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La caída (pero no tanto) de los dioses andaluces.

escrito por Miguel A.Velarde 23 enero, 2018

Edificio de la Audiencia en Sevilla. No lo verán en las postales turísticas.

Hace unos días me dirigía hacia el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, para una vista sobre un asunto bastante feo contra la Junta de Andalucía (¿cuál no lo es estando tan reputada organización de por medio?). El edificio, un peculiar ejemplo (por aquí se le dice que es más feo que pegarle a un padre en Semana Santa con un calcetín sudado, aunque realmente no es de lo peor que he visto) de arquitectura estatista que se ha quedado obsoleto, con amplias escalinatas presuntamente palaciegas, que dan a descansillos no demasiado espaciosos, desde donde se accede a las pequeñas salas de vistas y a los pasillos con las oficinas.

El caso es que el edificio alberga también a la Audiencia Provincial de Sevilla, y dio la casualidad que mi asunto coincidiese allí, ese día, con otro más mediático en esa jurisdicción. Subiendo por las escaleras (en parte por aquello de lo saludable del ejercicio, pero principalmente para no sufrir las esperas ante los antediluvianos y cochambrosos ascensores), en la planta inferior a la que me dirigía, me encontré atrapado en un superpoblado descansillo, donde se hacinaba una fauna de personajes de todo pelaje y condición. Coincidían todos (menos los guardaespaldas, a los que se los distingue por su expresión de resignado fastidio, combinada con ese interés profesional hacia todo bípedo que se mueva cerca) por su intento de mantener cierta pose de “estoy aquí porque soy alguien” y por haber sacado del ropero un traje acorde con la intención.

Yo, con mi camisa sin planchar (no es vagancia; es que hay muchas cosas importantes en la vida y muy poco tiempo) avancé entre el gentío hasta que en medio observé a dos especímenes peculiares. En los documentales de la 2 (evidentemente, no veo otra cosa en la televisión, ejem…) nunca he visto lo que ocurre con los líderes de las grandes manadas del Serengueti cuando dejan de serlo, pero seguro que tienen un aspecto similar.

Allí, solos en medio de la multitud, guardando entre ellos una prudencial distancia y sin cruzar ni una mirada, estaban dos expresidentes de la Junta de Andalucía, imputados en una causa penal. Al pasar a su lado y darles un escueto “buenos días” (la educación ante todo) que hizo que un guardaespaldas cercano me fulminase con la mirada (debo de tener una cara sospechosa, y mi camisa, como he dicho, quizá no mejoraba el cuadro), no pude evitar que me surgieran una serie de reflexiones que, me disculpará el amable lector, voy a plasmar aquí.

En primer lugar, y a pesar de ser evidente que una parte de los presentes eran periodistas, me sorprende que este asunto, quizás el mayor caso de corrupción de la Historia de España (excepto no sé si aquel episodio de la compra de una flota rusa de segunda mano, en tiempos de Fernando VII, a lo mejor…), y que no es sino una rama de una trama bastante más amplia, esté mereciendo menos interés mediático que el hecho de que haga frío en invierno. Pero no vamos ahora a descubrir nada que no sepamos de la prensa española. Y además puede que influya que realmente a nadie le importa lo que ocurra en este agujero (institucional, político y económico) aparentemente insalvable al suroeste de Europa.

Pero entrando más en materia, ver allí a quienes fueron poco menos que Dios encarnado (un dios tribal y local, pero Dios, al fin y al cabo), cada uno en su época, reducidos a la condición de simples mortales enjuiciados por sus actos, tratados (casi) como al resto de siervos (creo sinceramente que jamás lo creyeron posible) fue como encontrarse ante uno de aquellos cuadros barrocos de temática religiosa. Esos en los que se añadía un texto del tipo “sic transit gloria mundi”.

