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Carta abierta a todas esas “buenas personas”

escrito por Sofía Rincón 14 junio, 2018

La verdad es que me siento como el mismísimo Satanás. He aquí, mi confesión: soy terrible. Llevo cinco minutos hablando contigo, pero a los grandes espíritus se les reconoce en el primer vistazo. Tu eres uno de ellos, de eso estoy segura. Se me derraman las lágrimas al escucharte. Esa indignación proviene de una emoción real e inmensa, de sentimientos complejos, profundos, de una psique capaz de ver más allá del slogan. No lo dudo. Y cuanto más te escucho, oh ser humano que merece tal designación, más me doy cuenta de la degradación que supone el hecho de que no piense o actúe igual que tú. Tu sola presencia es la esencia perdida otrora que el mundo necesita recuperar. Santo Tomás, el buey mudo, tan bueno no sería si necesitaba callar sus logros. Sin embargo tú, tú, milagro antropológico donde los haya, nos los cuentas todos, e incluso aquellos que ni siquiera has llevado a cabo, porque tu santidad, plena en sabiduría y belleza, te ha otorgado el don de ver el futuro además de la capacidad de juicio moral inexorable.

El tiempo y el espacio se dislocan porque su mediocridad como conceptos no puede soportar el peso de su sublimidad, pues tu tienes todas y cada una de las respuestas del mundo. Es por eso que te escribo esta carta, porque mi corazón no puede más, necesita expresar la devoción que siente por tus luchas, por tu preocupación por la humanidad, por tu capacidad de cambiar el mundo. Tanto te preocupas de cambiarnos a todos a causa de tu generosidad que ni siquiera prestas atención en mejorar tu propia existencia, y es lógico, pues tu no eres el problema, tu, oh, ser omnisciente y celeste materializado en simple mortal, has de sufrir, como es propio de los mártires, la imperfección ajena, que no es sino la gran culpable de las miserias a las que te ves sometido.

Todos somos pésimas personas, merecemos tu castigo y desestimamos injustamente tu piedad. Por qué, oh, por qué… ¡Por qué no apreciaremos lo suficiente tu reiteración de eslóganes que tanto esfuerzo y dedicación te ha costado memorizar! Sin duda somos crueles, impíos… Somos terribles como bien dije al principio.

Perdónanos, tú, sí, tú, perdónanos, por favor, danos el beneplácito de tener la misericordia de un ser moralmente superior como tú.

Te rogamos, óyenos.

Amén.