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Dando pasos de gigante hacia la coprocracia

escrito por Luis I. Gómez 20 marzo, 2017

Ceo que hemos perdido una gran oportunidad. Tras haber esperado pacientemente la muerte del dictador Franco no hemos sido capaces de consolidar un sistema social democrático y plural en el que poder desarrollar nuestro potencial, el de cada uno de nosotros. Lo fácil es culpar a los políticos que nos ha tocado soportar las últimas décadas, de todos los colores. Pero ya saben que la clase politica de un país es fiel reflejo de las virtudes y defectos de quienes les apoyan.

Temo que ya es imposible rescatar nuestra maltrecha democracia de las fauces voraces de la arbitrariedad, la corrupción y el nepotismo. En parte, es culpa nuestra.

Nosotros somos quienes voto a voto hemos propiciado el desastre institucional en el que vivimos. Nosotros somos quienes confundimos democracia con alternancia en el poder. Nosotros somos quienes hemos decidido desprendernos de nuestra soberanía y ponerla en manos de nuestros supuestos representantes.

Nosotros somos quienes ante el atropello perpetrado un dos de julio del 1985 (Ley Orgánica del Poder Judicial) decidimos quedarnos en casita  o en la playa en lugar de lanzarnos a la calle y reclamar la escrupulosa independencia del poder judicial. Ningna de las reformas posteriores avanzó en ese sentido, y tampoco creímos oportuno protestar por ello.

Nosotros somos los que preferimos bajar al bar a escandalizarnos con los despojos que va dejando la corrupción política a borbotones en los titulares de prensa en lugar de exigir medidas efectivas de control ciudadano de la acción política (eso sí que sería democrático).

Nosotros somos los que aceptamos encantados los privilegios que desde los diferentes gobiernos nos llueven sin mover un dedo, conscientes de que no podemos pagarlos e inconscientes de que, por tanto, serán otros los que deban hacerlo.

Nosotros somos los que vivimos en la ensoñación según la cual, siendo nosotros imperfectos, lograremos colocar en el gobierno a otros imperfectos que encontrarán soluciones excepcionalmente perfectas a nuestros problemas.

Nosotros somos los que vamos a votar sin leeer ningún programa electoral. Las siglas nos bastan, sin importarnos las tropelías cometidas bajo sus alas.

Nosotros somos los que renunciamos a pensar por nosotros mismos, haciéndonos totalmente dependientes de los titulares de nuestro medio favorito.

Así es imposible que una democracia funcione. Siendo la democracia, como es, un sistema imperfecto, se necesitan mimbres legales insobornables para mantener su esencia: la participación de los ciudadanos en el diseño de sus propias vidas y entorno. La democracia nace como respuesta al abuso de poder de las oligarquías. El parlamentarismo es el mecanismo de control de la acción del regente o gobernante. La justicia es la que,  desde la más escrupulosa de las independencias,  garantiza la mejor y más ambicionable de las igualdades: la igualdad ante la ley. Y de esos tres principios, no hemos sabido defender ninguno.

Sólo los que vivían encantados con el simulacro de democracia que hemos elegido, podrían hablar de des-encanto. Sólo quienes, deslumbrados por el derroche de estuco dorado, las maderas nobles y los gestos arrojados desde sillones hemicíclicos se mecen en el espejismo de sí mismos, podrán sentirse des-engañados.  Olvidemos la necesaria reforma de la ley electoral, es más interesante “luchar contra la dependencia”. Olvidemos una reforma fiscal que revierta en el bolsillo del contribuyente, es más importante “luchar contra la desigualdad”. Olvidemos consultar a los ciudadanos qué estado quieren, es mejor continuar en el conchabeo plurinacional-asimétrico, “yo mando, y tu también”. Olvidemos que somos administradores del dinero de todos, es preferible montar “agencias de observación de ombligos”.

Y en medio de todo ello, nuestra libertad atada al poste de nuestros miedos.

Igual que el deporte, hemos convertido la Democracia es una lucha ritualizada. Se teme que sin ella acabemos todos en un todos contra todos hobbesiano alternado con despotismos, en una anarquía dantesca y fraticida como entreacto del eterno retorno de los dominios absolutos. Y más aún si se sugiere la libertad en algún ámbito relevante. No es un temor nuevo el que padecen, con fobia cerval, muchas personas al mercado y a la libertad en el mismo. Se teme que la libertad en el mercado llevará al caos, y este, andado el tiempo, a alguna forma de despotismo. Es por ello que los más apasionados adoradores del Ídolo Coprocrático sean también apasionados detractores de la libertad del mercado, lo que, en definitiva viene a constituir un rechazo de la libertad en su conjunto. En lugar de una batuta de mando, de un cetro Real, de un Rayo de Zeus dictando sentencias arbitrarias e injustas, creen en la tela de araña de la regulación opresiva lentamente tejida por leguleyos al servicio de los populistas. Nadie puede andar por libre, hay que rendir cuentas de todo lo que se emprende, de todo lo que se hace. No importa si al establecer tan férreos controles se desincentive el movimiento, la creatividad, el progreso. Lo importante es que la araña estatal tenga su parte.