 

Una breve crónica de los virreyes de Andalucía:

 

Y no sólo la gloria personal. También la del sistema político. Haciendo un poco de Historia, hubo un tiempo en que los presidentes andaluces eran poco más que alcaldes con ínfulas y pretensiones. Ellos se daban importancia y el resto los ignoraba. Pocos se acuerdan ya de Rafael Escuredo o de Rodríguez de la Borbolla. Pusieron las bases del régimen, pero al igual que Filipo II de Macedonia, fueron eclipsados por quienes les sucedieron.

En un determinado momento, el Partido (no hace falta especificar cuál, porque al igual que ocurre en cierta película de F. F. Coppola, cuando se menciona a La Familia se entiende perfectamente de lo que se habla) se encontró con que no había nadie dispuesto a presentarse voluntariamente a la presidencia de Andalucía. ¿El motivo? En “Estación de Nieblas“, Neil Gaiman hace que Lucifer cite aquello de: “Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”. Y cuando un aterrado Caín le da la razón (“sí, lo tu digas, señor Lucifer“), el Portador de Luz le responde apesadumbrado:

Una rutinaria reunión en una consejería cualquiera.

No lo dijimos nos. Lo dijo Milton… Y era ciego”.

El caso es que como en esa misma obra, en España también Dios (el grande, Júpiter Óptimo Máximo, desde su trono olímpico de la Moncloa) condenó a uno de sus servidores a gobernar el infierno. Eran esos tiempos en los que se admitía sin tapujos que poniendo al lado la foto del Sr. X, la gente votaría masivamente a una escoba. Y así Manuel Chaves fue investido a la fuerza con la corona virreinal que no soltaría más que cuando un nuevo dios (éste con minúsculas, un Loki descafeinado convencido de ser un bodhisattva redentor de la humanidad) lo destronó ante el inminente desastre, por la vía de hacerlo ministro el tiempo suficiente para que no se notase demasiado la patada en el culo.

Pero como en las mejores autocracias, había que dejarlo todo atado y bien atado, y la sucesión debía dirigirse (como casi todo aspecto de la vida en Andalucía) desde arriba. El elegido fue un hombre de confianza, perteneciente al núcleo del régimen, al tanto de todo y por supuesto, igual de pringado que su anterior cacique. Así que, caído éste, Griñán no tardó en seguirle por idénticos motivos. Casi ni le dió tiempo de negar tres veces a su destronado señor, para intentar hacerse con el poder absoluto, cuando le tocó a él su turno para la decapitación política. Y de nuevo, se abrió la cuestión sucesoria.

Una vez más se optó por alguien de probada lealtad, que fuera obediente al cesante aunque éste ya no estuviera en el despacho oficial. ¿Qué podría salir mal? Vale, Griñán había tratado de tomar el mando por su cuenta, pero era porque pertenecía a una generación política integrada por supervivientes de feroces luchas intestinas y constantes navajazos a traición. Estaba en su naturaleza. De modo que en esta ocasión se eligió a una candidata manejable. Un perfil mediocre, cuya única característica destacable había sido ser fiel y obediente a sus superiores, no aparentar ser una amenaza y estar calladita hasta que le llegó su oportunidad.

Es de sentido común que si pones a tu sirviente en el trono, dejas de tener un sirviente y pasas tú a serlo. Aunque desde la cima del palacio de San Telmo, parece que las cosas se veían de otro modo.

Así que al contrario que la reina Galadriel (realmente hay muy pocos aspectos en los que ambos personajes tengan alguna similitud, siquiera lejana), Susana Díaz sí aceptó el anillo de poder y desde el principio le cogió afición a usarlo. De modo que la Charcutera de Triana (llamada así por las malas lenguas, por trabajar rodeada de chorizos, aunque parece ser que su alias en el Partido era el de la Choni del Tardón) se dedicó inmediatamente a asegurarse el poder absoluto, entrando a sangre y fuego en los bastiones leales a sus predecesores y pasando por encima de los cadáveres (políticos) de quienes osaron chistar.

Una muestra perfecta de cómo ha evolucionado el perfil de quienes dirigen el destino de los simples mortales. El caso es que ambos monarcas depuestos estaban allí sabiéndose abandonados por quienes creían de los suyos (aunque no por el régimen, no teman). Una estampa que podría haber movido incluso a la compasión, de no haber sabido el tipo de individuos de los que se trataba.

