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La otra guerra fría (entrevista a Javier Martín)

escrito por Germanico 14 diciembre, 2017

Javier Martín. Fotografía de Javier Linzón de la agencia EFE.

Y yo me pregunto quién es Donald Trump para decidir de qué país es capital Jerusalén. Y me lo pregunto sincera, y acaso inocentemente. Es obvio para todos que el Presidente de EEUU es un personaje de la mayor relevancia en el mundo, y lo es también que Israel es el aliado en Oriente Próximo de la Casa Blanca. Durante muchos años de conflicto palestino-israelí, los Estados Unidos de América, desde sus más altas instancias, han jugado un complicado juego de apoyo a los judíos (rodeados de musulmanes hostiles) y, simultáneamente de fomento de la paz en la zona que se disputan con los palestinos, tratando de poner freno a las excesivas ambiciones territoriales judías y de establecer definitivamente fronteras que hagan posible la convivencia entre comunidades y la sensación de territorialidad de sus respectivas identidades. En ese punto la cosa se complica tanto que se convierte en aparentemente irresoluble.

El órdago que representa el reconocimiento de Trump de Jerusalén como capital de Israel ya ha sido respondido por los palestinos, entre otros muchos, con un “veo”: Jerusalén es la capital de Palestina.

¿Qué busca Donald Trump, personaje histriónico y provocador, con esta “declaración unilateral”? La respuesta está, por supuesto, en la mente de Trump o, si lo prefieren, en el groupthinking de sus colaboradores. Pero podemos aventurar alguna tentativa de respuesta, a riesgo de equivocarnos estrepitosamente.

El aumento del poder de Irán en Oriente Próximo, y más ahora que el ISIS ha sido barrido (al menos como Estado Islámico y Califato Sunní Salafista Yihadista) supone un desafío geoestratégico sumamente preocupante tanto para Israel (enemigo declarado de los Ayatolás) como para EEUU, que observa con pavor cómo uno de los países de su Eje del Mal (para el que EEUU es, recíprocamente, el Gran Satán) expande su influencia mientras podría tener ya muy avanzado un programa de Armas de Destrucción Masiva que podría hacer temblar los escombros que quedan en Oriente Próximo. Y recuerden el pretexto del antecesor Republicano en Washington, George Bush Jr. para invadir Irak en 2003 (ADMs por todas partes). Trump, en definitiva quizás lo único que quiera sea la guerra, simple y llanamente, y cuanto antes mejor, para frenar a Irán.

El Eje del Mal de Bush (Irak-Irán-Corea del Norte) parece gustarle a Trump, una vez convertido Irak en un desierto lleva un tiempo con la mirada fija en Corea del Norte e Irán. Curiosamente su “jefe” del Kremlin tiene buenas relaciones con Irán y con los países de su esfera de influencia, como la Siria de Assad, las partes del Líbano controladas por Hizbullá o las de Irak en las que la mayoría de la población es Chií. Es interesante el detalle aparentemente sin importancia de la confesión de los aliados. En Oriente Próximo ha habido siempre dos grupos, Chiíes y Sunníes, y por motivos que desconozco son los primeros los que parecen “caer bien” a Putin. Ambos grupos confesionales tienen una larga historia que se remonta a poco tiempo después de la muerte de Mahoma y tienen sus parecidos y diferencias que, en las circunstancias menos favorables pueden polarizar religiosamente y conducir a un enfrentamiento entre confesiones. Esto sucede hoy en día. El ISIS fue particularmente despiadado aniquilando a todo aquel que no rezase a Mahoma a su manera. Y los propios Chiíes han asesinado a Sunníes por su confesión.

Pero la polaridad esencial de esta, la otra guerra fría, tiene una base política y económica muy sólida, y las diferencias religiosas solo contribuyen a echar más leña al fuego. Irán es un Estado Teocrático Chií. En frente tiene al país que más ha hecho por fomentar el terrorismo internacional y el radicalismo yihadista, la Monarquía Absoluta de corte Teocrático Wahabí de los Saud, Arabia Saudita.

En estos momentos están ocurriendo muchas cosas a un tiempo y parece darse el ambiente apropiado para un cambio de proporciones impredecibles, pero seguramente enormes, todo un Señor Cisne Negro abre sus alas dispuesto a batirlas, si nos atenemos a las enseñanzas de Nassim Nicholas Taleb, el pensador de origen maronita libanés.

