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La política de la impostura (entrevista a Iñaki Ezkerra)

escrito por Germanico 25 abril, 2019
Iñaki Ezkerra

El motor de la evolución de la inteligencia del ser humano es desconocido, si bien desde la psicología evolucionista se han aventurado algunas hipótesis interesantes.

Hay dos destacables: una se refiere al medio ambiente natural cambiante y a la necesidad de encontrar nuevas fuentes de recursos y nuevas formas de obtenerlos, y la otra se refiere al medio ambiente humano, es decir, a las interacciones que se dieron en el remoto pasado entre los grupos primates que nos precedieron por la obtención de los recursos y su reparto, y en cómo unos eran capaces de adelantarse a los demás o situarse por encima a través no ya de la fuerza bruta, cada vez menos útil en poblaciones crecientes, sino a través de la capacidad de leer las mentes ajenas y anticiparse a sus intenciones e influir, persuadir, convencer, sorprender y, en definitiva, generar admiración, obteniendo de ello estatus en una sociedad cada vez más jerárquica y estratificada.


La segunda hipótesis de hecho no entra en contradicción con la primera, y podrían haberse solapado. David Geary sostiene que así es como ha sido. Primero desarrollamos una capacidad intelectual acentuada para saber las épocas del año y los lugares para recolectar y cazar, en nuestro nomadismo obligado por la desertización que nos sacó de la selva pluvial. Y según los grupos sociales eran mayores, aunque en menor medida desde que eran más pequeños, e interactuaban con otros de formas hostiles o mercantiles, con guerras o alianzas, la inteligencia social que nos permitía metafóricamente leer la mente de los demás a través de sus gestos, miradas, ademanes, movimientos y comunicación (en su recorrido hacia el lenguaje complejo), se desarrollaba exponencialmente. A ésta última se la ha denominado inteligencia maquiavélica. El término lo inventó, creo recordar, Nicholas Humphrey. No era pues para ser más colaboradores para lo que desarrollamos estas sutilezas de nuestras mentes, sino para mejor obtener del grupo lo nuestro. Pero como colaborar era una cuestión de supervivencia, la inteligencia maquiavélica ha creado egoístas altruistas, tramposos colaboradores y toda una serie de ambiguas personalidades que dan cuenta de nuestra ambigua condición. 


Pero acaso pueda al lector parecerle que me haya remontado mucho en el tiempo para explicar fenómenos que se dan hoy, en nuestra sociedad de masas, impersonal, tecnológicamente desarrollada, en la que el individuo ha adquirido preponderancia sobre el grupo, y en la que no es preciso dirimir las cosas “mirándose a los ojos intensamente”, como proponen  algunos machos alfa de la política. Seguimos siendo primates, pero la sofisticación de nuestra cultura y de nuestros engaños ha crecido a cotas muy elevadas, sin que la profusión de medios nos haya vuelto mucho más sofisticados mentalmente.  

Y así hemos llegado a instituciones llenas de laberintos kafkianos, inescrutables para nuestra mente calculadora, experta para un “cara a cara” que raramente llega, pues las instituciones carecen de un rostro en el que escrutar. Y a través de ellas se nos engaña de mil maneras. La complejidad de los asuntos de la política, esto es, de los asuntos de la polis, convertida en cosmópolis y en red inmensa en un mundo globalizado, se nos escapa. Así que se forman partidos que venden paquetes de ideas fácilmente asimilables y nuestras compañeras, las emociones, que nos han acompañado desde el albor de los tiempos para tomar decisiones, siguen guiándonos, pero ahora con unas realidades que se nos presentan de modo esquemático, simplificado, manejable.

Y al final llegan las decisiones, decisiones en gran medida instintivas, que nos llevan al gran momento del voto en las elecciones a los representantes en una sociedad democrática en la que se presupone un orden, una ley y una igualdad ante esa ley a través de el Estado de Derecho y la Democracia misma. 


Y paralelamente a estas instituciones garantistas las hay que están establecidas desde la tradición oral, pasando por los papiros, los códices, los periódicos, la radio, la televisión y ahora las plataformas multimedia interactivas para generar comunicación, transmisión de información e interpretaciones, así como bulos. 