 

Hasta dónde llega la madriguera del conejo:

 

Sobre el régimen que asentaron y perfeccionaron estos personajes ya hablé en otros artículos (aquí, aquí y aquí, para quien le interese), además de los otros muy interesantes publicados en esta misma página, a los que me remito para no hacerme demasiado pesado. Tan sólo añadir a lo ya dicho que nada de esto hubiera sido posible sin la silenciosa y obediente colaboración de muchos. Pero muchos. Todos ellos autoconvencidos de ser inocentes y que incluso se indignan de lo malos que son los políticos.

Comentaba alguien el otro día un dato bien conocido sobre la yakuza japonesa, que es extrapolable a cualquier organización mafiosa bien asentada y exitosa. Resulta que la mayoría de sus miembros ejercen trabajos y ocupaciones perfectamente legales. Son oficinistas, abogados, enfermeros, conductores de furgonetas, diseñadores gráficos, contables, informáticos, mecánicos, cocineros… todos ellos anónimos, pacíficos y anodinos engranajes de la maquinaria, con la conciencia tranquila, pero sin los que la actividad criminal de la organización sería imposible.

En una sociedad como la andaluza en la que la sociedad civil (salvo muy escasas excepciones) ha desaparecido, engullida por esa indistinguible amalgama de Administración-gobierno-partido, este fenómeno adquiere una dimensión casi global.

Observando en aquel edificio a los imputados y la corte que los rodeaba, era imposible olvidar a todos aquellos ejemplares ciudadanos que hicieron posible la trama. Sin cuya silente colaboración no se hubieran podido pudrir los cimientos de una sociedad aspirante a civilizada, hasta dejarla en lo que es hoy Andalucía.

Procedimiento administrativo habitual.

Me refiero, por ejemplo, a esos funcionarios que firman lo que se le ordena sin detenerse a estudiar ese detalle que les escama un poco. Esos otros a los que les dicen que aquel expediente que les toca a ellos, lo va a tramitar su jefe directamente, y acatan sin siquiera preguntar. Los que se excusan en que “sí, bueno, es que siempre se hace así”, o con que “nunca pasa nada”. Esos que deben decidir sobre una licitación y no cuestionan el motivo de una puntuación que les sugieren desde arriba, aunque no la terminen de compartir. Y por supuesto, muy especialmente, todo ese enorme grupo que engloba a los que prefieren hacerle el vacío a ese compañero tan rarito que sí hace preguntas, el que pone problemas con tonterías del tipo “la Ley dice esto” o “el procedimiento administrativo aquello” y que le cae tan mal a los jefes. Si le hacen la vida imposible desde arriba es porque se lo ha buscado. Al fin y al cabo no es más que un fastidio, molesta, trae mal rollo… y no vaya a ser que crean que son sus amigos y le hagan a ellos lo mismo.

Pero no seamos injustos. No nos quedemos sólo con los umpa lumpas (los oficiales y los de la inmensa y expansiva administración paralela). Están también los directivos y los trabajadores de esas empresas que cuando les ofrecen elegir entre plata y plomo, tragan y pasan a formar parte de la red clientelar. Los que consiguen su paguita gracias a lo buena gente que es Pepa la de la oficina esa. Los que saben que la carga de trabajo de la empresa para la que trabajan, depende de las buenas relaciones (hablamos, claro, de relaciones de tipo feudal) de su jefe con el tipo de ese nebuloso ente que lo contrata, pero detrás del cual están los de siempre. El periodista convertido en propagandista de quien financia su medio con publicidad institucional, contratos de empresas afines (o sus feudatarias) y ayudas varias. Esa asociación profesional que en lugar de representar a sus afiliados frente a la Administración, representa a la Administración frente a sus afiliados, los cuales agachan las orejas porque indisponerse con el entramado corporativo es tremendamente incómodo (dejémoslo con ese término), y hay que pagar la hipoteca.