Para entender un poco mejor estos procesos en marcha hemos contactado con Javier Martín, reputado experto en el Chiísmo y autor de varios libros sobre diversos asuntos de la política y la sociedad en Oriente Próximo.

 

Libros de Javier Martín:

Los Hermanos Musulmanes

Suníes y Chiíes, los dos brazos del Islam

Estado Islámico

La Casa de Saud

Hizbulá, el brazo armado de Dios

 

1.- Los dos brazos del Islam: Suníes y Chiíes. Es indispensable que los distingamos para entender el Islam, la historia de Oriente Medio y su presente, así como intentar anticipar su futuro. ¿Podría explicar para dummies qué son, qué representan y que debemos tener presente de estos dos brazos, para no confundirlos permanentemente hablando de “islamistas”?

 

El Islam se dividió en dos ramas tras la muerte de Mahoma, principalmente por una cuestión política relacionada con el liderazgo y la estrategia a seguir por la incipiente comunidad. Una parte consideraba que el Profeta mismo había designado sucesor a su primo y yerno, Ali bin Abu Talib, esposo de su adorada y polémica hija Fátima, durante el controvertido sermón de Ghadir al Jumm. Otros, sin embargo, creían que el heredero debía salir del círculo cerrado de los compañeros del Profeta. Los partidarios de los derechos hereditarios de Ali y de la familia del Enviado son los chiitas, y suponen en la actualidad en torno al 15 por ciento de la población. Fragmentados en diferentes corrientes, se concentran en Irán y zonas de Irak, Yemen, Siria, el este de la península Arábiga, el Líbano, la India y Pakistán, principalmente.

La escisión o fitna comenzó a producirse en el año 661, en plena guerra civil musulmana, cuando ya nombrado Ali califa o sucesor fue asesinado por un jariyí en la mezquita de Kufa (Irak). Los jariyies eran una tercera rama, activa en aquel momento, que creía que a la sucesión y liderazgo podía optar cualquier creyente recto al que apoyara la mayoría de la comunidad musulmana.

A la muerte de Mahoma, este liderazgo había sido entregado a Abu Bakr, considerado la mano derecha del Profeta y el primer hombre en convertirse al Islam. A la la muerte de éste, pasó a los líderes de la casta militar en el tribu de Quraish, Omar y Uthman, que impulsaron las conquistas más allá de la península Arábiga. La época de esplendor conquistador, comenzó con la designación de Muawiya, otro líder militar, primero de la estirpe de los Omeya, que le disputó el liderazgo a Ali. Ellos fortalecieron el dominio suní.

La escisión definitiva se produjo en el año 680 cuando las tropas de Yazid I, hijo de Muawiya, establecido en Damasco, mataron a Hussein, segundo hijo y sucesor de Ali, y a setenta miembros de su corte y estirpe tras la batalla de Kerbala (Irak), masacre que los chiíes rememoran con tristeza cada año durante el mes de Ashura.

Iguales en el dogma, se diferencian en la doctrina y en el proceder de algunos ritos. En general, tanto la jurisprudencia como la teología está más avanzada en el chiismo que en el sunismo, considerado aún así la ortodoxia.

Aunque las diferencias ideológicas se mantienen, y son explotadas principalmente por los movimiento salafistas radicales violentos para justificar sus acciones, el conflicto a día de hoy no es ni religioso ni sectario, sino esencialmente político. Un pulso entre Irán -único estado chií del mundo- y su eje de socios (Siria, Hizbulá en el Líbano y grupos en Irak) y Arabia Saudí, que se arroga el liderazgo de la comunidad suní, aunque su corriente -el wahabismo- sea además de minoritaria, herética.

2.-Desde hace ya bastante tiempo hay un pedazo de tierra con costa en el mediterráneo este que ha sido el centro de todos los conflictos. Cualquiera pensaría que hablamos de Palestina e Israel, pero está más arriba. El Líbano, convulso con sus diversos credos y su reparto político, con el paso por sus tierras de la OLP, Siria, Israel e Irán (unos sobre el terreno y otros con agentes, como el Partido de Dios Chií simpatizante y en cierto sentido continuador de la Revolución Islámica de Irán). La guerra de Siria ha vuelto a fragmentarlo violentamente. El Primer Ministro Saad Hariri (suní) ha dado la espantada (o ha sido relevado por los saudíes) antes que sufrir el destino de su padre y el futuro del país vuelve a pender de un hilo que es la mecha de una bomba. ¿Qué cree que puede suceder en el Líbano en el futuro próximo?

