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El estado, la moral y los liberales

escrito por Luis I. Gómez 4 julio, 2017
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 “Si las necesidades son el punto de referencia, cada uno es a la vez víctima y parásito. Como víctima, tiene que trabajar para satisfacer las necesidades de los demás, pero sigue siendo un parásito cuyas necesidades deben ser satisfechas por otros. Sólo podrá presentarse ante los demás como mendigo o como esquilmado.” Ayn Rand

El estado del bienestar se ha convertido en la nueva religión de la que emanan los principios “morales” de nuestro tiempo.  Desposee a  los ciudadanos de su propiedad, su independencia y, en última instancia, su libertad personal. A cambio promete seguridad material y la distribución equitativa tanto de resultados como de responsabilidades. De hecho, se construye una prisión social: el estado de bienestar proveedor. Esta prisión no requiere celdas con barrotes ni muros con alambradas. El miedo a la libertad responsable es el que recluye a las personas. Porque estas ya no quieren la libertad personal sino congratularse en la supuesta seguridad y comodidad proporcionadas por el estado. El ejercicio de la libertad, efectivamente, es agotador: es necesario vivirla con un estilo de vida más esforzado, más alerta (Roland Baader). Por eso el sueño de muchos de nuestros contemporáneos es un gobierno fuerte que les administre, aunque les incapacite, absorbidos en la vorágine de leyes y mandatos nacidos de un estado hipertrofiado. Este despotismo democrático alivia al individuo de la molestia de pensar por sí mismos y de la asunción de las cargas de la propia vida. Las personas y sus destinos dependen del amor viciado de los funcionarios del estado de bienestar. Su moral también.

Las políticas del “bienestar obligatorio, universal y gratuito” crean en nosotros el estado mental y moral contra el que deberían rebelarse todos aquellos que se dicen “ilustrados”: aceptamos el igualitarismo colectivista y la omnipresente vigilancia del estado (y entre nosotros, ávidos denunciantes) en lugar de libertad y responsabilidad individuales. Una red de pequeñ­as pero muy precisas reglas se extiende sobre  la existencia de cada uno de nosotros haciéndonos dependientes, incluso en los más íntimos asuntos, de la burocracia estatal.  El amaestrado “ciudadano social” ya no defiende los valores de la cultura occidental (la competitividad y diversidad), se limita al ejercicio egoísta  de asegurarse el trozo más grande del pastel social. Bajeza …moral donde las haya.

En nuestra tradición filosófica encontramos una inconfundible tendencia: nos gusta más Platón con su estado utópico que  Aristóteles. Probablemente nuestra historia, impregnada más de teología que de filosofía, cuajada de sinsabores y derrotas en los últimos siglos (perder un Imperio deja huella) nos ha conducido a una patológica falta de confianza en nosotros mismos.  Ello, añadido a la sempiterna envidia social,  nos hace víctimas propiciatorias ideales para el socialismo. Es por eso que preferimos la distribución equitativa de la pobreza a la desigual distribución de la prosperidad. La libertad y prosperidad de otros sólo despierta frustración. Quien ha perdido la oportunidad de desarrollar su propia libertad odia  la libertad de otros. Pero esta frustración la disfrazamos de estado de bienestar paternalista, que lleva a cabo la redistribución forzada de la justicia social. El estado de bienestar priva a los ciudadanos de sus libertades con el fin de hacerlos mejores personas y protegerlos de sí mismos. Perverso.

Quien ha perdido la oportunidad de desarrollar su propia libertad odia  la libertad de otros. Pero esta frustración la disfrazamos de estado de bienestar paternalista, que lleva a cabo la redistribución forzada de la justicia social.

La miseria histórica del liberalismo político en España, dividido en el afán de cada una de sus fracciones por imponer su particular visión de ciertos asuntos morales, es una  de las razones por las que nunca ha sido posible un verdadero anclaje en nuestra vida política de los principios e ideario de los liberales clásicos – en el sentido de Montesquieu, Tocqueville, David Hume, Benjamin Constant, Thomas Jefferson, Lord Acton, Adam Ferguson, Adam Smith, John Locke, Edmund Burke, John Stuart Mill, Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, Ludwig Erhard, James M. Buchanan y Murray N. Rothbard.