Pero hay más. Hay una mención de honor para los que teniendo obligación de vigilar, investigar o fiscalizar, desde posiciones más cómodas y seguras, se suman al carro. Hay quien lo dice muy claro, aunque quienes lo escuchan (aún en el caso de no pensar que es una conspiración franquista malvada), después de mover la cabeza exclamando “¡a dónde vamos a llegar!”, volvemos a agacharla, regresando a nuestra cómoda y familiar servidumbre. La alternativa suele ser arriesgada.

Piense, amable lector, en un ejemplo más de entre los muchos existentes: Resulta que hay algunos intrusos en el caso de los EREs (los afines al régimen que se colaban en el expediente, para cobrar una pensión sin haber sido trabajadores de la empresa que lo solicitaba) a los que dieron de alta (para calcularles la pensión) el día de su nacimiento. No sé si tendrán experiencia en gestiones con la Seguridad Social, pero cuando se daba un alta un día fuera de plazo, el sistema reaccionaba con asombrosa eficacia desencadenando diversos problemas para el despistado o el infractor (y ahora que se exige on-line es más difícil aún, por cierto). Ya me contarán cómo fue posible colar altas varias décadas fuera de plazo, sin que saltasen las alarmas. Sin la aquiescencia, o al menos la inacción de alguien. Y alguien que no dependía directamente de la Junta, sino que en teoría, estaba a salvo trabajando para la Administración federal (perdón, la central).

Gestionando el día a día.

En teoría. Porque en realidad todos los andaluces, directa o indirectamente, dependemos de la Junta. Si no nosotros, algún hijo, o hermano, o marido… Si no con nómina de una administración, sí de una empresa cuyos ingresos vienen de contratos públicos, o con entidades “privadas” que, en realidad, forman parte de la segunda línea de administración paralela. Y si no, viven de una actividad que precisa de una autorización, una licencia, un visado de alguna corporación… Luego están las ayudas, los alquileres sociales, los mil agujeros por donde los tentáculos llegan a todas partes, recordándote cuando llega el momento esas cosas en las que no se fija uno, pero que están en manos del régimen. Cosas que te pueden negar en cualquier momento sin motivo, o con las que pueden apretarte hasta que cueste respirar. Luego puedes reclamar, claro. Un par de años de procedimiento, rezando para que quien decida no quiera también evitarse problemas.

Los yakuzas con sus wakizashis y pistolas pueden ser muy pocos al sur de Despeñaperros, pero prácticamente toda la población se integra de una u otra forma en la Familia, constituyendo una curiosa tipología social, siendo a la vez cómplice y víctima. Esto último, si se tiene suerte, indirectamente.

Con suerte porque en ocasiones, sobre el obediente siervo cae de golpe toda la maquinaria del sistema. Y todos son lamentaciones, quejas sobre lo injusta que es la vida, todo ello aderezado con la perpleja incomprensión acerca de por qué le ha pasado aquello a él. Con lo bueno y sumiso que siempre ha sido. Ahí es cuando entra la rabia contra los políticos (así en general) y las exclamaciones indignadas  acerca de  la situación. Justo cuando ya es demasiado tarde.

 

“… Y que cada uno de nosotros de al diablo su merecido”:

 

De hecho, el régimen se ha perfeccionado tanto que los yakuzas malencarados y armados resultan casi innecesarios. Las mismas víctimas-cómplices, al tiempo que se someten ya por mera costumbre (una suerte de reflejo pavloviano que tranquilizadoramente camufla el miedo) se ocupan además de que otras víctimas pasen por el aro. Presión social, presión institucional y también presión jurídica. Porque recordemos que aquí, la Familia legisla, reglamenta y ejecuta las normas.

En una reciente conferencia, Escohotado citaba las diferencias entre las leyes (cualquier norma que sean capaces de imponer unos tipos) y el Derecho (los principios que estructuran una sociedad). Y añadía que este último, en nuestra civilización, se basaba fundamentalmente en dos premisas básicas:

1- La propiedad no se adquiere (ni transmite) ni por violencia, ni por fuerza ni por engaño.