Desde que el conflicto político entre Irán y Arabia Saudí estallara a finales de la década de los pasados setenta, el Líbano ha sido el escenario de la guerra diferida que ambos estados -apoyados por diferentes bloques internacionales-libran por la supremacía y la influencia en la región. La diversidad religiosa -en Líbano coexisten hasta 17 confesiones- y la proximidad a Israel han sido su definitiva condena. Cuando la guerra civil estalló en toda su crudeza (1975), el Líbano ya era un avispero en el que los principales estados de la región comenzaban a posicionar sus fichas. El embrión de la poderosa Guardia Revolucionaria iraní, por ejemplo, desembarcó en el país meses antes de la revolución que en 1979 acabó con la dictadura del último Sha de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, y permitió el establecimiento de la teocracia diseñada por el ayatolá Rujolá Jomeini.

Casi al mismo tiempo, la resistencia palestina liderada por la OLP halló refugio en el sur del Líbano, desde donde comenzó a lanzar ataques contra Israel. En 1982, el Ejército israelí, comandado por el general Ariel Sharon, invadió y ocupó el sur del Líbano, entrando en Beirut y complicando aun más la guerra civil que desde 1975 libraban cristianos, chiíes y suníes, con el reparto comunal establecido por la Francia colonial como trasfondo del conflicto. Dos actores tradicionales más hicieron su aparición al tiempo que se sumaban otros nuevos: Siria ocupó el Líbano en 1976 y Arabia Saudí se puso a la cabeza de la comunidad a través de la familia Hariri, cuyo patrón, Rafik, padre de Saad Hariri y durante años primer ministro del país, se enriqueció construyendo palacios para la familia Real en Riad y otras ciudades saudíes.

Hariri murió en 2005 en un atentado con coche bomba que ha sido atribuido al régimen de Bachar al Asad, aliado de Teherán. Ese año, Hizbulá -partido chií nacido como movimiento de resistencia en 1985- ya era el grupo más influyente del el Líbano gracias a la victoria militar de su brazo militar, que obligó a Israel a retirar sus tropas del sur del Líbano en el año 2000. A Rafik Hariri le sucedió al frente de sus negocios, su partido y de la comunidad suní libanesa Saad, actual primer ministro. En 2008, Hizbulá convirtió su triunfo militar en una victoria electoral que le llevó a sumarse por primera vez al gobierno.

La revolución de 2012 y el posterior conflicto bélico en Siria han agitado todos los fantasmas de una guerra civil libanesa cerrada en falso en 1990. Hizbulá, aliado de Irán y por extensión del régimen de Bachar al Asad, se ha visto arrastrado a un enfrentamiento que ha aumentado tanto su capacidad operativa de combate como su arsenal; la comunidad suní se ha visto amenazada, por su parte, por la cercanía de los movimientos yihadistas. Y la comunidad cristiana ha quedado en manos del actual presidente, el el general Michael Aoun, el hombre que alargó innecesariamente el conflicto fraticida libanés un año en la década de los ochenta. A día de hoy, Aoun y el secretario general de Hizbulá, jeque Hasan Nasrallah, dominan juntos la escena política y el gobierno en Líbano.

En este marco, la crisis por la renuncia y marcha atrás posterior de Saad Hariri debe leerse en clave regional. Más allá del pueblo sirio, verdadero derrotado del conflicto, la guerra civil en Siria tiene un triunfador regional (Irán) y un perdedor (Arabia Saudí). Debilitado por los cambios en el mercado energético (principalmente por la autosuficiencia petrolera de EEUU, su principal sostén y aliado) y herido por el fracaso de la guerra en Yemen y las disputas palaciegas entre las distintas ramas de príncipes, el régimen wahabí trata de mantener vivo un equilibrio anacrónico, el establecido en la década de los ochenta, que se desmorona poco a poco. Hasta la fecha, ha tratado sin éxito de convencer a EEUU de que rompa el acuerdo nuclear con Irán; ha fracasado a la hora de aislar a Catar, país que comparte con Teherán el mayor yacimiento de gas del mundo, y ha apoyado durante las llamadas “primaveras árabes” a movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes, principal enemigo del wahabismo (esta misma semana, el presidente francés firmó un importante contrato en Doha); como penúltimo esfuerzo, ha tratado de forzar una crisis en el Líbano, con las presiones de su aliado y ahijado Hariri. Solo la decisión de Donald Trump de reconocer Jerusalén como capital de Israel ha llevado vientos favorables a Riad, que espera que dicho movimiento embarre la nueva percepción que Occidente tiene de Irán tras la guerra en Siria: la  de que el régimen de los Ayatolá es un actor fundamental con el que hay que contar y negociar tanto para la guerra o la paz futuras.

