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La puerta como elemento político

escrito por Sofía Rincón 27 agosto, 2017

La presencia de una puerta cerrada supone la división entre dos espacios que son susceptibles de unirse entre sí al abrirla, pero tampoco puede instaurarse en cualquier sitio, sino que ha de estar allá donde pueda darse un cambio espacial cualitativo, ver una puerta en mitad de una estancia o separando dos espacios exactamente iguales sería un escenario digno de René Magritte pero no algo aplicable fuera de cuestiones artísticas. Es a raíz de este cariz cualitativo que va arraigado a la puerta que su apertura o cerradura suponen algo de carácter definitivo porque la puerta liga dos espacios que estaban separados entre sí estableciendo así un vínculo que durará hasta que ésta vuelva a cerrarse. Es en esta temporalidad donde reside la importancia política de las puertas.

Analicemos levemente, por ejemplo, el Congreso de los Diputados: Antes de llegar a la puerta hay dos leones a cada lado y seis columnas. Este precedente nos adelanta que el cambio cualitativo que se da de fuera del lugar a dentro es relevante, no cualquiera puede tener acceso o al menos no a la ligera. Y es que toda esta puerta está cercada por el propio edificio, estableciendo así la temporalidad principal del salto cualitativo que supone la entrada. Mientras que en la entrada la puerta es protagonista, las puertas del interior son secundarias, suponen saltos cualitativos más pequeños pues están supeditadas por la entrada principal. Este protagonismo se observa sobretodo en la estancia principal del Congreso, cuyas puertas están escondidas a los lados para evitar su presencia evitando así recordar a los presentes la temporalidad de sus actos, dando a la estancia un carácter monádico. El hemiciclo es la estancia más importante del Congreso porque es la única que puede subrayar la importancia de los presentes en él de un modo espacial. Anular la temporalidad arquitectónicamente es dar carácter trascendental a todo lo que suceda dentro de la “mónada” del hemiciclo. Son los autorizados a alargar a placer la temporalidad de la entrada principal los únicos cuya voz tiene relevancia en el espacio en cuestión y los que suponen las características cualitativas del entorno. No por su individualidad, sino por lo que significan constitucionalmente independientemente de lo que defiendan. Por ello son ellos y no el resto de la población los únicos que establecen los tiempos de las puertas del congreso. En palabras de Simmel: “La puerta une de nuevo la unidad finita a la que hemos jugado un trozo diseñado para nosotros del espacio infinito con este último; con la puerta hacen frontera entre sí lo limitado y lo ilimitado, pero no en la muerta forma geométrica de un mero muro divisorio, sino como la posibilidad de constante relación de intercambio (…); la puerta, a partir de la limitación del aislado ser-para-sí, mana la vida hacia la ilimitabilidad de todas las direcciones en general.”

He aquí la importancia del protocolo o en la arquitectura que tiene una puerta, ésta nos está dando muchísima más información de la que creemos (sería interesante hacer una comparativa entre el palacio de Ceaucescu y alguno de los que hay en la Ciudad Prohibida). No es en vano que a lo largo de la historia los gobiernos tuvieran tanta preocupación por los lugares de entrada. Véanse como ejemplo el Arco del Triunfo, la Puerta de Ishtar, etc. La puerta es un símbolo, lo que separa lo privado de lo público, lo personal de lo político. Quizá el mejor ejemplo sea la reiterada acción de pintar las puertas con sangre en según qué episodios de la Biblia, simbolizando que hasta Dios le está dando importancia a este discreto elemento.