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En la fiesta de disfraces

escrito por Tirabuzon 9 noviembre, 2017

En la vida cotidiana de finales de los setenta, un día apareció el barrio de Vallecas escrito con k. Vallekas. Un grupo de adolescentes, poco tiempo después, escucha sin inmutarse como una hasta entonces dulce muchacha le gritaba a un amigo que la expresión preserva como diminutivo de preservativo que pintaba en una pared – siempre existe un tonto con una tiza, quién no ha tenido una tiza – la escribiera con “b” – preserba – porque era vasco. Aunque la conversación era en castellano.

En castellano escribió siempre La Vanguardia. Una mañana decidieron que siempre que se escribiera Cataluña, se escribiría en catalán, Catalunya. Personas de elevada formación intelectual – puede que sólo teórica – alteraban conscientemente una regla gramatical clara y a priori completamente lógica ¿para conseguir que la audiencia sintiera afinidad al contenido del periódico? ¿Para demostrar afinidad a la autoridad competente?.

Los periódicos de Colombia no escriben mobbing, ni cyberbullying. Escriben matoneo o ciberacoso. Es un país que se autoflagela sobre su picaresca como lo haría un español, al menos de los de antes.

En algún momento y en algún lugar, la representación de la lengua castellana, de las imagenes de lo español y España por sí mismas perdieron su reputación emocional haciendo que cualquiera huyera de ellas para representar una realidad de significantes y significados de la que se quería huir por todos los medios: ¿eran Peridis o Forges los que se reían de que España no existía porque todo el mundo lo llamaba este país?.

Para Puigdemont y la guerra ideológica de la secesión catalana hablar de franquismo es evocar imágenes que saltan con facilidad a la mente de cualquiera, local o internacional presuntamente informado, mientras que el relato alternativo seguramente ha brillado por su ausencia. Muñoz Molina creaba el lamento hace unos días de la pervivencia de, más que tópicos, de elementos de descripción intrínsecamente unidos a los rasgos de un país. Ofrecía datos abrumadores de lo contrario. Hoy, en el mismo diario, siguen abundando en datos abrumadores de que lo que era, ya no es.

Los argumentos racionales parecen no funcionar. Los tribunales y las elecciones son escaramuzas. El combate de los afectos y las emociones se ha ganado – ¿hasta ahora? – por incomparecencia del rival.