Algunos comentaristas han sugerido que la espantada de Hariri era el preludio de una nueva guerra entre Israel y Hizbuláh, una posibilidad que a día de hoy parece, sin embargo, lejana. Gracias al colapso de Siria, el grupo chií libanés se ha reforzado militarmente: ha elevado el número de cohetes desde los 15.000 que tenía durante el conflicto de 2006 -en el que Israel ya no pudo cantar victoria-, a los cerca de 135.000, mucho más sofisticados, que se calcula almacena hoy. Durante aquel último conflicto, que duró 33 días, Israel pudo contar también con la garantía del régimen de Damasco de que la frontera con el Golán permanecería tranquila, algo que a día de hoy no tiene, y que haría aún más incierto -y probablemente más oneroso en término de víctimas civiles- el coste de una posible guerra. Todo apunta, por tanto, a que el actual estatus prevalecerá en el Líbano, con Hizbulá y los cristianos como dominadores, en tanto prosiga la guerra regional en Siria, y en espera del efecto que pueda tener la peligrosa declaración de Trump.    

3.-¿Qué está pasando últimamente en la Casa de Saud que los tiene a todos revolucionados? ¿Qué están haciendo dentro de Palacio, qué hacen con su vecino pobre del sur y olvidado de todos, Yemen, y qué pretenden hacer con Qatar, esa otra petromonarquía vecina?

Arabia Saudí lleva años atascada en una encrucijada, sacudida tanto por el cambio mundial en el mercado (y modelo) energético, como por la nueva realidad regional que han establecido las “primaveras árabes”, a las que combate desde su estallido. Primero aniquiló a sangre y fuego el conato de protestas populares interno, y después lanzó una ola contrarrevolucionaria que segó la revuelta en Bahrein y contribuyó a la victoria de las fuerzas reaccionarias en otros países, principalmente Egipto y el Yemen. Además, es actor principal en el conflicto bélico en Siria, donde arma y sostiene económicamente a grupos de oposición suníes de tendencia wahabí violenta emparentados, y en ocasiones aliados, de organizaciones como Al Qaida y el Estado Islámico. Y en Libia, donde a través de el propio Egipto y de su satélite, Emiratos Árabes Unidos, favorece las aspiraciones del mariscal Jalifa Hafter, un ex miembro de la cúpula militar que aupó al poder a Muamar al Gadafi y que años después, reclutado por la CIA, se convirtió en su principal opositor desde su exilio en Virginia.

A ello se suma su compleja y enfermiza vinculación ideológica y financiera con el terrorismo yihadista -que se ha hecho más evidente en los últimos años-, y su propia explosión demográfica, que ha sacado a la luz la pobreza de la población frente a la extrema riqueza de sus gobernantes, las agudas injusticias sociales y las dificultades de la familia Real para sostener un modelo de Estado rentista. En este marasmo, el rey Salman conspira desde que accedió al trono para tratar de garantizar la sucesión de su hijo, el príncipe heredero Mohamad bin Salman, y mantener el poder en el seno de su  clan frente a las otras ramas de la familia Real, y en particular de la llamada vieja guardia. El fracaso de la guerra del Yemen, lanzada cuando el heredero era solo ministro de Defensa para tratar de elevar así su escasa altura política, ha supuesto un golpe para esa ambición. Acosado por sus primos, el monarca ha optado por desatar tres purgas cuya meta es apropiarse de todos los resortes del Estado: la primera tuvo como objetivo los servicios de Seguridad y la fontanería del estado; la segunda el estamento religioso, del que descabalgó a aquellos clérigos que promovían un discurso más aperturista; y la última, la guardia nacional y los poderes financieros. Una estrategia que vende en Occidente como “un movimiento de reforma” -aderezado con medidas efectistas, como el fin de la prohibición de conducir a las mujeres- pero que en realidad elude los cambios profundos y genuinos -el estatus de la mujer es aún el de ciudadana de segunda categoría- que demanda la población,  y está sumiendo el reino en una dictadura aún más inhumana y tenebrosa.

