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Tecnología, adaptación, transformación, multiplicación

escrito por Luis I. Gómez 28 marzo, 2017

Acabo de terminar el libro de Peter SloterdijkWhat Happened in the 20th Century?“, que pretende ser una crítica al racionalismo extremo que, según el autor, marcó el devenir del siglo XX.  No les oculto que la obra del filósofo alemán me ha dejado más dudas que respuestas. Pero hay una idea, una especie de leit-motiv en su escrito, que abre muchas puertas a habitaciones inexploradas. Escirbe Sloterdijk:

No sabemos que desarrollos serán posibles si geosfera y biosfera son coordinados por un tecnósfera inteligente y la noosfera. No se excluye a priori, que de esta manera se produzcan efectos inesperados, que supondrían una especie de multiplicación de la tierra.

En esta casa siempre hemos sido muy conscientes de que la multiplicación de los recursos naturales por medio de la innovación y la inteligencia humanas es un hecho. Una pena que Sloterdijk no profundice más en el concepto de tecnología como algo inherente a la condición humana, igual que lo son el lenguaje o las culturas.

Ser humano significa, entonces, la comprensión de la tecnología como parte del yo, como una constante natural que permite al hombre trascender sus limitaciones en la realidad. La tecnología no sería sólo una respuesta a los problemas reales o imaginarios, o una herramienta para hacer realidad los deseos, sería parte constitutiva de nuestra esencia como individuos de una especie, más allá de un algo culturalmente aprendido. La tecnología sería un instinto del ser humano.

La consciencia y la cultura pueden facilitar este instinto o impedirlo, tal como sucede por ejemplo con la sexualidad, o las necesidades dietéticas. Los instintos e impulsos se modifican y canalizan  culturalmente.  Pero tras toda estrategia para resolver problemas el hombre recurre a la tecnología, desde mucho antes de bajar de los árboles creo. Es su instinto el que le lleva a desarrollar técnicas una vez que se detecta un problema. Ciertamente las corrientes culturales pueden (lo hacen) modular el uso de los instintos, pero sólo durante un cierto tiempo: los mecanismnos de la evolución y la adaptación también afectan a las formas culturales (y las sociedades), y al final será la cultura que mejor sepa hacer uso de sus instintos la que terminará predominando.

Si realmente creemos que los recursos de la tierra se acaban,  multiplicamos aquellos necesarios para nuestro desarrollo, para nuestra adaptación a la realidad. Esta es la tarea que siempre hemos resuelto mediante la tecnología. El deseo de multiplicación de lo que es, sobre todo de lo que parece escaso, es también una constante antropológica. Tal vez por eso las corrientes culturales que limitan o detienen el crecimiento, la multiplicación de lo que es, están condenadas al fracaso. Mientras no existe una tecnología disponible con el fin de incrementar los recursos escasos, mientras estamos ocupados desarrollándola, los humanos recurrimos a herramientas simbólicas, como las danzas de la lluvia para combatir la falta de agua, por ejemplo. Por eso las culturas más exitosas son aquellas que confiaron más en la tecnología que la religión y aprendieron a gestionar el agua para poder regar, beber y lavarse siempre que lo necesitaban.

La tecnología es al ser humano como el lenguaje: parte indisociable de nuestro ser. Y la evolución no ha eliminado este instinto, todo lo contrario: nos ha traído hasta aquí.