2- Los acuerdos deben cumplirse, o si no, se debe indemnizar.

Habrá quien, quizá no sin razón, pueda discutir si hay más de los citados o si se deben o no definir de esa forma, lo que sería un debate especialmente interesante, que se mantiene vivo desde hace más de 2.000 años, pero que excede la intención de este artículo. Pero en cualquier caso, es algo aceptado desde los inicios de nuestra civilización que las instituciones, los poderes públicos, existen con la finalidad de defender esos elementales principios sociales (sociales en el sentido de aglutinadores de un grupo estable). Lo cierto es que en Andalucía, por contra, las instituciones han mutado en organizaciones destinadas a infringir y conculcar esos dos principios. Y hacerlo con alevosía, impunidad y en abuso de posición dominante.

Todo muy camuflado, claro, para que las víctimas-cómplices encima vayan dando las gracias. ¿Qué sería de nosotros sin don Corleone? Se preocupa de nosotros tanto

La triste realidad es que lo único que evita que Andalucía sea, a estas alturas, un horror similar a Venezuela o Zimbabwe, es que se integra dentro de otra entidad política superior, que a su vez encaja en una confederación de Estados europeos. Ninguna de esas dos están precisamente para tirar cohetes, pero al menos consiguen imponer un cierto límite jurídico y fáctico al poder del régimen. Un colchón lleno de agujeros y que no se cuida con la debida diligencia (porque en realidad, todos, en sus respectivos feudos desearían, e incluso intentan, hacer algo similar a lo que se hace por aquí), pero que al menos ha impedido que nuestros huesos hayan quedado ya deshechos en las innumerables caídas sufridas.

Por supuesto, hay quien sabiéndose víctima, se niega a ser cómplice. Funcionarios que aún sabiendo lo que ello supone para sus carreras, sí hacen preguntas y tratan de cumplir con su deber, recibiendo por ello el desprecio de sus cobardes compañeros y el acoso de sus superiores. Ciudadanos que denuncian los abusos, conscientes de que van a un tiroteo armados con un cuchillo (de los de plástico). Abogados que firman demandas incómodas y que siguen adelante a pesar de todo lo que ello supone en ámbitos que escapan al jurídico… Siempre hay personas que no se someten al régimen (me temo que no estoy entre ellas, ya que me limito a hacer mi trabajo desde la seguridad de la penumbra y a escribir alguna cosilla tristemente inofensiva), y que consiguen que cierta esperanza en la humanidad siga viva en algún sitio, a pesar de que la mayoría prefiera permanecer en su cómoda indiferencia. En esa servidumbre voluntaria donde el escudo del “no es para tanto”, el “es una conspiración de los malos” y el “tampoco hay que exagerar”, les permite seguir viviendo cómodamente como esclavos, sin que resuenen ya en su corazón los tambores de Pictdom.

En cualquier caso, no sufran por los pobres y abandonados imputados, que ese día se veían obligados a bajar de las alturas y tocar el  mundano suelo con sus pies. Hay una larga tradición de “pelillos a la mar” cuando se trata de cargos de relevancia (y no sólo en Andalucía, me temo, aunque en otras geografías parezca que empiezan a redimirse). Eso de que sí, que estuvo muy feo, que todo fue un disparate jurídico y procedimental, todo más ilegal que imprimir billetes de 30 € en la impresora de casa sobre papel higiénico del Mercadona, pero que de condenas ni hablar. Hay delitos como el de prevaricación que han sido interpretados de una forma tan restrictiva, que casi se han convertido en la práctica en una suerte de yeti o de monstruo del lago Ness. Eso que algunos afirman que existe y de lo que hay mucho escrito, pero que nadie al que conozcas ha visto en realidad.