Prueba de la crisis que atraviesa el reino es el escaso efecto de su ataque a Qatar. En 1981, en pleno inicio de su idilio con Washington, Riad promovió la creación del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) Pérsico, un organismo regional al que pertenecen todos los países de la península Arábiga, excepto Yemen, y que durante años ha marcado, bajo la batuta saudí, las políticas de la zona. En 2011, y sostenida en su creciente poder económico y diplomático, además de la influencia de la cadena de la televisión por satélite “Al Jazeera”, Qatar decidió emanciparse y emprender políticas propias. Incrementó su apoyo a los Hermanos Musulmanes, tanto en Egipto como en Siria, y a los movimientos afines -como Ennahda en Túnez-, estarategia que desató la ira de Riad. Tras un primer aviso en 2014 -Arabia Saudí, Emiratos y Bahrein retiraron sus embajadores de Doha-, el régimen saudí cortó relaciones con Qatar y acusó a sus dirigentes de financiar el terrorismo internacional por su apoyo al llamado Islam Político. Promovió un boicot internacional, cerró las fronteras e instó a los países árabes a seguir sus pasos. Pocos lo han hecho. Qatar no solo mantiene abierta la televisión al Jazeera, si no que sus príncipes e inversores siguen manejando importantes carteras y proyectos en el exterior, con enorme influencia, como demuestra el presidente del club de fútbol francés Paris Sanit Germain, Nasser al Khelaifi. Esta misma semana, el presidente Enmanuel Macron viajó a Doha donde firmó acuerdos de venta -la mayoría en materia militar- por valor de 12.000 millones de euros.

4.- Usted vivió 12 años en Egipto, cuna de los Hermanos Musulmanes y siempre dominado por militares, que después de la Primavera Árabe frenaron el avance del islamismo nuevamente, con un golpe contra el conato de democracia que se estaba instaurando. ¿Qué tiene Egipto de particular para que se hayan evitado allí horrores como los de su vecina Libia? ¿Qué poder tienen aún los Hermanos Musulmanes allí?

Egipto tiene una posición territorial estratégica -hace frontera con Israel y controla el canal de Suez, ruta aún esencial entre Asia y el Mediterráneo- y una población de cerca de 100 millones de personas que hacen que su desestabilización sea una bomba de relojería con efectos en toda la región. En 2012, cuando la rama más retrógrada de los Hermanos Musulmanes se hizo con el poder, la sección del Ejército que había favorecido y permitido la revuelta contra Hosni Mubarak para acabar con las aspiraciones hereditarias de su hijo y de la camarilla de empresarios que le secundaban (que se se estaban beneficiando de la política de privatizaciones que había emprendido su padre en detrimento de una parte del Ejército) decidió actuar y recuperar el poder. Con el beneplácito de la comunidad internacional, los militares acabaron con la revolución, retornaron a la casilla de salida y establecieron, con Al Sisi, una dictadura más cruel que la que dirigió su predecesor. La estabilidad de Egipto estaba en peligro, la seguridad debía prevalecer por encima de la democracia y los derechos, argumentaron, y así se lo hicieron saber a la comunidad internacional, que decidió callar y recuperar los negocios con el nuevo tirano.

La debilidad actual de los Hermanos Musulmanes y los sucesos de 2011-2012 arrancan en 2004, con la aparición de la plataforma de oposición “Kifaya”, verdadero origen de las “primaveras árabes”. Aquel año, la hermandad egipcia se escindió en dos ramas: una “progresista” y pragmática, similar a la que ahora ha triunfado en Túnez con Ennahda, y otra conservadora  y doctrinal, que es la que prevaleció y fracasó tras la revolución. Los Hermanos Musulmanes están hoy en periodo de reconstrucción, pero mantienen su alto nivel de influencia popular. Han entrado en un proceso de reflexión en el que tienen que dilucidar como pueden vertebrar ese apoyo social y convertirlo en una herramienta de poder político.  

5.-Hablando de musulmanes y sus tierras podemos terminar hablando de Rusos y Americanos, como si aún siguiéramos en la Guerra Fría. Putin parece ser un fiel aliado de los chiíes mientras que Trump se dedica a vender armas y a comprar petróleo, principalmente a los Saudíes, y tiene a Irán en su punto de mira. ¿Se posicionan los antiguos enemigos de la guerra fría en ambos lados de la nueva guerra fría de Oriente Medio entre Irán y Arabia Saudí? 