En el pasado siglo, Marshall McLuhan, maestro de periodismo, dijo que “El medio es el mensaje”. Esta frase, que puede resultar arcana a la mayoría de los lectores, no significa otra cosa que el modo en el que viene empaquetada la información determina cómo ésta es asimilada. Y hoy la política ha llegado a una exaltación tal del medio que en el barullo se ha perdido el mensaje. Vivimos en una época de máscaras, de imposturas, de sobreactuaciones, de falacias convertidas en lugares comunes, de ilusionistas de la mente que ocultan la realidad con un juego de palabras ante nuestros ojos, sin que nos percatemos del engaño.


Pero todo tiene su límite. Por eso, ahora que vamos descubriendo nuevas formas de detectar las mentiras, los mentirosos crean nuevos modos de embuste y modelos de conducta mendaz y artera.

Ahora prima el absoluto descaro en el mentir, que se oculta tras velos de relativismo, equidistancias e incluso de falsa humildad ante lo incognoscible. Y crean los relatos, las posverdades, los imponderables (tras la ocultación de datos) y, por encima de todo, la mentiras recubiertas de verdades, que se cuelan por la puerta trasera de nuestro entendimiento con el seductor paso de lo cierto. 


Alguien que ha conocido todo tipo de imposturas políticas es Iñaki Ezkerra. Y lo ha hecho porque ha vivido de primera mano el terror de ETA, los tejemanejes de los políticos, las afiliaciones y correspondientes mentiras de la prensa, y las complejidades de los grupos, como por ejemplo el Foro de Ermua, que presidió. 

Su escepticismo no llega a ser pirrónico, pero si uno habla con él detecta un fino sentido de la ironía y un alejamiento del discurso maniqueo y relativista a partes iguales. No se deja engañar fácilmente. De ahí que percibiese con bastante acierto la clase de totalitarismos que padecemos hoy, que él denominaba “Los totalitarismos blandos” en el ensayo que publicó hace un par de años en La Esfera de los Libros. Ahora Iñaki Ezkerra ha publicado otro ensayo, “La voz de la intemperie” (Ipso Ediciones), que se centra en la obra y el pensamiento de Pío Baroja y que se enmarca en la colección Baroja & yo, promovida por el editor navarro Joaquín Ciáurriz.

En este nuevo ensayo nos propone a Baroja como antítesis de los populismos y de los nacionalismos. De los primeros porque Baroja es un escritor que habla siempre en nombre de sí mismo y rehuye apelar a las grandes siglas ideológicas para avalarse. De los nacionalistas porque Baroja rechaza la mistificación del paisaje vasco y de la tierra.  Esta relectura democrática de Baroja resulta esclarecedora para los propias amenazas del presente. 

Y es que en esas formas de mistificación y esas tácticas de ampararse en los grandes conceptos políticamente correctos, esos nuevos y blandos totalitarismos son en realidad  los viejos, los de siempre, los clásicos pero reciclados para infiltrarse en las democracias. Son fluidos, adaptables, flexibles, pero siguen persistiendo en el mismo modus operandi de los totalitarismos clásicos, aunque presentándose como sus máximos y mejores detractores, haciendo gala de un pacifismo y un discurso buenista que encubre sus ambiciones de dominación total de todas las esferas de la vida de los individuos. 

En “Los totalitarismos blandos”, Iñaki Ezkerra revelaba los siniestros mecanismos usados por populistas y hegemonistas conjuntamente en estas formas de búsqueda del poder, y habla de nuestro país, que los sufre en algunas de sus más retorcidas versiones, y más en el presente. ¿El resultado? Un efecto contagio que se traslada a toda la política y la convierte no en una política que hace uso de la impostura, sino en una impostura que se sirve de la política. Igual que el medio ha suplantado al mensaje, la impostura lo ha hecho con la política. Agradecemos a Iñaki Ezquerra que haya sacado tiempo para respondernos unas preguntas para Desde el Exilio. 

