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Miedo, mujeres y liebres feroces

escrito por Miguel A.Velarde 4 mayo, 2018

Quizá necesiten algún tipo de ayuda terapéutica, o vivan en un barrio marginal asolado por la delincuencia.

Uno de los signos de nuestro tiempo es la correlación inversa  existente entre la seguridad real y la sensación acerca de la misma. A medida que nuestras sociedades se van volviendo (con sus altibajos puntuales) más seguras, la sensación general suele ser de mayor inseguridad y temor. Un sentimiento que lejos de ser una reacción espontánea, fruto de la natural tendencia de las noticias, parece en ocasiones provocado de forma intencionada.

Sí, ya sé. Teorías de la conspiración… No, no hablo de planes maestros, conspiraciones mundiales ni nada parecido. Es todo más de andar por casa. No aparecerán hoy ovnis en este texto, aunque quizás sí algún reptil.

Es evidente que en los medios de comunicación, los acontecimientos poco habituales son las estrellas de los espacios destinados a la información. Así, algo usual, como que en primavera llueva en Sevilla, no es motivo de especial noticia (últimamente sí, aunque quizás sea porque el país es tan aburrido que no hay otra cosa de la que hablar), pero sí lo es que un vendaval arranque árboles. ¿Significa ésto que Sevilla es una zona donde habitualmente los huracanes hacen volar a los vecinos? Pues evidentemente no, y por eso cuando ocurre es noticia.

El fenómeno (el atmosférico, no, el otro) aumenta en intensidad cuando se trata de algún asunto especialmente morboso. Un crimen vende mucho en un informativo. La sangre levanta emociones en nuestro cerebro de primate de la sabana, y si el asunto tiene algún detalle de índole sexual, el interés mediático y popular se dispara. Cosas del solapamiento de la tradicional moral represiva conservadora, con la nueva (y no menos conservadora) moral represiva.

Y así, de un suceso delictivo se sacan horas que rellenan espacios en los distintos medios de comunicación. Empezamos con el mero relato de lo sucedido, para pasar a reconstrucciones, opiniones de los expertos (sí, esa gente que sabe lo mismo que usted, yo, o el aparcacoches de la esquina, pero que afirma saber más), declaraciones de vecinos de los familiares de los implicados, antiguos compañeros de colegio, la peluquera de la cuñada y todo de lo que se pueda echar mano hasta que se vaya enfriando el tema.

Pero no estamos ante algo nuevo. Es lo mismo que ocurre desde que la información pasó a ser una profesión, y la diferencia es meramente de tecnología, nada más. Se causa revuelo, se venden periódicos (que es lo que se pretende, sin más) pero normalmente se olvida al poco tiempo, sin que influya demasiado en la actitud general. Como mucho, en el ambiente queda esa vaga sensación de “las cosas malas ocurren; hay que tener cierta precaución”. Realmente tampoco es una secuela tan negativa.

Sin embargo, paralelamente, pero apoyándose en las informaciones de los medios, nos encontramos con grupos de presión políticos y sociales, empeñados en que sintamos miedo. Se les nota el esfuerzo. La machacona y martilleante sucesión de actos tendentes a provocarlo.

Tenemos el miedo a morir todos por el cambio climático, el miedo a morir todos en un atentado islamista, el miedo a morir todos por esa cosa (va cambiando cada pocos meses) que echan en tal alimento (también varía cada poco tiempo), el miedo a que resucite Franco, o que los moros transformen España en un emirato dependiente de Bagdad… Sería una lista muy larga, y seguro que me dejaría miedos olvidados.

No quiero decir que no existan riesgos, evidentemente (lo de Franco está ahí, oye, que en un despiste…), pero hay que plantearse si merecen las reacciones que ante ellos se suelen tomar, y sobre todo, el tono de las advertencias ante las que nos encontramos.

Debe de vivir en un centro penitenciario, o en medio de un campo de minas.

Llama especialmente la atención el empeño que ponen las organizaciones feministas en que las mujeres tengan miedo. Miedo así, en general a todo. Miedo a salir de casa, e incluso miedo en su propia casa. Y miedo por ser mujer, como si eso les confiriera una condición perpetua e insalvable de víctima, por razón de nacimiento.

No sé ustedes, pero lo que al principio me parecían unos eslóganes tontos y algo infantiles, se están convirtiendo en machacones lugares comunes, que no sólo se bombardean desde cualquier ámbito donde aparezca una representante de una asociación autodenominada feminista, sino que se asume incluso desde las instituciones.

Afirman que las mujeres quieren salir de casa sin tener miedo, como si no fuera eso lo más habitual del mundo. Reiteran que las mujeres (lo de saber qué pasa por la cabeza de todas las mujeres es para tratarlo aparte) tienen miedo al regresar a casa, ir de fiesta, trabajar… Que detrás de cada varón existe una fiera asesina.