Si han aguantado hasta aquí, es que han disculpado hasta cierto punto mis divagaciones respecto de la línea principal del tema, de modo que… ¿Recuerdan el chiste del ministro que niega las ayudas para los colegios porque no hay dinero, pero que acuerda instalar una piscina olímpica, un hipódromo, una sala de conciertos y un bingo en la cárcel? “Es que al colegio no vamos a volver, pero a la cárcel nunca se sabe…” Lo que es el subconsciente. Ni idea de por qué me ha venido a la memoria ese chiste.

A lo que voy es a que me cansa mucho esa matraca continúa de personas bienpensantes indignadas, clamando porque llegue alguien sabio y bondadoso que haga justicia y lo arregle todo con la mágica facilidad del final de un episodio de La Patrulla Canina. ¿Quieren justicia? Nadie la va a hacer por ustedes. El que de verdad la quiera que deje de ser una víctima-cómplice y la búsque él mismo. No me refiero a que emule a Frank Castle, claro (aunque no falten ganas, a veces), sino a esos pequeños detalles de sumisión y cobardía. Esas pequeñas acciones que, indefectiblemente, acaban convirtiéndose en grandes y que en conjunto pudren una sociedad.

No se puede exigir de nadie que sea un héroe, y yo no lo pretendo. Pero sí puedo pedir que quien quiera que se respeten sus intereses (no hablo ya ni de derechos, que ese es otro tema), haga algo para defenderlos. Porque si alguien pone sus esperanzas en que las instituciones vayan a defenderlo o que se vaya a castigar a nadie que no sea un pringado desechable, va aviado.

Don Manué.

En este caso concreto, sin embargo, si yo fuera de esas personas que creen en el destino o la providencia, diría que se ha dado un cruel caso de justicia poética. Porque independientemente de lo inverosímil de que vaya a condenarse a Manuel Cháves en un Tribunal, hay una losa que siempre pesará sobre quien encarnó la suprema potestad sobre la Tierra. Algo que con todo el poder a su alcance, nunca pudo cambiar, y que lo acompañará  hasta el final de sus días. Y es que en la cúspide de su reinado absoluto, en el cénit de su gloria, cuando en Andalucía alguien nombraba a “Don Manuel”, así, sin apellido (ni falta que hacía) y con el respeto del pueblo rebosando en cada sílaba, todo el mundo entendía de quién se hablaba, y desde luego no se referían al señor feudal de Andalucía. Hablaban de Don Manué… Ruiz de Lopera. Otro prenda del estilo, que cayó también desde la gloria al barro.

 

Pero esa es ya otra historia.

 

  • Muchas gracias. Me alegra que le haya gustado el artículo. Por supuesto, utilice la frase. No me pertenece, sino que como bien dice, la he escuchado desde mi infancia.

    Respecto de la jerga de internet, me temo que soy un lego en la materia.

  • Gerardo

    Muchas gracias Don Miguel, he disfrutado como un enano (eso decíamos hace más de cincuenta años) leyendo su artículo.

    Por cierto, la frase “es más feo que pegarle a un padre en Semana Santa con un calcetín sudado” la he utilizado desde tiempo inmemorial, pero sin lo de “en Semana Santa”. Me lo apunto y, si no tiene inconveniente, lo utilizaré profusamente.

  • Muchas gracias. Pues en Andalucía depende de muchas cosas. Depende principalmente de la cantidad de dinero de la que hablemos, y de si la viejecita es amiga del régimen, enemiga conocida, o una anónima ciudadana. Y también de lo pesado (y coñazo) que se esté dispuesto a ser de cara al funcionario de turno, claro. Ese es un factor importante.
    Y por supuesto, no es lo mismo hablar de la Agencia Tributaria que de las haciendas autonómicas o locales.

  • viejecita

    Me ha encantado este hilo.
    Y decir, que si en Madrid, ante una reclamación y sanción por parte de Hacienda, una ciudadana viejecita, y “de cuchara” pone una reclamación, y va a donde haga falta a reclamar por la falta de justicia, si, en Madrid, pues, a la viejecita le acaban dando la razón, y devolviéndole su dinero, y con intereses, no me creo que ello vaya a ser obligatoriamente diferente en Andalucía…

    ¡¡¡ “súbditos” ignorantes y viejecitos de todas partes, Uníos !!!