1.- Una sociedad líquida, débil, blanda…¿De qué sustancia está hecha? 

-Quizá la cuestión no es la sustancia sino la ausencia clamorosa de ésta. Quizá estamos hablando de una sociedad insustancial, superficial, desorientada y a la vez cómoda en su desorientación, con convicciones tan sólidas y firmes como las de Pedro Sánchez con respecto a la tele en la que se iba a dejar ver para el debate electoral. Toda la campaña de estas elecciones es un buen ejemplo de esa insustancialidad en el sentido más hondo, más filosófico, más ontológico. Es un “relato sobre la falta de sustancia”, como los del libro de Álvaro Pombo. En “Los totalitarismos blandos” dediqué alguna página a la campaña electoral de las generales del 2015, en la que el gran asunto estrella fue cómo debía hacerse televisión en la propia campaña o sea que el gran tema del debate era cómo se debía hacer el debate, si a dos, a cuatro o a seis bandas, si los candidaros debían hablar de pie o sentados, sin mesa, con mesa, con atril o sin atril. Estas minucias dieron mucho juego. Digamos que fue una campaña metatelevisiva y desde entonces hemos ido a peor. Las del 2016 siguieron en la misma tónica y en estas que ha habido ahora ha vuelto a verse el mismo tacticismo hasta el punto de que por poco ni hay debate siquiera. Toda esa discusión absurda es una muestra de la insustancialidad de la vida política española. Otra prueba: muchos de los candidatos que se presentan son intercambiables. Algunos han maniobrado y enredado tanto que, están en el PP, pero podrían estar en Vox o en Ciudadanos. Otros de Ciudadanos podrían estar en el PP o en el PSOE…  

2.- La Democracia, como divinidad, ¿envía al submundo al Estado de Derecho? 

La “democracia como divinidad” es un oximoron. Porque a Dios se le atribuye la perfección absoluta y el poder ilimitado mientras que el valor de la democracia reside en que es esencialmente imperfecta y su poder limitado. Toynbee y Churchill insistieron muy especialmente en esa imperfección esencial y saludable del invento democrático. Una “democracia divina” no sería democracia sino teocracia. Y, efectivamente, mandaría al submundo al Estado Derecho porque toda divinidad impone leyes ajenas al concepto del Derecho. En España ya no tenemos teócratas. El último teócrata puro fue Sabino Arana con su lema de “Dios y leyes viejas”. Lo que sí hay -y creo que ése es el sentido de la pregunta- es ciertas divinizaciones laicas de la democracia para pervertir ésta. Los independentistas y populistas de izquierda oponen a menudo en su discurso el concepto de democracia al de ley, como si fueran antitéticos cuando son indisociables. Sin ley, sin estado de Derecho, no hay democracia. También oponen al concepto de democracia representativa otras formas perversas que provienen de las democracias llamadas populares del totalitarismo comunista, del asambleísmo libertario o de una sobrevaloración del sufragio universal, utópica en apariencia y desastrosa en la práctica. El sufragio universal es indispensable en el sistema democrático, pero no es lo único que caracteriza a éste. Una democracia son muchas más cosas que el derecho a votar. Y la sobrevaloración del voto, su sacralización, su divinización, llevan a la creencia de que todo puede votarse a todas horas y de que la realidad es algo moldeable en todo momento, algo parecido a la pantalla de un ordenador en la que todo el orden político que tarda años en consolidarse pudiera variarse constantemente. Hay gente que cree que el voto es una tecla que se pulsa frente a un monitor. De esta clase de divinización del voto que es el ultra-asambleísmo de Podemos, la CUP y los secesionistas -el “hagamos asamblea para decidir si hacemos asamblea”- viene el tostón referendista, o sea el planteamiento del referéndum como panacea. Y viene el uso del referendum como un arma contra la legalidad constitucional. O sea la famosa frase de “¡cómo se puede prohibir votar!”. Pues claro que se puede. Se puede y se debe porque la ley proviene del voto pero el voto no está por encima de la ley. 

3.- El totalitarismo, como usted señala, es, por encima de todo, una actitud, y no precisa de un grandioso aparato represor como el nazi o el soviético. ¿Explica esto quizás su gran capacidad de adaptación? 

