Las Naciones no se inventan

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Antonio Fontán, expresidente del Senado y nada sospechoso de ultranacionalismo de ningún tipo, nos da hoy en el diario ABC unas lecciones de Historia, dignas de quedar para siempre en este blog:

… Definir a Cataluña, o a cualquier otra de las comunidades autónomas de España, como una «nación» sería enfrentar la realidad histórica y social que así se quiera titular con la «Nación» de verdad que es la España total…

EN latín, igual que después en nuestra lengua, «nación» equivalía a lo que hoy se entiende por gente, raza o pueblo, mientras que se les llamaba «populus» cuando habían alcanzado cierto nivel de organización política.

El español empezó a emplear la voz «nación» en la segunda mitad del siglo XV. El noble poeta y regidor de Toledo Gómez Manrique, tío del famoso autor de las «Coplas a la muerte de su padre», en un libro que dedicó a los Reyes Católicos, dice que «perdió todas las Españas, el último rey Rodrigo, Señor de nuestra nación». La ocasión de esta referencia y su contexto prueban que reyes, poetas y políticos entendían que las «Españas» eran su «nación» y que constituían una entidad unitaria y diferenciada de las otras naciones distintas de la «nuestra». Pero esa «nación» eran «los españoles», no su organización política o algo parecido a lo que hoy se llama «estado». Eso, entonces, lo eran los reinos y, en su caso, las ciudades.

Los escritores del XVI y el XVII siguen empleando nación en el mismo sentido de la centuria anterior, más general que político. En la segunda parte del Quijote aparece un morisco, Ricote, que hablando con su paisano Sancho Panza de los de su raza, que habían sido expulsados de España, dice que son de su «nación». En el Persiles, Cervantes menciona a la «nación portuguesa», que tan gran primor tiene en componer epitafios, aunque Portugal entonces formaba parte de la Monarquía española y no era independiente, y en una de sus «Novelas ejemplares» dice de «los gallegos, que es otra nación, según es fama, menos puntual que la vizcaína». También para Baltasar Gracián, los españoles son una nación, y los franceses otra distinta.

Pero todo eso cambia con las dos grandes revoluciones de fines del XVIII, la americana y la francesa. Después de ellas, las lenguas de cultura designan con la palabra nación una comunidad política unida, independiente y soberana. Los Estados Unidos -e pluribus unum- son varios estados, primero trece y finalmente cincuenta, pero «one nation». Y en el tercer momento de la Revolución francesa, la asamblea titular de la soberanía es apellidada Convención nacional.

El 20 de septiembre de 1792 las milicias de esa «Convención», mandadas por el general Dumouriez, el más versátil de los militares de su siglo, derrotaron a los prusianos en la batalla de Valmy. Este encuentro de más consecuencias políticas que bajas en uno y otro ejército se ha hecho famoso, no sólo por la victoria de los revolucionarios, sino también porque del lado alemán, acompañando al duque de Weimar, estaba Goethe, a quien produjo una profunda conmoción oír a los franceses gritar «¡vive la nation!», lo que le hizo pensar que había estado asistiendo a un acontecimiento más histórico que militar. En el curso académico 1807-1808 de la Universidad de Berlín, el filósofo Johann Gottlieb Fichte, uno de los tres grandes poskantianos, pronunció y publicó sus «Discursos a la nación alemana (die deutsche Nation)», que tuvieron gran repercusión política en toda Europa, y contribuyeron a la remoción de los espíritus de su patria disponiéndolos a encaminarse hacia la unidad de los estados y pueblos germánicos.

El primer documento normativo español en que se emplea el término «nación» para nombrar una comunidad política es la Constitución de Cádiz de 1812. En sus primeros párrafos se lee que «la Nación española es la reunión de todos los españoles», y que «esta Nación es libre e independiente», añadiéndose que «la soberanía reside esencialmente en la Nación» y por lo mismo «pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales».