Envueltos en nuestras luchas intestinas, incapaces de formular una alternativa política plural en la que cupiesen cuantas más sensibilidades mejor, caemos en la insignificancia no ya política, también social. Así hemos sido apenas espectadores de lo que acertadamente L. D. Brandeis, del Tribunal Supremo de Estados Unidos, definía en 1927 como la causa de la locura del estado de bienestar: “Los mayores peligros para la libertad están al acecho en las intervenciones insidiosas de fanáticos con buena intenciones, pero sin capacidad de comprensión” El resultado somos nosotros, los de-moralizados “esclavos felices” de la burocracia del estado de bienestar.

La nueva moral ya no nace de los procesos espontáneos propios del sistema social, sino de la voluntad de quienes ostentan el poder, claro signo de retroceso a épocas que creíamos pasadas. Cuando la moral mide los actos exclusivamente en función de la pura necesidad y no de la capacidad para superarla, convertimos la mediocridad en en meta a conseguir y a todo productor en huésped a parasitar. Mantener la mediocridad como meta final no sólo consume los recursos, impide la producción de otros nuevos. Cuando la dualidad inseparable entre riesgo y oportunidad se resuelve siempre y cobardemente en detrimento del riesgo, no estamos sólo ante un estancamiento, nos abocamos a la regresión.

 

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3 comentarios
  • Pedro J. Duarte Pérez

    Pues suscribo punto por punto. Eso sí, malos tiempos para estos aires de verdadera libertad individual.

  • JJI

    En general un placer leer a alguien que no renuncia a ser el responsable de su vida. Recuerdo, cuando en el colegio me explicaban a Ortega y su frase: yo soy yo y mis circunstancias, que por dentro ya me revolvía y pensaba que por lo menos había que ser un 51% “yo”, o la vida no valdría la pena. De todas formas, no creo que esta apatía vital que denuncias sea una cosa de España, sino que afecta a todo Occidente. En cualquier caso, la lucha es titánica (y creo que perdida), porque la seguridad es hoy en día el valor social principal. Antes te limitaban “por tu bien”, ahora “por tu seguridad”, pero la diferencia es que antes se tenía menos, y por lo tanto menos miedo. Eso lo hace todo mucho más peligroso, porque lo que posees, también te posee a ti.
    Citas a Platón, y no sé muy bien como tomarlo. Platón fue el filósofo de las respuestas equivocadas, pero que planteó las preguntas correctas. Su mito de la caverna al final ha terminado siendo literal (somos prisioneros de nuestros sentidos), pero lo mejor es que no propuso una religión para explicar las sombras -como han hecho tantos-, sino que invitó a salir de la caverna, ver y comprender. Para mí nace ahí el espíritu occidental. Aunque quizás fuera Sócrates quien lo llevó por ese camino.
    Saludos.

  • JUAN ANTONIO

    En España, el pensamiento liberal ha estado siempre en perfecta simbiosis con el conservadurismo, y si a eso añadimos que muchos que se dicen liberales, sencillamente no lo son, pues estamos como estamos. Es cierto que entre los liberales hay constante discusión entre tendencias, diferentes maneras de enfrentar, por ejemplo, el problema del nacionalismo, y hasta la manera de disminuir el poder del Estado. Podríamos empezar por ponernos de acuerdo en unas bases mínimas, que todo liberal debería defender, y a partir de ahí presentarnos a la sociedad con un programa serio, dirigido a terminar con el intervencionismo estatal, no sólo en la economía, sino en todo lo demás. Diferenciarnos de los conservadores, pues no lo somos, y de los socialistas de todo pelaje, auténticos enemigos de la libertad. La derecha estúpida y socialdemócrata que padecemos, sencillamente no nos sirve para nada, ahí no hay nada que rascar, los liberales están en otros lares, sólo hay que entusiasmarlos de verdad, creando ilusión y llamando a su puerta para que, entre todos, ponernos de acuerdo en un verdadero proyecto de desmontaje a corto, medio y largo plazo, de este Estado de bienestar, tan soporífero y desmoralizante, como inútil. Nos costará décadas, pero si no lo hacemos pronto, esta sociedad acabará sucumbiendo, tal y como Ayn Rand profetizó allá por los años cincuenta del pasado siglo. ¡ Cuanta razón llevaba aquella gran mujer¡.