-Sí, en efecto. Demasiado a menudo se habla de la perversión totalitaria como si ésta residiera en el gran formato. Pero, antes que las grandes máquinas totalitarias, el Tercer Reich o la Unión Soviética, fueron las ideologías de las que salieron esas grandes máquinas y sus efectos, que ensangrentaron el siglo XX. Las ideologías totalitarias también se pueden aplicar a una aldea y no producir millones de muertos sino hacer la vida imposible a un pequeño grupo de seres humanos. También pueden anidar en una democracia y dañarla seriamente sin llegar a destruirla del todo. Como también pueden presentarse en dosis en vez de en su totalidad. Los nacionalismos vasco y catalán no son ideologías totalitarias cerradas como lo fueron el nazismo y el estalinismo. Han sufrido mutaciones y han hecho adquisiciones posmodernas para sobrevivir, pero, sin duda, han heredado rasgos totalitarios que se combinan y disimulan con dosis de corrección política y que deterioran profundamente la vida democrática en el País Vasco y en Cataluña. La ideología totalitaria no se queda en el racismo. Va más lejos que el racismo porque no sólo excluye a quien no responde a sus receta étnica sino que impone un modelo ideal y uniforme de ciudadano. Los nacionalismos vasco y catalán han suavizado el discurso contra el maqueto y el charnego, pero a la vez dicen cómo deben ser los vascos y los catalanes, controlan, movilizan y uniformizan la vida cotidiana. Aceptan inmigrantes en sus comunidades para resultar políticamente correctos, pero a la vez les exigen que se sumen a sus proyectos nacionalistas, les dan las papeletas con las que van a votar, les imponen la lengua que deben hablar, les señalan a quiénes deben amar y a quiénes deben odiar, les compran, les manipulan y se meten en sus vidas privadas con unas técnicas de control e ingeniería social que son una clara herencia, edulcorada si se quiere, del nazismo y del estalinismo. Y, en efecto, la capacidad de adaptación de estas herencias totalitarias viene de su dosificación, su parcelaión, su camuflamiento… Lo mismo pasa con los populismos de la izquierda radical. Tenemos que entender que el nuevo enemigo de la democracia es un totalitarismo blando y mutante que se adapta al medio democrático con toda clase de recursos. 

4.-¿Un ejemplo reciente? 

-El Pablo Iglesias del debate de TVE con los otros candidatos a estas elecciones haciéndose el más constitucionalista que nadie, leyendo los artículos que le interesaban de la Constitución y omitiendo los que no le interesaban así como pervirtiendo los primeros. La unidad de España es ya una realidad fáctica, que él socava en la práctica aliándose con los secesionistas. En cambio, el derecho al trabajo es una aspiración que se cumplirá o no según las limitaciones económicas y productivas que impone la realidad y en la medida en que esas limitaciones sean superadas con políticas inteligentes que no son las que él postula. Pero ése es su juego: cuestionar lo que hemos conseguido -la unidad nacional- y presentar lo que no hemos conseguido como aspecto decalificador de sistema. En otra palabras, descalificar la Constitución haciendo como que la defiende.  

 5.- Si el nuevo totalitarismo es elástico y maleable, no lo es infinitamente y habrá un momento en que muestre su rostro menos pacífico, en que se quite la careta. ¿No existe un riesgo real de que España se convierta en una nueva Venezuela? 

-Es bastante difícil, pero si se sueña mucho con Venezuela, igual lo conseguimos. En este asunto pasa como pasaba en la época de Lizarra con el sueño que tenían los nacionalistas vascos con los Balcanes. Era difícil, pero no hay nada malo que no esté al alcance de nuestra mano si perseveramos. Ahora, sin necesidad de llegar a la guerra de los Balcanes ni a la Venezuela de Maduro, yo creo que podemos lograr los españoles ser bastante desgraciados. Puede empeorar la situación económica con un gasto público disparado y podemos dar una imagen lamentable de país que ahuyente a los inversores. Simplemente con un presidente inepto en La Moncloa se puede disparar la prima de riesgo y deteriorar la imagen hasta extremos inimaginables. Podemos volver al 2010 o a algo peor. Todo es proponérselo. ¿Venezuela? En principio es difícil porque hay una Unión Europea. Está amenazada y está en crisis, pero la hay. Y es un indiscutible dique de contención. También hay una legalidad constitucional que funciona y que sienta en el banquillo a los protagonistas de desafío secesionista catalán. Pero, como digo, la capacidad de ir de mal en peor es infinita. El que sueña con el infierno no tiene por qué perder la esperanza. 

