiempo, y aunque no haya una meta concreta y precisa con tal de que se trate de ir siendo auténtico de situación en situación…?

    En los comienzos se ignoraba todo, y se presentía el misterio, las dificultades, los imprevistos; después se sigue ignorando todo, pero los imprevistos han desaparecido; lo ambiguo no ha dejado de serlo pero, a fuerza de reiteraciones, comienza a presentar una domesticidad que lo hace resultar todavía más paradójico y sin embargo más entrañable.

    Como en “Muertos sin sepultura” de Sartre: es esa domesticidad del mundo que van a abandonar, si son ejecutados, lo que hace a los protagonistas flaquear en su decisión de dejarse matar para encubrir al jefe de la guerrilla.

    El momento culminante del dramatismo de la obra es el conflicto entre la intimidad familiar del mundo que va a ser abolida y el deber oficial y colectivo de las reglas del juego a que se han comprometido absolutamente… ante ese mundo que se ha hecho familiar y doméstico, a fuerza de ser vivido, y a pesar de sus amarguras y sinsentidos, parecen perder de repente su valor absoluto los compromisos abstractos o demasiado ideológicos.

    La realidad, la realidad misma natural y social, con sus procesos, puede considerarse una gran metáfora de algo ilimitado, no se sabe qué, cuya clave falta.

    Los más, en cambio, cuando no son demasiado ilusos, o no llegan a un grado suficiente de sentido estético, poético o creativo, la llaman, despectivamente y no sin lucidez, un engañoso y gigantesco montaje.

    Todo depende del horizonte ante el que se esté situado al existir; “vivir contra un muro es una vida de perros”, como dijo Fulano.

    Hoy asistimos al enfrentamiento inconciliable de consecuencias imprevisibles entre la perspectiva islámica y la, llamémosla así, occidental; ámbas reales sólidas y afirmadas, y ámbas con sus perfiles de irrealidad y contravalor.

    Los conflictos serán inevitables, y los pagarán los de siempre, los débiles.

    El clavo ardiendo al cual nos agarramos (*) es la tolerancia, un fetiche que no es sino otra forma de violencia (el “hilm” de los clásicos árabes); “puedo golpearte, ¿quién me negará ese derecho? …pero no va ser hoy”.

    En fin, eso.

  3. Y no es que los afectos sean mentira, es que son otros modos de percibir verdades, pero interfieren con las presentaciones desecadas, esquemáticas y abtractas de la razón.
    Por eso los sistemas cognitivos mejor fundamentados envejecen y quedan siempre sepultados por los años.
    Nadie puede pretender haber dicho la última palabra.
    Ni es irracional seguir esas otras razones “del corazón”, que diría Pascal, Pascalín, ni podemos guiarnos exclusivamente por la congruencia racional.

    #H. es una verdadera suerte poder presumir de tenerte como lector y es un verdadero lujo disfrutar de tus comentarios.

    Mi único “pero” a tu comentario: dónde queda el aprendizaje? acaso la observación de lo acontecido y sus consecuencias no sirven para domar al corazón al tiempo que enmarcan a la razón? No es preferible compartir una experiencia (o los resultados de la misma), ya sea emocional o racional, a imponerla? O debo suponer todo esto tras tu “Nadie puede pretender haber dicho la última palabra”?

  4. El efecto estético de las ficciones biográficas – excepto macabros a lo Thomas Hardy – radica en la seguridad de que por muy desorientada que el protagonista aparezca en los comienzos, su sentido común terminará por imponerse y compondrá una figura de existencia armoniosa.

    En el mundo real, y a posteriori, deberíamos estar ya convencidos de que dada la disposición biológica de cada uno, su historia afectiva, su acervo cultural y tradicional, sus convicciones prácticas y el peso de las vigencias sociales, no es posible que todo el mundo haya recibido “sentido común;, por la misma razón que no a todos les sale una mayonesa diez minutos antes de que llegue el primer invitado.

    La vida no es una práctica de neurofisiología. No se puede persuadir a todo el mundo de unas mismas verdades. Lo que para unos es argumentación probativa y válida, es para otros lo contrario y causa de dudar más de lo que se pretende probar…

    Es preciso darse cuenta de que toda certidumbre – no todo hombre- es libre.

    Ni hay una afirmación que a todo oyente o interlocutor posible obligue necesariamente a una certeza.

    Se acaba estando seguro de algo si una opción emocional, volitiva o actitudinal – p. e. la afinidad emocional, la simpatía o la fuerza persuasiva de la palabra, recibida así por el oyente – ayuda a inclinarse a tal certeza.

    Desde luego, si el que trata de persuadir fuese poco simpático o cayese mal al oyente, o hubiese prejuicios en su contra, sería imposible conseguir una adhesión a sus tesis mejor demostradas.

    ¿La gente es mala, se cierra, no me quiere escuchar..?

    …Pero si es sólo una condición de su modo de recibir mensajes y de reaccionar dentro de la situación de escucha. Son como tú.

    Nunca recibimos el mensaje escueto y abstracto, sino integrado en un discurso, en un contexto cultural muy amplio, en una relación… que pueden suscitar por razones completamente distintas al mensaje, rechazo, reacción defensiva, frialdad o adhesión y aceptación, por encima de otros argumentos en contra.

    Es un fenómeno obvio y un poco siniestro: la lógica de las razones nunca domina, sino que llega envuelta en otros factores de tipos muy variados que afectan subjetiva, emocional y estéticamente en virtud de recuerdos y asociaciones incontrolables.

    Así, podemos ver mentalmente la fuerza lógica que algo en sí presenta y, sin embargo, no decidirnos, no poder, aceptarla, pues nuestra razón emerge de una masa vital en la que se combinan esos otros elementos no racionales.

    Quizá la razón no es tal “razón”, sino en gran medida una sublimación de ese conjunto de factores no del todo racionales.

    Sirve para comprender y para planificar, pero no nos abre por sí misma a la verdad de las cosas.

    Deja entreabierta su puerta, pero no es suficiente para acabar de hallarse convencido.

    Hay que convencerse, a sí mismo y desde otros ángulos que no son estrictamente racionales.

    Están por lo menos ahí, también operantes, los intereses y los afectos.

    Y no es que los afectos sean mentira, es que son otros modos de percibir verdades, pero interfieren con las presentaciones desecadas, esquemáticas y abtractas de la razón.

    Por eso los sistemas cognitivos mejor fundamentados envejecen y quedan siempre sepultados por los años.

    Nadie puede pretender haber dicho la última palabra.

    Ni es irracional seguir esas otras razones “del corazón”, que diría Pascal, Pascalín, ni podemos guiarnos exclusivamente por la congruencia racional.

    Otros factores emocionales y situacionales ejercerán su influjo, a pesar nuestro, y ni nos daremos cuenta de que lo ejercen.

    Y tal influjo no es en sí perjudicial ni falaz, es necesario y puede conducir a verdades ciertas, necesarias, aunque conlleva riesgo de extravío.

    Permite llegar más lejos que la razón – a veces – y generar o consolidar las certezas.

    Y parece mejor y más realista, en lugar de pretender razonar escolásticamente, examinar el abismo de proyecciones vitales y existenciales en el interior de las ofertas de razonabilidad que nos presentan.

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