Casi ciento setenta años después de la declaración gaditana, en el título preliminar de la Constitución española de 1978, hay unas definiciones que parecen un eco de lo que habían aprobado los diputados doceañistas. «La soberanía nacional -dice el artículo primero- reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». El segundo es todavía más preciso y tajante: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». Estas palabras no son meras declaraciones protocolarias o cláusulas de estilo. Son el núcleo duro, la almendra, de la Constitución.

Tan enfáticas y enérgicas declaraciones no eran superfluas en el momento constituyente. Para los grandes partidos -UCD entonces y los socialistas- no habrían sido necesarias, porque unos y otros, por su filosofía y por sus antecedentes o precedentes históricos, daban por permanentemente válidos los principios de la unidad de la nación que nunca habían pensado en disolver. Pero fueron convenientes y oportunas, eficaces incluso, para comprometer con la comunidad de la Nación y del Estado a partidos y movimientos nacionalistas. Al mismo tiempo tranquilizaban a sectores políticos y militares que entonces temían cualquier asomo de resquebrajamiento del Estado. Pero esas declaraciones, al mismo tiempo, correspondían y corresponden a la realidad histórica y política de España.

Una secuela del Partido Demócrata de tiempos de Isabel II había sido el federalismo republicano de Pi y Margall, del que se desprendió, casi naturalmente, el «catalanisme» regionalista que encabezaba y expuso en sus escritos Valentí Almirall (1840-1904). Es notable cómo este ilustre político republicano y federalista, que es ahora menos conocido y recordado de lo que parece pedir su importancia en la historia del catalanismo, tenía ante sus ojos siempre la experiencia de la Confederación Helvética. (El «aranismo» vasco tiene otra historia y responde a una filosofía política distinta y no aparece en escena hasta final de siglo, cuando ya se ha retirado de la actividad política Almirall y el nacionalismo catalán exhibe un nuevo perfil con las «Bases de Manresa» de 1892). Pero con todo eso, ni Almirall ni los redactores de Manresa incurren en el error político de definir a Cataluña con el término «nación», que desde Cádiz se aplicaba sólo a toda España,

Por eso los políticos que se llamaban y querían ser nacionalistas catalanes, porque aspiraban a colocar en el frontispicio de sus programas los intereses particulares de su comunidad, si eran prudentes y sabían historia, derecho y tenían una filosofía política, no postulaban para sus definiciones doctrinales de partido el término «nación». El propio Prat habla de patria, Cambó de nacionalismo, pero para ellos la palabra «nación» no es un postulado ni un principio. La «Nación» es España y así se entiende en todas partes, desde que a principios del XIX empezaron a apuntar la democratización y la modernización del Estado al fin del «antiguo régimen».

A algunos les gusta decir «nación de naciones». Pero una nación dentro de otra es un despropósito. Los países y los pueblos no son como las muñecas rusas, las chicas dentro de las grandes, pero con el mismo diseño. Definir a Cataluña, o a cualquier otra de las comunidades autónomas de España, como una «nación» sería enfrentar la realidad histórica y social que así se quiera titular con la «Nación» de verdad que es la España total. Por eso no fue mala ocurrencia introducir en el lenguaje político y en el texto de la Constitución del 78 el término «nacionalidades», para designar a comunidades o regiones que posean determinadas y reales particularidades históricas, o lingüísticas y culturales, e incluso instituciones jurídicas arraigadas y sólidas, aunque el empleo de la palabra en esta acepción no sea ninguna originalidad de los constituyentes españoles, sino un invento francés de tiempos de Napoleón III. Al ser reconocidas en sus estatutos como elementos sustanciales y específicos de una concreta comunidad, esas peculiaridades enriquecen al conjunto de la nación española.

Las naciones no se inventan. Vienen dadas por la historia y por la realidad. Se llama así desde hace ya dos siglos a los estados que en los grandes pueblos europeos existían como tales, desde el siglo XV o el XVI bajo la forma y con el nombre de Reinos.