6.- La simpatía de Podemos por el nacionalismo vasco y catalán es muy fácil de entender desde la perspectiva que usted ofrece de los totalitarismos blandos.  ¿Se puede decir que juegan un mismo juego? ¿Cuándo romperían el tablero? 

-Juegan al mismo juego, pero unos y otros tienen intereses muy distintos. El objetivo de los nacionalistas es la secesión, aunque tengan momentos de remanso táctico. El de Podemos no es romper España sino mangonearla, envilecerla y exprimirla. Romperán el tablero por ambas partes cuando esos intereses se vean de verdad amenazados. Y, si llega el caso, lo romperán sin escrúpulos ni complejos. No hay que olvidar que Zapatero, el pionero y gran antecedente del populismo en España, fue quien tumbó en enero de 2005 el Plan Ibarretxe en la Cámara de Diputados poniendo en su contra a la mayoria alcanzada en las elecciones de 2004. El PP, con 148 votos, no hubiera podido solo. A la hora de la verdad, Zapatero se olvidó de que el PNV era perdedor de la Guerra Civil, como el PSOE. Ahí se acabó el juego guerravivilista y se quedó tan ancho. Luego recompuso el tablero y volvió a entenderse con los nacionalistas para tramar nuevas fechorías juntos. Si un día Podemos llegara al Gobierno y los nacionalistas le crearan serios problemas, no mostraría ningún complejo en ir a por ellos. En eso heredaría la actitud de desprecio de Stalin hacia los nacionalismos problemáticos. 

7.- El Gobierno de Pedro Sánchez parece estar por la labor de ceder ante los nacionalistas. Cada vez que le preguntan por los indultos a los golpistas dice que hablará de ello cuando los jueces dicten sentencia. ¿Qué cree usted que pretende Sánchez? 

-Lo que pretende Pedro Sánchez es vender el indulto y las promesas de Iceta al nacionalismo catalán para que éste desdoble su voto y crezca el PSC en las generales. Es lo que hizo Zapatero en las elecciones del 2008 vendiendo el Estatut, que estaba en aquellas fechas en manos del Tribunal Constitucional, que no se pronunció hasta 2010. Esa pachorra del Constiticional le vino muy bien. Gracias a las expectativas que había creado Zapatero al nacionalismo prometiéndole respetar íntegramente el Estatut, el PSC obtuvo un millón inesperado de votos, que fue el que derrotó a Rajoy. Pedro Sánchez quiere repetir la jugada. Le veo capaz de ganar las elecciones y no conceder el famoso indulto que ahora usa como reclamo. Porque, para él lo único que cuenta es mantenerse en el poder y si te he visto no me acuerdo. Más aún, como esa negativa a hablar del indulto en el debate para venderlo a los nacionalista puede quitarle votos del resto de España, ya está Lambán diciendo al día siguiente del debate de TVE que está convencido de que Sánchez no piensa indultar a los nacionalistas. Su apostilla de “espero que no se me enfade Pedro Sánchez por decir esto” es todo un poema genuinamente posmoderno. Es jugar a vender una cosa y la contraria. Sánchez no se va a enfandar con Lambán porque le viene muy bien que Lambán hable por él y venda lo que él no puede vender. Me temo que se han puesto de acuerdo en que uno vende una cosa y el otra la contraria para ampliar al máximo el voto del electorado y que gane el PSOE, que es lo importante.   

8.-¿Ve en Sánchez una figura de formas totalitarias? ¿España se ha convertido en un “concepto discutido y discutible”, como dijo ZP? 

