Home Economía No me hablen de grises, hablemos de tonos rojos

No me hablen de grises, hablemos de tonos rojos

escrito por Luis I. Gómez 5 marzo, 2017

El abismo al que los europeos, envueltos en los acordes de una patética sinfonía de ilusorias “igualdad absoluta” y “seguridad absoluta”, absortos en las babas neomorales de nuestros celebérrimos próceres, neutrosexuados, subvencionados unos, esquilmados otros, gobernados todos y en absoluto estado de enjenación, … el abismo al que nos dirigimos, les decía, no es de izquierdas, ni de derechas, ni de centro. Tampoco es, siguiendo la nomenclatura de los diseñadores del futuro, popular, social, ciudadano, unido, ni siquiera de empoderamiento. La gama de colores varía, sin duda, pero la oscuridad que se adivina al final de todas las paletas es roja.

Nos han adoctrinado para aceptar sin rechistar nuestra profunda ignorancia sobre los procesos económicos.

Mientras perdemos el tiempo, hipnotizados por los medios y obsesionados con nuestras propias pulcredades en tiwtter o facebook (me temo que es parte del plan) nuestros políticos de todos los colores mantienen el paso firme hacia la armonización fiscal europea, que no es otra cosa que la generalización institucionalizada del saqueo y el robo. Nos han adoctrinado para aceptar sin rechistar nuestra profunda ignorancia sobre los procesos económicos. Ignorancia ilimitada. Y deseada. Deseada porque, cualquiera que se proponga  entender las interdependencias y leyes económicas que rigen en las sociedades y las empresas pronto se daría cuenta de que ahí precisamente, y no en otro sitio se encuentra la esencia de toda política. Podrá definir su estado actual, su dirección y, sobre todo, sus metas. Y allí donde la libertad de mercado, la empresarialidad (y no me refiero a esos burdeles subvencionados, mantenidos o creados por el estado que todos podríamos mencionar) se convierten en el enemigo a batir, la meta es clara: crecimientode la dependencia del estado, crecimiento del aparato estatal, pobreza, guerra, dictadura.

Querer ser mejor y pretender obtener beneficios de lo que se hace desde la libre competencia es pecado mortal

Llevan predicándonoslo décadas: la mayor parte de las personas identifican sin rubor empresarialidad con riqueza, con avaricia, explotación, crueldad y maximización de beneficios a costa de otros. Y todo el mundo está de acuerdo: naturalmente deben los empresarios pagar impuestos. Mejor aún: sólo ellos deberían hacerlo! No sé si les suena lo de “los capitalistas son el enemigo del pueblo”. Los autoproclamados rectores de los destinos del pueblo (no se cansarán de reptirnos que han obtenido el poder mediante la sagrada transmutación de la democracia, con la misma insistencia con la que ocultarán los verdaderos motivos que les llevaron a encabezar unas listas) no solo han logrado convertir a la gran mayoría de sus “súbditos” en víctimas, sino que han hecho del victimismo una de las grandes virtudes de nuestro tiempo. Querer ser mejor y pretender obtener beneficios de lo que se hace desde la libre competencia es pecado mortal, la posibilidad de arriesgar para ganar o perder desde el propio afán emprendedor forma ya parte de la enorme y perversa lista de herejías que no merecen la madera que arde en las hogueras inquisitoriales. Y nosotros, lemmings, no nos damos cuenta de que tanto el victimismo entrenado, como la demonización de “otros” y la fantasía de la eliminación de la incertidumbre no son sino los pilares de cualquier dictadura. De todas las dictaduras. No, lo que importa hoy es: me hago vegano o animalista? Y si soy transsexual?

El daño que esta cascada antieconómica está generando es ignorado sistemáticamente bajo el lema “paga más el que mas tiene”

Volviendo a aquello en lo que parece que estamos todos de acuerdo: es BUENO que las empresas paguen impuestos. Es un acto de justicia social, de redistribución. Pues no, porque cada Euro que paga una empresa en impuestos lo pagamos en realidad todos: los accionistas viendo reducidos sus dividendos, los clientes viendo aumentados los precios y los trabajadores viendo reducidos sus sueldos. El daño que esta cascada antieconómica está generando es ignorado sistemáticamente bajo el lema “paga más el que mas tiene”. Nos autoobligamos a substituir el verdadero progreso que surge del afán innovador y la generación de nuevas oportunidades que nace de la asunción de riesgos por el imperio de la administeración pública, el conservacionismo exacerbado de lo que creemos tener.

Pero, ¿qué les estoy contando’? ¡Si todo va bien!

Pues temo que todo lo que nos parece que va bien, ya no va tan bien. Los costes del rediseño de la sociedad superan con creces lo que el estado puede extraer sin riesgo de quienes producen la riqueza. Subvención y protección de minorías, subidas de pensiones, economía verde y renovable, vivienda social, sueldos mínimos, ayusdas sociales, multiplicación institucional, reiteración institucional, programas para garantizar la “dignidad” (que hoy incluye tiempo libre, coche y smartphone), en otras palabras, la usurpación por parte del estado de lo que llamamos “vida” no es gratis y me temo que no es financiable. Las consecuencias más visibles son el aumento del endeudamiento público, el encendido de las impresoras de dinero del BCE y la pérdida del poder adquisitivo de cada uno de nosotros. Pero esto lo ignoramos sistemáticamente. Al contrario. Si hacemos caso de lo que “cuenta la gente”, cada vez más ciudadanos creen que el estado no sólo debe garantizar un “ingreso base” para todos, ¡debe proveerlo! Sobre las limitaciones del uso de dinero en metálico prefiero no hablarles hoy.

El resultado ya lo había previsto Milton Friedman en su famoso triple salto mortal: “Del bienestar público pasando por la crisis financiera hacia la dictadura”

Que pasen un feliz Domingo.