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Entre Barcelona y París, algo más que los Pirineos

escrito por Luis I. Gómez 27 agosto, 2017

Dos fotografías, dos formas de entender y enfrentar el mismo problema.

No me cabe la menor duda: ayer miles de personas acudieron a la manifestación de Barcelona para mostrar su respeto con las víctimas de los atentados de las Ramblas y Cambrils. Miles de personas acudieron con la intención de mostrar su rechazo al terrorismo, venga éste de donde venga. Miles de personas acudieron apenas armadas con sus corazones y su voluntad sincera de paz y seguridad. Pero ellos no han sido los protagonistas.

Las víctimas tampoco.

En París, tras los atentados a la sede de Charlie Hebdo y el Hyper Cacher en enero de 2015 se rindió homenaje explícito a las víctimas y se lanzó un mensaje inequívoco y contundente: “tal vez no os derrotemos mañana, pero estamos juntos para conseguirlo”. A los líderes políticos de TODA Francia se unieron decenas de líderes de otros países con el deseo de mostrar su apoyo en la lucha antiterrorista, unidad ante la amenaza real que supone el islamismo radical. No había banderas, porque las víctimas tienen nombres y apellidos, no colores. En las pocas pancartas se podían leer frases como “Soy Charlie”, “Soy judío” o “Soy policía”.

En Barcelona todo ha sido diferente. Los reproches a la llamada islamofobia por delante del reconocimiento y homenaje a las víctimas. Los representantes políticos nacionales y locales SOLOS al frente de la manifestación, abandonados a la jauría de oportunistas -verdaderos parásitos del horror- que se apresuraron a copar los primeros puestos de la marcha con el fin de mostrar sus banderas y su sectarismo. Muchas banderas, y casi ninguna que representase a las víctimas.

No, la manifestación de esos miserables no era de homenaje a las víctimas, era de autohomenaje a su propia distopía. Decía Hayek aquello de:

“El principio de que el fin justifica los medios se considera en la ética individualista como la negación de toda moral social. En la ética colectivista se convierte necesariamente en la norma suprema; no hay, literalmente, nada que el colectivista consecuente no tenga que estar dispuesto a hacer si sirve «al bien del conjunto», porque el «bien del conjunto» es el único criterio, para él, de lo que debe hacerse”.

Efectivamente: ellos están dispuestos incluso a negarle protagonismo a los verdaderos protagonistas de la manifestación de ayer: las victimas y una sociedad dispuesta a enfrentar la amenaza terrorista.

Me temo que para muchos de esos indeseables, precisamente porque los muertos no importan, su fin les obliga a justificar a los verdugos. No porque realmente entiendan los motivos de los asesinos, sino porque es “útil” inventárselos  para arrojarlos en el rostro del “enemigo”. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Esta mezquina forma de desvirtuar la realidad ocupó ayer un inmerecido espacio en la manifestación de Barcelona.

No, afirmar que los terroristas matan en nombre de Alá y su comprensión medieval de la vida NO es islamofobia.

Ayer, los nacionalistas catalanes perdieron una gran oportunidad de mostrarse solidarios con los que sufren, de mostrarse capaces de dirigir un gobierno (no digo ya una nación) de todos y para todos. Ayer se mostraron como lo que realmente son: colectivistas incapaces de usar las neuronas, cegados por sus filias y sus fobias, dispuestos a CUALQUIER mezquindad únicamente con el fin de lograr sus objetivos.

Era tán fácil estar con las victimas!:

 

Lamentablemente, entre Barcelona y París hay algo más que los Pirineos.