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La redención de ETA

escrito por Luis I. Gómez 7 abril, 2017

Nos hablan de la rendición y entrega de armas de la banda terrorista ETA, y mucho me temo que se trata apenas de una redención torticera e inmoral.

No se trata de castigar/perseguir a un delincuente hasta que se “cure” o se “rinda”Se trata de aplicarle una pena que sea capaz de resarcir el daño causado. Dado que considero que ninguna sociedad está legitimada para quitarle la vida a nadie (por lo que me opongo rotundamente a la pena de muerte), lo lógico es ser absolutamente consecuente con el principio de proporcionalidad. Los asesinos de ETA han destrozado no sólo la vida de cientos de personas, también la de sus familias. Y ese destrozo es irreparable … toda una vida. Lo lógico es que los delincuentes paguen por ello … toda su vida.

George Geismann decía -y no le faltaba razón- que la acción del Estado por derecho propio se convertía literalmente en ilimitada si la acción estatal sobrepasaba la frontera del ámbito puramente formal o simplemente en el intento de llevarla al ámbito material (Geismann, Jahrbuch für Recht und Ethik, Bd. 5 1995, S. 213)

¿Qué entiende Geismann por ámbito material? Llevar la acción del estado más allá del ámbito formal significa que toda idea de justicia se aplica a y desde cualquier utilidad humanamente posible y por ello las nociones de justicia serán pacticamente infinitas. Visto así, la materialización de la justicia ya resulta de por sí completamente utópica. Piensen que lo que es útil para uno no necesariamente es útil para el otro. Y lo que es útil para uno, no sólo es completamente arbitrario qua individualidad, es también variable como el tiempo en abril.

Pero los medios, la “cultura”, los políticos españoles (europeos, también muchos liberales), casi me atrevo a decir que todo el pensamiento contemporáneo está embebido de la fantasía por la cual exitiría para nosotros un bonum commune de alguna forma (la fantasía no tiene límites) realizable, materializable. Es la fantasía de una vida mejor para todos. En la cumbre de esta fantasía encontramos a su vez la idea de que esa vida mejor para todos no es posible por los errores de los otros y que la política no hace nada para evitarlo, a pesar de que debería haberlo reconocido e identificado como el problema. Esta idea parece inmortal. Es la idea de la justicia material. Es la idea que justifica para muchos los peores atentandos imaginables a la libertad y la vida de otros.

Es lo formal, sin embargo, aquello en lo que apoyamos la construcción de las fronteras interpersonales; lo que delimita el marco de los espacios de libertad individual. La justicia formal lleva implícitos valores mucho más exquisitos que su prima material: determinación de principios, praxis de la razón, imperio del acuerdo entre iguales, proporcionalidad.

Y sobre esta idea, la idea de justicia formal, basada en una forma de modestia casi perfecta porque para llegar a realizarse impone la renuncia en la negociación, basada en la libertad individual y el respeto a la libertad del otro, libre de prejuicios y sospechas apriorísticas, generadora de verdadera igualdad, sobre esta idea, digo, no habla casi nadie. La justicia formal deberia ser el pilar de un “estado moderno de derecho”, pero asistimos a su desaparción.

Desaparece porque la paulatina pérdida de conciencia de uno mismo -fruto socialista- anima a los hombres a buscar un punto de amarre en una utópica justicia material. Lo justo no es que el ladrón devuelva lo robado, o repare el daño causado. Lo justo es que el ladrón aprenda un oficio subvencionado por el dinero de aquellos a quien robó –vía impuestos- para que no tenga que volver a robar. Las cifra de reincidencia de los delincuentes en todos los países occidentales dan buena cuenta de la infantilidad en que se basa esa forma de aplicación de la justicia. La magia del “un mundo mejor para todos” no es otra cosa que un intento desesperado por autoprotegernos de las consecuencias de nuestros propios errores, de eludir nuestra responsabilidad: después de todo, yo también puedo cometer alguna vez algún error.

Lo material ha usurpado a lo formal. Es una cuestión de autopercepcion ética. Y de proyección de esa percepción hacia afuera. La diversidad de conceptos éticos que nos han regalado los últimos 2500 años no debe llevarnos a engaño. La mayoría son incapaces de prescindir, en mayor o menor medida, de ideas fuerza procedentes de la metafísica o la religión. Por lo general, y hasta principios el siglo XIX, la ética siempre se construye en referencia a una “Razón” enraizada en principios teo-metafísicos, a lo que los antiguos llamaban “logos” o “nuus”. El Hombre toma parte de la deidad, de forma que si se cultiva, termina por comprender y representar las leyes del “Ser Supremo”. La consecuencia es que durante muchos siglos se identificase “Razón” (actuar de forma razonable) con las buenas costumbres morales y se considerase la “educación en la razón” como mandamiento moral. Ocurre que la delimitación de lo que era “razonable” o no en el seno de una sociedad determinada, terminaba por depender siempre de quién tenía las riendas del poder. Como hoy, no nos engañemos.

La historia nos ha mostrado cómo todo intento de instaurar un sistema de justicia material sólo ha servido para destruir las relaciones formales entre las personas. En otras palabras, sólo ha servido para socavar la libertad individual. Hoy asistimos a un nuevo “individualismo”: el individualista moderno (el que sale a la calle con la pancarta que dice “Tenemos derecho a una vivienda de alquiler”, “Tenemos derecho a una sanidad mejor” y en realidad no piensa “tenemos”, más bien “Yo tengo”) está liberado por completo de la obligación de autorealizarse en el ejercicio de su responsabilidad: los padres en el asilo, los hijos en la guardería, el trabajo gracias a la cuota, el sueldo asegurado por convenio colectivo, la vivienda subvencionada por el estado y casi todas las otras decisiones molestas en manos de los funcionarios. La rendición incondicional a la doctrina material de la justicia le protege además de la obligación de resarcir a sus posibles víctimas, su único castigo es la obligación a reinsertarse. El culto puro al “paraíso justo en la tierra” no deja sitio para el cerdo que llevamos dentro, sólo para los muchos que nos dicen hay ahí afuera. Y esos merecen compasión.

En las últimas semanas hemos sido testigos de las consecuencias de todo esto que les he contado: los defensores de la justicia material se alínean con el estado, fuente única de “justicia”, administrador infalible del bonum commune. Los defensores de la justicia formal se alínean con la víctima y sus representantes, pues ellos son los únicos que deben ser resarcidos, los únicos que pueden exigir castigo. Yo estoy con los últimos. No es admisible que los asesinos bailen sobre la tumba de sus víctimas.