La idea de libertad de estos “demócratas” de nuevo cuño es clara: ser libre es poder votar, poder rellenar una papeleta ya diseñada por otros y meterla en una urna cada cuatro años. Que eso conlleve una representatividad enormemente limitada, una oligarquía partitocrática de intereses creados y grupos de presión, de medios de comunicación en los que suena la voz del que más grita y más desafina, no es algo lamentable, sino -para ellos y sus intereses- absolutamente necesario. Los más bajos instintos y las peores perversiones tienen su representación y el aplauso de la vulgaridad imperante y obligada, y a eso lo llaman elevados ideales y nobles propósitos. La responsabilidad, el esfuerzo, crear bienes y propiedad….son los pecados capitales que cometen  quienes quieren imponer límites a lo que la política puede hacer sin contar con nosotros. Afortunadamente nuestro representantes harán todo lo que esté en su mano por liberarnos de responsabilidades y ofrecernos a cambio el Paraíso de la Abundancia.

Sigamos así….

  • JJI

    Tendrían que hacérselo copiar 100 veces a cada político. De todas formas, ya me conformaría yo con que aunque no todos participen, se les dejara hacer, por alguna vía de exigencia de responsabilidades, a los que sí quieren hacerlo.

  • el Blues

    La democracia es el sistema ideal, en España no hay democracia. La democracia es la separación de los poderes elegidos en votación independiente, el ejecutivo a doble vuelta. La libertad individual no tiene sentido sin la libertad colectiva de la que procede. La democracia tiene que ser representada/tiva en diputados elegidos con mandato imperativo revocable por los electores, en distritos electorales, entre candidatos libres y NO subvencionados por el Estado. El objetivo de la libertad política colectiva, la democracia, es el sentido más noble de la existencia, es la actividad total y reflexiva, que a TODOS nos compromete, sobre el conjunto de los problemas que a TODOS nos afectan y su resolución.

  • JUAN SANCHEZ

    Totalmente de acuerdo con Ud. Creo que, en gran medida, la gente está tan abducida con todo lo que huela a “público”, con todo lo que lleve por delante la palabra “social”, que es absolutamente incapaz del mas mínimo razonamiento. Un espeluznante lavado de cerebro que nubla casi por completo su mente, debe ser que si te la meten doblada es mas agradable. Yo, por mi parte, aspiro a que no me la metan de ninguna de las maneras.

  • JJI

    Desde el cansancio sin (casi) esperanza, aplaudo toda la entrada y resalto esta frase:
    -Siendo la democracia, como es, un sistema imperfecto, se necesitan
    mimbres legales insobornables para mantener su esencia: la participación
    de los ciudadanos en el diseño de sus propias vidas y entorno.

    Hace años que sé que el problema no son los políticos (personas como cualquiera) sino el sistema que les permite la irresponsabilidad de sus actos. Por eso siempre he luchado (y sigo en ello) por un sistema político en el que las personas no sean demasiado importantes, e igual que en el mercado es el cliente quien tiene un gran poder de control sobre el producto ofrecido, comprándolo o no en tiempo real, habría que arbitrar medios para que en política, el ciudadano pudiera hacer lo mismo como un contrapoder necesario. Eso sí que sería un gran avance en el concepto de democracia, porque salvando los formalismos, estamos al mismo nivel que estableció la Revolución Francesa.
    Sin embargo, ningún partido trabaja en esa dirección, sino en la contraria. Por eso considero -sin excepción- a todos los políticos corruptos, no porque algunos roben, sino porque trabajan primero por su mezquino interés en lugar del de aquellos que dicen servir. Porque no quieren entender como servidores públicos lo que sí entienden, y exigen, del servidor privado. Y para ello “deifican” la función pública, como si no fuera lo que sencillamente es: un servicio, sin mitos ni oropeles. Si en algo es especial es en que no exige cualificación ni responsabilidades. Ni los estibadores se atreverían a soñar con tales privilegios. ¡Pardillos!

    Y es curioso que el ciudadano, que es capaz de reclamar de inmediato cuando un servicio que paga no es de su satisfacción, ni se dé cuenta de cómo lo ningunean y estafan con los servicios políticos que paga.

    Acabo de recibir un libro encargado por internet. Junto con él me llega una encuesta de satisfacción que contestaré si quiero. ¿Por qué será?