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Errores del mercado, estado y privilegios

escrito por Luis I. Gómez 17 marzo, 2017

¿En qué consiste esto de la democracia moderna? Es un mercado: los políticos venden y los votantes compran. Compran promesas de un mañana mejor; compran seguridad, educación, sanidad, carreteras, justicia climática y algo de certidumbre en un mundo siempre incierto y proceloso. Y si para adquirir todos esos bienes se echa mano de la cartera del vecino, mejor que mejor.

Curioso, incluso la vida democrática se se desarrolla bajo los principios básicos del libre mercado: oferta y demanda. El mismo mercado que, antropomorfizado en su plural, “los mercados”,  es el culpable de todas las miserias de todos los miserables, que somos la mayoría. Eso dicen.  Tal vez sea por ello que en el mercadillo parlamanetario  la regulación de cualquier cosa que tenga que ver con el libre intercambio de bienes y servicios entre personas sea una de las mercancías más ofrecidas en estos tiempos de “crisis”.

Que desde la izquierda y la socialdemocracia se solicite una mayor regulación de todo lo que hacemos para procurar nuestro bienestar no es sorprendente. Después de todo, es parte de su doctrina considerar todo el dinero que no está bajo control del estado como un algo peligroso e inmoral, por insolidario e incontrolable. Lo verdaderamente sorprendente es constatar cómo incluso desde aquellos partidos considerados liberal-demócratas, el establecimiento de un estricto marco legal que controle la economía y sus frutos es considerado como objetivo irrenunciable.

¿Qué significa exactamente regulación? Estamos hablando de la  intervención gubernamental directa en los procesos de la economía para alcanzar objetivos políticos o para corregir las fallas del mercado. En otras plabras: la regulación estatal pretende generar de la acción económica resultados políticos concretos, diferentes de aquellos que surgirían si se aplicasen sólo las reglas de interacción voluntaria que rigen los mercados libres. No pocas veces nos encontramos con el argumento de la neceasaria intervención del estado para corregir la inaceptable diferencia de ingresos entre los habitantes del país, por ejemplo.

Los llamados fallos del mercado siempre se producen cuando las personas no actúan tal y como preveían los modelos utópicos de un “mercado perfectamente diseñado”, algo que ocurre siempre porque nadie sabe nunca prácticamente  nada de cómo van a actuar las personas mañana.  Los políticos,y los economistas que les asesoran, sin embargo, hacen como que ellos sí lo saben, diseñan un “mercado”  y cuando este falla, se lo achacan a “los mercados”. Una herramienta esta maravillosa, pues les permite diseñar, vía regulación estatal, un nuevo “mercado perfecto, justo, equitativo, solidario ecologico y sostenible”.

¿Cómo pueden los defensores  de la regulación estatal  afirmar que ésta es necesaria con el fin de suprimir los efectos negativos del  egoísmo de los hombres libres ignorando  al mismo tiempo, que los políticos y los burócratas son humanos y, por tanto, también expuestos a las mismas debilidades de quienes pretenden regular?

La fe en las buenas intenciones  de las autoridades – reyes, nobles y burócratas nos ha regalado la historia a miles-  es muy vieja y demasiado humana:  nos da el espejismo de la seguridad y nos libera de las decisiones difíciles. Se nos inculcó en la escuela, en la universidad, en los medios. Sin embargo, un sobrio análisis de los procesos políticos reales sólo puede conducir a la conclusión de que los políticos no son  mejores personas que los demás: ellos también piensan primero en sus propios intereses. Y sin embargo les regalamos un marco de acción valiosísimo: son quienes  pueden escribir la ley, tienen poder para disponer de nuestros medios y con frecuencia, por aforados, actúan incluso por encima de la ley.

El proceso político ha degenerado en el mercadeo  de votos  a cambio de ventajas materiales y privilegios garantizados por el Estado. Las partes interesadas, como las asociaciones de empresarios o los sindicatos, quieren siempre nuevas regulaciones  para garantizar la exclusión del mercado de sus directos competidores – a través de costos artificialmente altos, leyes de todo tipo, o prohibiciones abiertas o encubiertas. Los políticos atienden  estos deseos con gusto, a cambio de votos, de presencia en medios, de donativos sinceros o encubiertos.  El final lógico de estos proceso es la aparición de una economía mercantilista e hiperregulada, en la que medra la corrupción al tiempo que disminuyen las posibilidades reales de cada individuo de mejorar y crecer y desarrollarse: todo está encorsetado y planificado.

Vean lo que está ocurriendo con taxistas o estibadores y díganme que me equivoco.