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40 años de quintacolumnismo

escrito por José Luis Montesinos 5 abril, 2019

Honestamente diré que resulta esperanzador que, por primera vez desde que recuerdo, pues la transición me pilló aprendiendo a andar, algunos de los debates de la campaña electoral en la que vivimos, parece que, de modo permanente, rompen los tabús colectivistas. Tímidamente, algunas fuerzas políticas proponen alguna medida inspirada en el liberalismo o en la defensa de la Libertad Individual. El fraccionamiento del espectro político ha traído entre otras cosas a colación debates olvidados: la eutanasia, la necesaria e inexcusable reforma del sistema de pensiones, la libertad de portar armas y el derecho a la autodefensa o las bajadas de impuestos, que vuelven cada campaña.

A pesar de que algunos partidos políticos se definen parcialmente liberales, sólo el Partido Libertario se define como tal, más aún, es un partido liberal radical (de raíz), netamente, que ahonda en aquellos principios para definir una ruta totalmente libertaria como su nombre indica. Tenemos socioliberales, liberales conservadores y otras mezclas. Es decir, todos trocean la Libertad en juliana y hacen la sopa con aquello que les interesa. Los de la zanahoria no quieren puerro y viceversa. La sopa, sin embargo, no puede carecer de ninguno de los ingredientes para ser lo sabrosa que debiera.

Las enseñanzas de la realidad histórica española, con 40 años de democracia es clara. Nunca un partido político, todos ellos – menos uno – colectivistas, en mayor o menor medida, ha dejado prevalecer los principios liberales frente al resto del ideario. Pasó con la absorción del Partido Liberal de Segurado por el PP, quedando demostrado palmariamente con las atrocidades de Esperanza Aguirre, hija de aquel PL, con su incremento del gasto mientras traicionaban sus correligionarios cualquier principio, a base de corrupción. Empapándose, en definitiva, de lo peor del colectivismo. Si eso no fue suficiente, Mariano invitó a salir a todos los disidentes que aun tuvieran alguna idea liberal en aquel infame congreso en Valencia.

Pese a lo dicho en el primer párrafo, sin embargo, no hay muchas más razones para el optimismo. Se trocea la Libertad y se lamina a sus defensores. Hace pocos días, Cristina Seguí, se lamentaba de que el partido que ella misma ayudó a nacer prefería tirar por la senda del conservadurismo más rancio y no por la del conservadurismo liberal. Esta misma semana, el antaño buque insignia del liberalismo económico español, Daniel Lacalle, afirmaba que un peso del 41% del Estado sobre los ciudadanos no es para tanto, cuando tiene escrito y publicado lo contrario. Ha sido oler la moqueta y ver la luz. En Ciudadanos también se hacen la picha un lio. El resto, para qué nombrarlos.

Los casos mencionados son paradigmáticos. Es necesario un partido netamente liberal, donde las ideas que no encajan son las colectivistas. Los quintacolumnistas, siempre, incluso en la Guerra Civil, fueron ninguneados cuando no señalados y puestos en la picota. O se diluyeron tanto que no dejaron margen a sus ideas para ser uno más de la manada. Singapur tenía no hace mucho un Estado que pesaba el 15% del PIB. Hoy ya pesa el 17% y como se descuiden subirá más, demostrando que el Estado es el más cabrón de los gases, y que ocupa cada resquicio que le dejan los ciudadanos.