  • Me temo que parte del problema es ese, que lo que se quiere desde fuera del sistema no es acabar con él, sino convertirse en los nuevos capos. De hecho, lo que parece es que la oposición no quiere realmente gobernar, en Andalucía. Están muy cómodos en su situación, cobrando su parte y sin más preocupaciones.

  • JJI

    Valiente el texto. Lástima que no resuene en todos los campanarios. La impresión que tengo, por lo que sé y he oído, es que en todas las Autonomías crece una “familia”, y en el Estado también. Algunos ciudadanos pueden salvarse de la quema, pero la mayoría no (por eso el PPSOE no es, hace años, recuerdo). Estos sistemas de corrupción “honorable” sólo caen cuando sus cimientos, en un edificio ya sobrecargado, no los aguantan. Algo así como lo que le pasó a la URSS. Y cuando caen, la tendencia es a que otra “familia” ocupe su lugar.
    Ideas para solucionar este problema ha habido y hay muchas, pero el problema es que nunca se llegan a aplicar, como si, en realidad, la misma gente no las quisiera. Igual es porque cada cual espera su oportunidad de hincar el diente. O porque quizás, como lo de ganar dinero en la lotería, no conciben otra manera de “pillar algo en la vida” (tan incompetentes se reconocen), pero el caso es que nadie está por poner el cascabel al gato, y si sale algún voluntario, le pasa eso de “entre todos lo mataron y él solito se murió”.
    Suscribo todo, pero extraigo este texto que me ha afectado directamente en el Colegio de Ingenieros, donde más de una vez les he espetado que, pagando yo, no me representan frente a la Administración, sino al revés: -“Esa asociación profesional que en lugar de representar a sus afiliados
    frente a la Administración, representa a la Administración frente a sus
    afiliados”.
    Saludos.

  • Hola. Gracias por comentar.
    Ten en cuenta dos cosas, primero que el artículo era de El País, en aquel entonces (antes de que con ZP se devolviesen las cartas de amor) un órgano de propaganda del PSOE. Y segundo que es de 1990. Andalucía, estando mal, aún atraía inversores, creyendo que al igual que otras regiones, tenía cierto futuro, los muy ilusos. Luego se vio que no, que aquí sólo hizo negocio quien pagó su “impuesto” a la Familia, y siempre bajo la supervisión de quien manda. Además, como suele ocurrir en esos casos, partir desde más abajo significa que se crece más que otras regiones más ricas, lo que no significa necesariamente que se se haya llegado a su nivel.
    Por otro lado, es cierto que el 92 trajo una enorme cantidad de inversión, principalmente pública, sumada a ayudas de todo tipo. Eso se notó bastante. En infraestructuras, por ejemplo, aún seguimos viviendo de las rentas, de lo que se construyó entonces.
    Da bastante rabia echar la vista atrás y ver las oportunidades perdidas, por cierto.

  • José María Piñón Cobelo

    Es curioso como en el mismo artículo en que se habla de que Chaves fue obligado a ser presidente de Andalucía, se dice que esta región es la que más crece de España. Supongo que las inversiones previas al V Centenario algo tendrían que ver.

  • Pues sí. Pero no sólo los votantes. Está el resto de la vida entre votaciones, donde la inercia es tragar con absolutamente todo lo que al régimen se le ocurra. Sin esa colaboración, el sistema asentado, tendente al saqueo sistemático de los ciudadanos, de los fondos públicos y de las ayudas de fuera, no habría podido funcionar como lo hace. Según me cuentan, en Cataluña, por ejemplo, es exactamente igual, pero es un pobre consuelo.
    Por cierto, incluso lo de ser Misuri lo firmo ya. Vamos de camino a ser Venezuela.

  • asertus

    Una pena de lo que podría ser California, y se que queda en Misuri … Pero en Democracia, los votantes también tienen responsabilidades, sea en Sevilla, Barcelona o toda España…