Cataluña es una parte muy importante de la nación española. En ciertos momentos de la historia fue cabeza de los territorios cristianos de la península. A Ramón Berenguer IV, conde soberano de Barcelona y Príncipe de Aragón, también llamado «el santo» ( 1114 -1162), se le conoció en aquel siglo como el «Poderdador de España».


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15 comentarios en «Las Naciones no se inventan»

  1. Acabo de leer esto y estoy flipando,que poco mundo que habeis visto y que mal andais de historia. Entrar al trapo contra todos los catalanes es lo más estúpido que se puede hacer, además os recomiendo vivir una temporadita en Cataluña y os dareis cuenta de muchas cosas.
    Un apunte…ahora que tanto se habla de boicot contra productos catalanes, freixenet de 2500 comerciales que tiene 2000 trabajan fuera de Cataluña y por supuesto para competir con el cava de aqui hay que mejorar mucho la calidad.
    Relajense señores que esto no es el fin del mundo que al final todos nuestros políticos acaban bebiendo y comiendo juntos y media España enfrentada con la otra.

  2. Si Cataluña aporta más al estado lo hace porque se concentran allí rentas altas. Nadie “arrea como ganado a nadie” (que delicada expresión) en todo caso tres milones, tres, de charnegos fueron arreados como ganado durante los últimos decenios para apuntalar el bienestar y la soberbia de algunos burgueses muy de izquierdas, los cuales se lo han pagado con humillaciones permanentes. Os irá muy mal como intentéis repetir esa jugada con los recién llegados.

    Parece que a algunos os molesta ser tratados como los demás, o quizá pretendes infundir culpabilidad a los malvados mesetarios. Vais listos.

    Y si los nacionalistas catalanes del tripartido créeis que podéis redefinir unilateralmente los términos de la solidaridad interterritorial vais a encontrar sorpresas de todo tipo. Aquí todavia hay leyes y procedimientos, como hay gentes dispuestas a exigir que se cumplan.

  3. A los catalanes no se nos arrea como ganado. Cada comunidad autónoma tiene el gobierno que se merece. Y el estado, idem.

    Y si creéis que por mucho llamarnos a los catalanes nazis, terroristas, insolidarios y toda la sarta de tonterías váis a tener más razón, váis equivocados (siéntase aludido quien guste).

    “Y Catalonia (…) era un territorio más del reino de Aragón”
    Hablando de retorcer…

  4. ¿De qué lado hay que estar en un conflicto de intereses entre pobres y menos pobres?

    Los conflictos de intereses se solucionan reconociéndolos y utilizando un lenguaje que todos entiendan.

    Vosotros habéis preferido la manipulación sibilina del proceso democrático, el victimismo histriónico, la demagogia (esa “guerra civil” de Huguet)… bueno, os han pillado.

  5. Si, Fran, reciben menos y reciben más, según desde donde se lo mire.
    Aportarán más impuestos que otras regiones, pero a cambio han recibido la radicación de numerosas industrias (discrecionalmente decido por Paquito, el de los pantanos), que han generado puestos de trabajo para los catalanes, y ventas fuera de Catalonia is not Spain que a su vez generan impuestos pagados por Spaniards not catalonians, pero que fiscalmente figuran como dinero catalán.
    España y nación española son lo mismo.
    Y Catalonia no es una nación, eso sí que es artificial. Era un territorio más del reino de Aragón, que al reunirse ambas coronas en Carlos I, se convirtieron en una sola.
    Dí lo que quiereas, retuerce las cosas como quieras.
    “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.
    Estoy a favor de no soportar más a los nazis catalanes. Si el pueblo de Cataluña (no unos cuantos señoritos feudales pijos que los arrean como ganado) decide en un referendum que quiere ser independiente, ya lo dije: personalmente les tendería un puente de plata para que se vayan de España. Y luego lo dinamitaría para que no vuelvan.
    Libertad para elegir ser independiente.
    Responsabilidad para afrontar las consecuencias.