La ruta de la seda siempre fue peligrosa. Pasas por tierras de los tártaros y los mongoles, hay fieras, cruzas cordilleras…

Me sorprende, la verdad. Me deja realmente pasmado el empeño de las feministas por meter miedo a las mujeres (así, en general). El afán por conseguir que sean medrosas como damas victorianas. O aún más, porque en el siglo XIX al menos podían contar con que los hombres de su familia las asistirían, y aquí las pintan como solas y desvalidas en un mundo globalmente hostil.

Y mientras, en la vida real, a pesar de que vivimos en una sociedad bastante segura (realmente, en una de las zonas más seguras del mundo, en la época donde más seguridad existe), la propaganda (llamémosle) feminista da por sentadas dos circunstancias: que todo el mundo es un criminal en potencia (en especial si se es del sexo masculino), y que las mujeres son seres débiles incapaces de defenderse.

¿Paradójico tratándose de feminismo? Evidentemente no. Hace tiempo que el feminismo pasó a defender a las mujeres del mismo modo que el veganismo defiende a Las Vegas. Al igual que otros –ismos, dejó de ser una corriente social con un objetivo definido, para pasar a convertirse en otro frente de batalla de una guerra más amplia, en la que sacrificar su principal y tradicional objeto, en aras a la consecución de un fin mayor.

Feminismo ya no significa feminismo. Por cierto, ¿cuál será la capital del patriarcado?

Así, convirtiendo al resto en un enemigo al que temer, el miedo consigue agrupar y cohesionar en el rebaño a quien se le inocula. Y al otro, al de fuera del rebaño se le acusa de ser un criminal, quien sólo porque que no haya hecho nada malo, no significa que no lo sea. Tan sólo quiere decir que va a perpetrarlo en cualquier momento.

Se crea un enemigo, se crean dos bandos, y al de “los buenos” (“las buenas”) se las convence de que no pueden hacer nada solas. Que son unas inútiles y están indefensas. Sólo los líderes podrán salvarlas. Sólo los líderes saben cómo. Ten miedo y obedece por tu bien. Nada nuevo. Si es que está todo inventado.

Pero es ridículo ¿verdad? ¿No lo creen? ¿De verdad? Veámoslo de esta otra forma:

En la península Ibérica hay diversos animales venenosos, capaces de causar problemas de salud incluso graves, si se dan las circunstancias adecuadas. Estamos hablando de varias especies de víboras, escorpiones y alacranes, tarántulas, e incluso una pariente de la viuda negra. Por no hablar de abejas, avispas, escolopendras, garrapatas, medusas… No olvidemos que existe una probabilidad cercana a un 1% de morir por la mordedura de una víbora no tratada adecuadamente.

¡Quiero salir de casa sin miedo a ser mordido por una víbora! ¡Quiero poder salir de copas sin miedo a que una araña lobo me inocule su veneno! ¿Por qué no puedo ir al monte sin estar pendiente de que me vaya a atacar un oso? ¿O una liebre salvaje?

– Pero oiga, que el riesgo es mínimo, que la cantidad de heridos al año por animales venenosos… Eh… Y las liebres, en realidad no son…

– ¡Pues al primo de mi vecina le picó una medusa! ¡Tú lo que quieres es perpetuar el modelo para que yo pase miedo y no pueda vivir con libertad! ¡Fascista!

Ahí está. Una víbora hocicuda. ¿No quiere salir de casa sin miedo a encontrársela? Pues manifiéstese y exija nuevas leyes y más partidas presupuestarias.

¿Quiere decir que no existe riesgo? ¿Que se puede ir por el campo metiendo alegremente la mano debajo de las piedras o paseando descalzo al atardecer?

Ya seamos hombres, mujeres, altos, bajos, rubios, morenos, trekkies, alérgicos al marisco, ambidiestros, moteros, pintores impresionistas, peritos judiciales… Nuestra seguridad es, en primera (y en última) instancia responsabilidad nuestra. Lo es tener una básica precaución para no ser atropellados por un camión de reparto o no ser atracados en una zona marginal. Y los traumas personales, las fobias de cada uno o las percepciones exageradas hay que tomarlas como lo que son, síntomas a tratar que no pueden dictar el comportamiento de una sociedad, so riesgo de caer en lo que, me temo, algunos buscan.

Y sin embargo nos encontramos ante organizaciones que dicen buscar el bien para las mujeres, tratando de convencerlas de que son seres inferiores: que son víctimas incapaces de defenderse sin su ayuda, ni de conseguir sus metas sin apoyo extra del poder.

¿Tiene usted miedo? Pues aprenda a defenderse, vaya armada, apóyese en la presencia o asistencia de amigos y familiares… Por mucho que se lo reiteren, usted no es una víctima por el hecho de ser mujer, como tampoco lo sería por ser belga o pianista. No se deje engañar, no deje que quienes unilateralmente dicen representar a las mujeres, la convenzan de que sólo por ser mujer es un ser inferior.

Porque precisamente en eso (indefensa, dependiente, inferior al fin y al cabo)  se va a convertir si se lo cree.

 

  • Esa parece la idea.

  • Fuel Pájaro Guía

    Estado del miedo, de Michael Crichton. El miedo como elemento de control social.