Home Ciencia La religiosa sostenibilidad: ¿y si “sostenibilidad” fuese otra cosa?

La religiosa sostenibilidad: ¿y si “sostenibilidad” fuese otra cosa?

escrito por Luis I. Gómez 27 junio, 2017

“Hemos tomado el planeta prestado de nuestros hijos y nietos”. Imposible resumir mejor la esencia del pensamiento ecologista y la doctrina imperante de la sostenibilidad. El mantra, una y mil veces repetido en todos los foros modernos que de algún modo llevan el marchamo de la “sostenibilidad”, es ya un meme en la mente de la gran mayoría de nosotros. Efectivamente: quien toma algo prestado debería esforzarse por devolverlo exactamente igual que lo recibió. Pero, ¿quién de ustedes hubiese deseado que le devolviesen el mundo tal y como se encontraba hace 150 años? ¿Sin penicilina, sin derechos de la mujer, sin filtros ni catalizadores en los motores y fábricas? ¿Acaso no deberíamos sentirnos agradecidos de que nuestros antepasados hubiesen decidido poner toda la carne en el asador para cambiar el mundo en que vivían y hacerlo mejor? No les voy a ocultar que algunos de aquellos intentos terminaron dando respuestas erróneas, pero es lo que suele ocurrir cuando actúas: unas veces sale bien, otras mal. Y aprender significa quedarse con lo que resultó bien y abandonar lo que no lo hizo. Sean sinceros: ¿estamos mejor o peor que hace 150 años?

El concepto de sostenibilidad se atribuye originariamente a Hans Carl von Carlowitz, un dirigente minero que trabajaba allá por el siglo XVIII en la corte sajona de Freiberg. Él fue el primero en exigir que, de un bosque, se retirase únicamente la cantidad de madera que se pudiese regenerar mediante reforestación planificada, y convertirlo así en un recurso útil en el largo plazo: en un recurso sostenible. Esta exigencia, por la que debemos proteger al planeta en lo posible de la acción “indiscriminada” y “únicamente consumista” de los humanos, se ha convertido en la idea central de una ideología que hoy se extiende por casi todos los rincones de nuestra sociedad y determina nuestra forma de actuar/pensar. Y supongo que la mayoría de ustedes estarán pensando: “y está bien que ello sea así”.  O no, les digo yo. Porque, a lo mejor, sostenibilidad es más – incluso, es otra cosa- que lo que nace de la idea de von Carlowitz:

Sostenibilidad es la capacidad que tiene un sistema de reajustar adaptativamente sus estructuras e interacciones socioecológicas para enfrentar las perturbaciones y persistir sin cambios significativos en sus atributos y funciones esenciales (Berkes, Colding, & Folke, 2003; Folke, 2006; Holling, 1996, 2001; Norberg & Cumming, 2008)

Creo que alguno de ustedes ya empieza a ver las diferencias. Fijarnos como meta dejar para las generaciones futuras un mundo habitable, es algo que deberíamos compartir TODOS. Pero, ¿por qué estamos tan seguros de que el enfoque de sostenibilidad carlowitziano es el que prefieren -incluso es el mejor posible- nuestros hijos y nietos? Si hablamos únicamente del uso de un bosque como fuente de recursos, es probable que estemos acertando. Sin embargo, ¿son los modelos que tienen su origen en la gestión de poblaciones en los ecosistemas, necesariamente aplicables a las sociedades humanas?   ¿Son modelos aplicables al sistema ecosocial, complejo y dinámico como es?  ¿Realmente queremos que nuestras vidas y nuestro mundo dentro de 100 años sigan siendo exactamente igual que hoy? ¿No estaremos pensando únicamente en lo que es bueno para los árboles, en la creencia de que será bueno también para los humanos del futuro?

Los defensores del pensamiento sostenible empezarán a indignarse y objetarán que el hombre no puede sobrevivir sin recursos naturales y, por lo tanto,  radica en el interés humano operar de manera sostenible. Pero aquí me van a permitir una nueva cuestión: ¿es realmente cierto que la madre naturaleza nos alimenta y suministra? En las regiones del mundo que desgraciadamente están menos desarrolladas de lo que podrían estar, muchas personas dependen en su supervivencia de los caprichos de la naturaleza. En las regiones más desarrolladas, sin embargo, la producción y suministro de alimentos para las personas depende cada vez menos de los procesos naturales. El hecho es que, hoy en día, la humanidad se alimenta ella sola. La gran mayoría de las cosas necesarias para la vida no provienen de la naturaleza, sino que son producto de la civilización humana. Nuestro recurso más importante no es un bien tangible, sino nuestra creatividad. 

Dejar un mundo mejor para nuestros hijos y nietos no significa dejarles un mundo más “natural”, por el contrario, un mundo más humano es aquel en el que de una manera significativa y responsable se da prioridad a civilización sobre la naturaleza. Un mundo en el que otorgamos al entorno natural una importancia mayor que la situación social y económica del ser humano no es un mundo sostenible. No lo es porque deja maniquéamente de lado la “sosteniblidad” de uno de los elementos fundamentales del sistema: nosotros. No lo es, porque el objetivo del ser humano simplemente no es el mantenimiento del estado existente, sino su contínua mejora.

Nos gusta hablar del mundo en el que vivimos, pero tenemos pánico ante los flujos de bienes (comercio sin aranceles) y humanos (migraciones sin fronteras) a nivel mundial, miedo  de que otros, provenientes de países distantes, busquen justamente aquello que nosotros ya disfrutamos: prosperidad. Nos beneficiamos de los logros de quienes en el pasado no se quedaron satisfechos con su status quo, al tiempo que proclamamos nuestro conocimiento actual como  la cumbre de lo alcanzable. Incluso declaramos algunos de nuestros hallazgos y decisiones como irrevocables e irreversibles, bloqueando así posibles innovaciones futuras, curiosamente en nombre de las generaciones futuras.

La religión de la sostenibilidad mal entendida nos obliga a despedirnos – nos impide incluso imaginar- mejores, diferentes, nuevas expectativas para el futuro. Deja a las generaciones futuras un mundo que estará muy por debajo no ya de nuestro potencial, indiscutiblemente por debajo del potencial de los que vienen detrás de nosotros. Un mundo en el que el ser humano debe aprender a vivir con lo que le dejan, a sufrir las limitaciones de un mundo de “recursos limitados”, no sea que los intentos por superarlas sean “insostenibles”. No son la búsqueda del cambio, la innovación y el afán de transformar y perfeccionar el mundo lo que nos conduce a un callejón sin salida, sino la demonización de esas aspiraciones. La demonización de nuestro natural.