Home Política Terrorismo islamista. ¿Respondemos a la barbarie con más barbarie?

Terrorismo islamista. ¿Respondemos a la barbarie con más barbarie?

escrito por Luis I. Gómez 23 mayo, 2017

Quien crea que el problema de la integración de la población inmigrante musulmana en Europa es un problema exclusivo generado por la visión radical que algunos musulmanes tienen de su propia religión sigue anclado en los años 30 del pasado siglo. Tras decenas de años de indoctrinamiento estatista, de invasión de la libertad individual por parte de docenas de gobiernos, de imposición del igualitarismo en lugar de consolidación de los principios de igualdad ante la ley, tras décadas de programas educacionales encaminados a reorientar al ciudadano en el nuevo teísmo secular, en la adoración al estado, en la negación de las propias particularidades y el infatilismo victimista, estamos completamente desarmados para enfrentarnos a la locura violenta de los criminales. Y cuando digo desarmados no hablo sólo de la imposibilidad de ejercer el derecho de autodefensa, que también. Hablo de la contínua perversión de los principios legales en los que se apoyan nuestras  sociedades europeas, alejados del formalismo, arrojados al materialismo positivista y al buenismo como sucedáneos de moral.

¿Cómo defender desde la ley, con contundencia, la libertad y la vida de todos ante la amenaza de los violentos? Pensábamos que nuestras sociedades postmodernas serían inmunes, en su “demostrada superioridad moral”, a cualquier intento de involución dogmatizante, viniese éste de donde viniese. Sin embargo, el buenismo paternalista occidental (triste final del camino iniciado en la Ilustración) tampoco es garantía frente al patronazgo y la mutilación de libertades individuales. Todo lo contrario: prohibición del mercadeo y consumo de drogas (peor aún, de algunas drogas), prohibición de la prostitución, prohibición de fumar en espacios  privados (acaso mi bar no es mío?), prohibición de tener y portar armas, retirada de portadas de revistas, prohibición de novelas porque alguien cree reconocerse en uno de los personajes, prohibición de expresarse libremente en un medio de comunicación, prohibición de quemar banderas, ….

Del mismo modo que las armas no matan, no son las religiones ni las ideologías las que llevan  al liberticidio. Es la existencia de un aparato represivo a su servicio lo que lo hace posible. El islamismo es más efectivo en los países teocráticos y más cruel allí donde se quiere obtener ese poder. La total ausencia de CONTUNDENCIA, tanto diplomática como legal, a la hora de denunciar el uso de la violencia bajo el manto de la religión allá donde se produzca, la absurda benevolencia con que pretendemos convertir a los asesinos en víctimas mediante el vacío discurso de la multiculturalidad, son las verdaderas razones en las que se basa nuestra indefensión como sociedad. Mientras sigamos mirando hacia otro lado cada vez que una mujer es mutilada, obligada a casarse por contrato familiar, un homosexual colgado de lo alto de una grúa o un joven asesinado en su iglesia porque en lugar de una media luna prefiere orar a una cruz les estaremos diciendo que no nos parece excesivamente preocupante. Y si no nos parece excesivamente preocupante cuando ocurre en Somalia, Arabia Saudí, Nigeria, Egipto o Irán, pensarán ellos, ¿por qué iba a preocuparnos si ocurre en Londres, Berlín o Madrid? Son la esencia misma de las reglas actuales -desvirtuadas- del juego político y la connivencia negligente con situaciones mal llamadas “culturales” los verdaderos responsables de cualquier intento de mal uso de la democracia,  convertida en prostituta al servicio de la clase política.

No podemos defendernos de la babarie con más barbarie indiscrimiada. Debemos usar la razón. Cuando se abandona el uso de la razón,  solamente el uso de la fuerza se mantiene como centro de los actos humanos. Las personas que aceptan la razón como medio único para alcanzar conocimiento están en disposición de dirimir sus diferencias por la vía de la persuasión; quien consiga poner de su lado la lógica prevalecerá. Pero si la Fe – es decir, aquello en lo que se cree, religión o estado – se convierte en principio predominante, no habrá manera pacífica de resolver conflictos. Desaparece la referencia a los hechos (se cree en lo que no se ve, se generaliza sobre lo que se ignora), no hay sitio para la lógica, ni espacio para discusiones racionales. El racismo, la confrontación y los muros son entonces las únicas vías de solución de conflictos.

Y la razón nos dicta que la defensa de la libertad, la vida, la integridad de las personas no se circunscribe exclusivamente al ámbito de mis vecinos. Todos tenemos derecho a ser libres, a vivir para experimentar esa libertad. Los que vivimos aquí, y los que viven allá. Los que no creemos en nada y los que creen en “algo”. No basta con construir muros de contención, es necesario dejar meridianamente claro que los nuestros son los principios en los que se basa la convivencia pacífica de todas las percepciones privadas de la vida, en todo lugar, en todo momento. Ya les he contado que no es así, que no lo hacemos, con lo que hemos renunciado a la primera línea de defensa: la de las ideas.

Desde las ideas, desde la razón. Debemos reconstruir nuestra muralla  desde la defensa de los principios occidentales que nos han traído hasta aquí: libertad, paz, intercambio, igualdad ante la ley. Todo intento de justificación de lo musulmán desde la óptica occidental del “very typical, very nice, very multicultural” contribuye a la radicalización musulmanizante de los musulmanes. En el fondo, lo que se consigue con tales peroratas vanagloficantes de las más rancias costumbres islámicas  es desacreditar los intentos de muchísimos musulmanes dispuestos a romper con tales usos. Dispuestos a superar sus propios estigmas y traumas.

¿Y los asesinos y sus cómplices? a la cárcel, para siempre. Lo se, ya ni siquiera sabemos hacer eso bien.