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Ponga un bolardo en su boca

escrito por Luis I. Gómez 22 agosto, 2017

Cuando desde la cuenta (verificada) de Twitter de la “Fundación Internacional de Derechos Humanos” nos dicen que “es innecesario y contraproducente que se hagan públicos: el color de piel, la orientación sexual o la religión de los sospechosos“, es más, se lo dicen a la propia policía, asistimos al mejor ejemplo posible de los efectos estupidizantes de la cultura de la corrección política.

Y eso de la corrección política, ¿qué es? El término emerge por primera vez en la década de 1980 en América, como auto-descripción de un cierto entorno académico. Se trata de centrar la atención en las sensibilidades de las minorías y de tenerlas en cuenta. Por primera vez, se hace una distinción entre el discurso políticamente correcto y el incorrecto. El primer periodista que hizo conocer esta tendencia a un amplio público, fue Richard Bernstein en el New York Times en 1990. Se trataba de incluir en seminarios literarios como parte del currículum las obras de las mujeres, especialmente las surgidas fuera de la cultura no europea. En los años noventa el concepto se verá ocupado por el afán moralizante de censurar ciertos actos de lenguaje o de excluirlos para determinar los espacios discursivos “aceptables”. Este es el sentido de la corrección política que ha prevalecido hasta hoy.

Lo realmente preocupante es que, desde entonces, en todos los debates públicos la única herramienta que se utiliza para desacreditar los argumentos de la parte contraria es la del deprecio (sin “s”) moral. Esta devaluación moral se ha convertido en la espada más afilada y peligrosa cuando de hablar en público se trata. Es un arma de destrucción masiva, porque con ella abandonamos negligentemente la necesidad de discutir argumentativamente los razonamientos de “los otros”. La moralización de la vida política es una marca de nuestro tiempo. Convertimos cualquier cuestión política o social en un conflicto entre el bien y el mal, cuando en realidad sólo se trata de un conflicto de intereses. La corrección política es un medio probado y comprobado de aumentar el empoderamiento… y el victimismo.

La pregunta ahora es qué nos prometemos abrazándonos al victimismo moralizante que nace de la corrección política y se retroalimenta en ella (y viceversa). La primera plusvalía evidente es que, de pronto, nos damos cuenta de que otras personas comparten nuestro punto de vista: no estamos solos! Estamos entrenados (cosas de la evolución y nuestra neurobiología) a escuchar con atención (y compasión) y devotamente las historias que nos cuentan y nos encanta que alguien muestre empatía por la nuestra. El segundo valor añadido es el cambio en la carga de la prueba. Nada es más reconfortante que la suposición de que uno no es el responsable de su propia desgracia. Si, por ejemplo, nadie nos lee, ello no se debe al hecho de que seamos incapaces de expresar nuestras ideas de forma clara o amena. No, es el cártel de opinión de izquierda/derecha el que sabotea/ignora nuestras opiniones públicas. Esta es exactamente la misma figura que funciona en otros ámbitos a la perfección: el heteropatriarcado, el capitalismo, el sexismo, … son los que me impiden cumplir mis deseos y esperanzas vitales … los responsables de mi desgracia.

Este pensamiento victimista es también un callejón sin salida, porque no nos permite salir del papel de víctima. Cualquier buen terapeuta le dirá a quien realmente ha sido víctima de una experiencia traumática, que debe abandonar este papel lo más rápido posible y dejarlo atrás. La institucionalización del papel de víctima está fundamentalmente en contra de la meta emancipadora de la Ilustración. Y la emancipación es exactamente aquello por lo que debemos esforzarnos. Ser independiente no es poder hacer lo que me da la gana. Ser independiente, ser una persona realmente emancipada, significa no depender de nadie para poder llegar a ser quien potencialmente puedo llegar a ser. Dado que en nuestra especie la independencia absoluta no existe, nuestro grado de emancipación será directamente proporcional al empeño que pongamos en no caer en las trampas victimizadoras -colectivizantes- de lo “correctamente político”.

No permitamos que nos pongan bolardos en la boca.