  6. …Es lo único que propone el Estatuto, rebajar un poco esa solidaridad para que eso no llegue a afectar negativamente a Cataluña…

    Según “Carod-Rovira” o como se llame el-que-odiaba-a-su-padre-por-acostarse-con-su-madre, esa rebaja de la solidaridad asciende a 5,700 millones de euros.

    Yo boicoteo. Alguien tiene que ayudar a Extremadura, o al menos a sus bodegas.

    Porque ayudar a otros para empeorar la situación propia no tiene ni pies ni cabeza.

    Correcto. Venga lo que viniere.

  7. “Con el nuevo estatuto ya no serán más “solidarios”. Es “too pa’ mí”.”
    Bueno, reciben menos de lo que proporcionalmente les tocaría porque se invierte más en otras zonas con menos nivel de recursos. La cuestión no es que den más o menos que otros, sinó el hecho de que se está planteando actualmente en Cataluña una situación económica que hace que esté perjudicando a Cataluña lo que da, y debiera dar menos. Es lo único que propone el Estatuto, rebajar un poco esa solidaridad para que eso no llegue a afectar negativamente a Cataluña. Porque ayudar a otros para empeorar la situación propia no tiene ni pies ni cabeza.

    “Fran, España no es un invento artificial.
    España existe desde hace 2000 años.”
    He dicho la nación española, no España. Y Catalunya también tiene años y se niega que sea nación. Si por edad fuera, Fraga sería una nación. No creo yo que el tiempo sea determinante.

    “Pero podemos existir sin Cataluña”
    ¿Estás a favor de la independencia de Cataluña?

  8. Obviamente… dije “luego”, no soy catalacida…
    Con el nuevo estatuto ya no serán más “solidarios”. Es “too pa’ mí”.
    Además, son solidarios a medias, porque ellos también sacan tajada de estar dentro de España.
    Pero han logrado instalar en algunos la idea de que ellos son generosos y dan más que nadie, y reciben menos que nadie.
    Fran, España no es un invento artificial.
    España existe desde hace 2000 años.
    Pero podemos existir sin Cataluña.

  9. “Si se quieren ir, personalmente les tendería un puente de plata. Y luego dinamitaría el puente.”

    Espero que te refieras a dinamitarlo una vez nadie pasara por él.

    Eso si, lo de los impuestos no lo he entendido: ¿no es Cataluña quien es solidaria con otras comunidades? Porque por tus palabras parece que sea al revés.

    Sobre lo de la nación, es algo obvio: no es que nadie se invente una nación. La ciudadanía catalana ya considera a Cataluña como nación, y así seguiría aunque el Estatuto no lo reflejara.

    Evidentemente, hablando de inventar naciones, cabría preguntarse si no será la nación española un invento artificial.

  10. Y a los catalanes les da por la extorsión y la plañidera.
    Si se quieren ir, personalmente les tendería un puente de plata. Y luego dinamitaría el puente.
    Creo que sería excelente para la economía de muchas comunidades autónomas ESPAÑOLAS.
    Eso sí, si se van… con lo puesto.
    NO CON MIS IMPUESTOS.

  11. Lo mas probable es que ambas partes, el presunto miembro y el presunto cuerpo, salgan adelante cada una por su lado sin mayor problema. Ejemplos: Espana y Cuba, Chequia y Eslovaquia, Ukraina y Rusia, Suecia y Noruega, Dinamarca e Islandia. Pero claro, a los espanoles os suele dar por lo siniestro.

  12. Exacto Ramón, se amputa un miembro cuando está dado por perdido. El miembro amputado se pudre y muere minetras el resto del cuerpo se recupera y vive. Te resulta atractivo?

  13. “Una nacion dentro de otra es un desproposito” Estoy completamente de acuerdo. Lo mejor es la separacion.

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