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Fake News, Hate Speech y la “democratización” de la justicia

escrito por Luis I. Gómez 4 mayo, 2017
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Uno ya no sabe cómo de lejos está de la denuncia cada vez que se sienta escribir. ¿Cometeré algún tipo de discriminación si escribo sobre los taxistas? ¿Y si lo hago sobre las azafatas de un gran premio automovilístico? Cuando escribo y publico mis serias dudas sobre el catastrofismo cambioclimático, ¿estoy divulgando fake news? Bueno, mientras la cosa no salga del blog, apenas unos cuantos lo leerán. Pero… ¿y en Twitter? ¿y en Facebook?

Todo aquello que “alguien” – incluso para un miembro de alguna checa autoconfigurada asambleariamente en un perdido foro de internet – considera que tiene pinta de ser odio, incitación o puesta en duda del mainstream, puede ser declarado como odio, incitación y puesta en duda del mainstream. Declaración de spam, denuncia en Twitter, bloqueo en Facebook, demonización de un blog, incluso denuncia ante algún tribunal que se preste. El umbral de lo “legal” definitivamente enmarcado en el dintel del “eso no lo queremos”, “eso no nos gusta”.

Parece que las posibilidades ya existentes de procesamiento legal frente a los abusos en el uso de la libre expresión ya no son suficientes, por lo que aparecen nuevas formas de control ciudadano y sanciones a los operadores de las redes sociales en las que se difunde lo que “no nos gusta” . Una buena parte de la “gente” de izquierda está entusiasmada con la idea de una delegación de tareas legales a la sociedad civil. Y no olvido la alegría y expectación con que los maniqueos del otro lado del espectro político saludan las intenciones gubernamentales de recuperar la denunciación como mecanismo de protección frente al “ofensor”.

Una pena. Las redes sociales no son parte esencial de nuestras vidas. Son un mero vehículo digital de comunicación. De hecho, no son más que foros para la difusión de mensajes, estados de ánimo, cuestiones razonables y otras sinsentido, y opiniones (a veces) justiciables. ¿Imaginan al gobierno imponiendo multas al servicio de correos porque yo en mis cartas envío a mis amigos y conocidos “fake news”? Yo tampoco. Pero es peor.

Es peor, y se lo voy a explicar con un ejemplo sacado de la historia. Esa que tantas veces despreciamos como fuente de conocimiento y de la que, según parece, nos negamos a aprender la más mínima de las lecciones. La conjunción perfecta de moralismo (desde una superioridad moral impuesta), higiene en la opinión, propaganda populizante y sacralización de la mentira la encontramos en el nacionalsocialismo hitleriano de los años 30-40 del pasado siglo. La Ley de Traición de 1934 no se limitó simplemente a criminalizar la libertad de expresión y la crítica al estado, algo esperable de cualquier dictadura, sino que legitimaba a todos los alemanes en la denuncia, la difamación y la incitación a la violencia, en nombre de la comunidad popular, frente a los enemigos del pueblo. Todo alemán de “buena fe”, convertido en representante de la verdad, tenía el derecho y la obligaciónde mentir, difamar, calumniar y denunciar a todo aquél que difundiese desinformación (fake news), diciendo, por ejemplo, la verdad sobre lo que ocurría con los vecinos judíos del séptimo.

Cuando “salgo a las redes sociales” o a “la prensa digital” y leo cómo algún juez reclama la reinterpretación de las leyes en función de lo que piensa el “pueblo”, o a los políticos germanos y de la UE discutir sobre sanciones a Facebook o Twitter por permitir la difusión de mensajes “denunciables”, recuerdo irremediablemente las épocas más oscuras en la reciente historia de Europa.

Asistimos a la muerte lenta de la razón (otra vez) a manos de las filias y las fobias. ¿Y se sorprenden cuando les digo que estamos convirtiendo nuestra sociedad en un gallinero de adolescentes ignorantes? Pues se lo digo de nuevo: estamos en ello.

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