La guerra fría forma del pasado en Oriente Medio, aunque haya que tenerla en cuenta para comprender el presente y tratar de adivinar el futuro. La guerra en Siria, convertida en un conflicto internacional poliédrico con múltiples aristas, ha introducido nuevos factores en una geopolítica de bloques ahora inestables. La decisión de Obama de reducir la presencia de Estados Unidos en la región generó espacios que han aprovechado tanto Rusia como Irán, potencias actuales en la región. Solo Arabia Saudí trata de recuperar un equilibrio que ha quedado obsoleto, y en el ni siquiera Israel domina como en el pasado. Con la mayor parte de los países árabes en crisis o retroceso, y Turquía inmersa en sus propias contradicciones, el régimen iraní ha emergido finalmente como potencia necesaria tras años de política de aislamiento. En el Oriente Medio posterior a las “primaveras árabes”, nada se moverá sin que intervengan Teherán y Moscú.

6.-Tras la aparición del ISIS y las catástrofes que se han sucedido con su perturbadora presencia entre Irak y Siria, los chiíes de Irak, Irán, Líbano o incluso Siria parecen haber ganado poder en el mundo islámico. ¿Es así? ¿Es el poder en el mundo islámico hoy un poco más Chií?

No es una cuestión religiosa, si no política. Como ya he comentado, la aparente preponderancia chií es fruto de la consolidación de Irán como potencia regional. Al mismo tiempo, los principales países del mal llamado bloque suní están noqueados. Egipto trata de recuperarse de una revolución que ha sacudido sus cimientos. Irak se ha desmembrado y Arabia Saudí lucha por mantener su posición en el golfo Pérsico, acosada por el monstruo del wahabismo y el salafismo violento, que el mismo reino engendró. A todo ello se suma el fracaso definitivo del Islam Político, encarnado principalmente por los Hermanos Musulmanes, que tras años de alimentar falsas ilusiones desde la cómoda segunda fila que supone la oposición, ha evidenciado que ya no es una alternativa válida para sociedades que reclaman otro tipo de respuestas y soluciones. Es en este escenario, en este vacío, donde crecen y se nutren grupos como el ISIS o Al Qaida, que siempre han existido y siempre existirán, con mayor o menor fuerza. Aun así, la mayor parte de los musulmanes siguen siendo suní, y solo un 20 por ciento profesa un chiísmo heterogéneo 

7.- E Israel…¿Qué hacen? ¿Se frotan las manos? ¿Se lamentan en el Muro de las Lamentaciones del horror que les rodea? ¿Se sienten fuertes para otra guerra?

Israel teme igualmente el cambio de paradigma en la región y el fin de un estatus, el conseguido en los últimos 40 años, que favorecía sus políticas expansionistas, anexionistas y racistas. La crisis de la estrategia sionista comenzó en el año 2000, fecha en la que el Ejército israelí se vio obligado a retirarse del sur del Líbano por la fuerza de las armas. Un lustro después, la guerra de 2006 confirmó que aquella superioridad militar en la que había basado sus políticas en el siglo XX había desaparecido. Las “primaveras árabes” y sobre todo el conflicto en Siria han cambiado las reglas de juego e impuesto una nueva dinámica regional. Israel ha tenido que enviar tropas de forma secreta a defender sus fronteras dentro de la propia Siria; y visto como uno de sus principales aliados árabes -Arabia Saudí- comenzaba a flaquear al tiempo que su mayor enemigo, Irán, ganaba terreno e influencia en la región. La decisión de Donald Trump de reconocer Jerusalén como capital del estado sionista solo añade más presión a una zona en ebullición constante que ni siquiera necesita pretextos como este para ahogarse en una espiral de violencia. El tiempo (breve) demostrará que la irresponsabilidad del presidente estadounidense fue un día triste para la paz y una jornada feliz para los radicales que existen en todas partes. Para muchos es una afrenta que no debe dejarse pasar. También una provocación. Aunque  quizá podría servir, igualmente, de punto de inflexión que condujera a un cambio positivo: el conflicto estaba varado en un callejón sin salida, estancado en la manida e imposible solución de los dos estados, que favorecía a Israel. Ahora es susceptible de cambiar, para mal, pero también para bien. Al menos, existe la posibilidad de que se mueva, y solo eso es ya positivo.

8.-¿En qué está trabajando ahora?

Ahora soy delegado de la Agencia Efe en los tres países del centro del norte de África, (Argelia, Libia y Túnez, donde estoy basado). Además de mi labor periodística como corresponsal en una zona muy convulsa, trabajo en un nuevo libro sobre el mundo musulmán desde los ojos olvidados de los pensadores progresistas.