-Pedro Sánchez es un populista sin carisma. Más que rasgos totalitarios, lo que se ve en él es una total falta de escrúpulos y una disposición a unirse con cualquiera para sacar beneficio. Pero en ese afán por mantener el poder, creo que no hace ascos ni a ideas ni a compañías totalitarias. Tampoco los hacen algunos socialistas cercanos a él. La idea de reformar la Ley de Memoria Histórica y de imponer una comisión de la verdad que diera una versión oficial y única de la Guerra Civil, la preguerra y la posguerra sí es una idea claramente totalitaria. Y la Ley de Abusos Policiales que dejaría decidir a una comisión, al margen de los jueces, quién fue víctima o no de torturas en las comisarías es una pedrada al Estado democrático de Derecho. Está afición a las comisiones siniestras del actual PSOE emite un tufo totalitario en efecto. Huele al sovietismo más truculento. 

9.- ¿Qué cree que diría Pío Baroja de la España de hoy?

 -En su novela “Aurora roja”, hay escenas de un asambleísmo tumultuoso que describen el populismo de nuestros días con un siglo de antelación. Hoy los arribistas, los charlatanes y los demagogos no son iletrados ni hambrientos, ni sifilíticos ni escrofulosos como los de Baroja. Hoy tienen los estómagos bien llenos, cobran unos buenos sueldos y hasta dan clases en la Complutense. Pero, a pesar de esas diferencias, el parecido de estos con aquellos, produce vértigo. Luego está el mundo de las conspiraciones decimonónicas, que tanto le gustaba novelar a Baroja. Está el propio perfil del conspirador y del que denuncia la conspiración, que se ha ido degradando mucho hasta la España de nuestros días. De las conspiraciones liberales y románticas pasamos a la conspiración judeomasónica de laque hablaba Franco y de ésta a la conspiranoia de Pablo Iglesias de que es perseguido por las cloacas del Estado. Como su partido no tuviera cloacas. Digamos que Villarejo es un Aviraneta pero en cutre. Comparado con los conspiradores de hoy, Aviraneta era un caballero, un auténtico señor. 

10.- ¿Qué espera de estas próximas elecciones generales?  ¿Qué  resultado le parecería si no bueno al menos el menos malo? 

-El resultado menos malo sería, por supuesto, que el PP y Ciudadanos alcanzaran una mayoría suficiente para hacer Gobierno. Pero espero lo peor. Espero, por desgracia, una fragmentación del voto que le permita a Sánchez seguir pescando en río revuelto. 

11.- ¿Qué proyectos tiene entre manos?

 -Estoy trabajando en un ensayo, que interrumpí para escribir “La voz de la intemperie”, el libro sobre Baroja. Es sobre las máscaras en el panorama político de nuestro tiempo. Hay demasiada gente empeñada en taparse el rostro en esta época, como si eso fuera un valor en alza. Cuando no son las capuchas del Daesh son los velos islámicos o son las caretas de Anonymous. Vivimos un tiempo de carnaval, de mascarada, o, para decirlo barojianamente, de una “Feria de los discretos” o de los indiscretos, según como se mire.

  • Germanico

    Este Iñaki es mucho Iñaki. He tenido el inmenso privilegio no sólo de entrevistarle sino de charlar largamente con él por teléfono. Un hombre brillante, cultísimo y gran conversador. Moderado y liberal.

  • pvl

    Fantástica entrevista: uno de los análisis más lucidos y concretos que he leído sobre la situación política española.
    Mi enhorabuena tanto al entrevistador por sus preguntas como al entrevistado por la calidad de sus respuestas.
    pda: una reflexión que considero importante:
    Hasta qué punto nuestra democracia (y mucho me meto que el resto de ellas) es de tan baja calidad como para condenar al ostracismo a personas con la calidad intelectual y moral del entrevistado, que están a años luz de las de las cúpulas de los partidos mayoritarios.
    Es un fenómeno tan similar al éxito de la telebasura, que hace que desconfíe profundamente del mantra tan popular de la democracia como la panacea de los régimenes políticos.