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Conservador y liberal, progresista y liberal

escrito por Luis I. Gómez 26 julio, 2017

Cada vez que alguien en el Partido Popular dice que el suyo es un partido liberal, las cejas en mi rostro dibujan unos arcos que parecen los de un puente romano. Por más que lo intento, el microgesto es automático y no puedo evitarlo. Lo mismo me ocurre cuando escucho idénticas afirmaciones por parte de alguien de Ciudadanos. Y si el declarante es votante del PSOE, al arqueado de mis cejas le sucede un fruncimiento de sospecha y absoluta incredulidad.

Antes era fácil: declararse como de derechas o de izquierdas era meramente el reconocimiento de que no sólo se defendían como mejores las propias ideas, sino que se recurría al estatismo como forma “legítima” de “extenderlas” a toda la sociedad.  Luego estaban unos locos que se definían como liberales/libertarios y  se negaban con rotundidad a utilizar el estado para imponer al resto de la población cualquier tipo de cosmovisión particular del asunto que llamamos “vida social”. Muchos eliminarían el estado de un plumazo, otros muchos limitarían la función del estado al papel de herramienta de la que nos servimos para garantizar las libertades de todos y la igualdad irrestricta ante la ley.

Según esos locos, quien es de derechas puede, desde el respeto absoluto de los derechos de propiedad, alinear su vida en los principios conservadores en los que cree y debe permitir que otras personas vivan en paz alineando sus vidas en otros principios diferentes.

Por la misma teoría, quien es de izquierdas puede, desde el respeto absoluto de los derechos de propiedad, alinear su vida en los principios progresistas en los que cree y debe permitir que otras personas vivan en paz alineando sus vidas en otros principios diferentes.

Si esto fuese así, no cabe duda que sería legítimo autocalificarse de “liberal-conservador” o “social-liberal”, incluso “libertario de derechas” o “libertario de izquierdas”. Ocurre que en el mismo momento en que cualquiera de ellos propusiera mecanismos del estado para imponer a los demás su subjetiva y particular visión de lo “bueno”, invadiendo por tanto  el ámbito de propiedad privada sobre las propias ideas y modelo de vida de todos, dejarían de ser liberal/libertarios para convertirse en meros estatistas. Conservadores o progresistas, pero todos estatistas.

El uso de la violencia del Estado con el fin de generalizar las propias ideas sobre cómo se debe vivir la vida, es la base sobre la que crece el estatismo que los liberales/libertarios dicen combatir. Cuanto más nos apartamos de los principios de igualdad ante la ley y derecho al libre diseño de la propia vida mediante el fomento institucionalizado de una forma particular de entender libertades y derechos, más totalitaria, despótica, intolerante, esclavizante, inhumana, y hostil será  la construcción de la sociedad predilecta. Obviamente no para quienes ostentan el poder y quienes piensan como ellos, pero para todos los demás.

Tal sociedad jamás podrá ser calificada de “justa”, pues la justicia se deriva del derecho y los derechos son los mismos para todas las personas, sin excepciones. Allí donde los derechos de todos – también el derecho de propiedad sobre la propia vida y el diseño de la misma-  son redefinidos (incluso inventados) por la ley estatal al dictado de una visión subjetiva de los mismos (ya sea conservadora o progresista)  no hay ni libertad ni justicia.

No tenga miedo: si es usted conservador, dígalo sin temor. Si es progresista, proclámelo a los cuatro vientos. Pero si además quiere que todos los demás vivamos según sus ideas conservadoras o progresistas y diseña leyes (y sus correspondientes mecanismos de imposición) para conseguirlo no diga que es liberal, mucho menos libertario. Sea sincero.