Home Política Las políticas del miedo

Las políticas del miedo

escrito por Luis I. Gómez 23 febrero, 2017

El miedo nos es connatural: en dosis adecuadas nos protege de la imprudencia y es expresión fundamental de una de nuestras mayores inquietudes, el afán de supervivencia. Pero no escapa a las reglas universales del equilibrio, de modo que en dosis muy bajas nos convierte en temerarios -casi suicidas- y en dosis muy elevadas nos condena a la inacción, incluso hasta extremos patologicos. A pesar de que casi todo el mundo iba a estar más o menos de acuerdo con lo que acabo de escribirles, vivimos una época en la que el miedo -la aversión, diría yo, a la incertidumbre- se ha convertido en objeto y sujeto de la vida política y social.

Hoy tenemos miedo de casi todo: del cambio climático, de la superpoblación del planeta, de la inmigración, de los transgénicos, de la gripe, del SIDA, del azúcar, de las vacunas, de no usar vacunas, tememos por nuestra pensión, por nuestra salud, por lo que pueda hacer mañana un Trump cualquiera… aterrorizados. No dejo de preguntarme cuántos de estos miedos son reales y cuántos impostados. ¿Impostados? Sí, existe toda una maquinaria política dedicada a sacar provecho de uno de nuestros instintos más primarios con el fin de lograr sus objetivos más o menos razonables. Y si hay que inventarse una  amenaza apocalíptica, se inventa y no pasa nada. Política del miedo,  lo llaman.

El cinismo y la insinuaciones contra la clase política (la casta) son, en última instancia, también reflejo de lo que pensamos unos de otros

La política del miedo nace del hastío que la gran mayoría de los ciudadanos sienten ante los desmanes de la vida pública, esos que hacen que nos alejemos de ella con desidia.   El cinismo y la insinuaciones contra la clase política (la casta) son, en última instancia, también reflejo de lo que pensamos unos de otros. Declaraciones como “no confío en los políticos” o “no les creo una palabra” sólo son la verbalización de nuestra retirada fáctica de la vida pública. El político profesional a su vez, descubre que los argumentos hasta ahora utilizados ya no sirven para movilizar a la masa votante, y ha de buscar otros nuevos.

La política del miedo se ha hecho tan poderosa porque es coherente con el ambiente cultural en el que vivimos. Los políticos no pueden evocar miedo de la nada. Tampoco son ellos siempre quienes encienden la mecha del pánico. El pánico ante problemas de salud o de seguridad a menudo comienza en internet o es alimentado por grupos de presión -con un fin determinado- antes de que sea conocido por los políticos. Paradójicamente, los políticos tienen que pasar tanto tiempo tratando de combatir los efectos de estos miedos repentinos, como en el diseño de sus propias campañas del apocalipsis. no es tarea complicada si pensamos que nos han convertido a todos en víctimas de algo.

Para entender hasta qué punto la sensación de impotencia determina la vida pública, debemos analizar minuciosamente cómo influye en el espíritu de la época nuestra propia imagen y la forma en que vemos a los demás. La devaluación omnipresente de la función que hoy en día se “concede” al sujeto humano, sólo puede ser entendida desde las  ideas que tenemos cada uno de nosotros de lo que podemos esperar de cada uno de los otros, de cómo hacer frente a la incertidumbre y el cambio, a los problemas y el dolor. En el mundo occidental del siglo 21 percibimos al individuo principalmente en estado de riesgo, una víctima potencial. Sí, seguimos oyendo sobre los ideales de la libre determinación o la autonomía de los individuos. Los valores asociados a estos ideales se ven, sin embargo, cada vez más difuminados tras los gruesos trazos de la alarma proclamada desde la política y aumentada desde los medios.

Nuestra supuesta vulnerabilidad se utiliza como una metáfora cultural , inculcándonos la idea de que ni los individuos ni las sociedades son capaces de hacer frente a cambios emocionales, tomar decisiones independientes o resolver problemas

Aparece el estado terapéutico, desde el que se cuestiona la capacidad de los individuos para resolver por sí mismos los retos y  problemas de sus vidas. Incluso ante problemas cotidianos se aconseja a los afectados que busquen ayuda profesional. La creencia de que todos somos víctimas potenciales, afecta a la forma en que interpretamos y dirigimos nuestra vida. Nuestra supuesta vulnerabilidad se utiliza como una metáfora cultural , inculcándonos la idea de que ni los individuos ni las sociedades son capaces de hacer frente a cambios emocionales, tomar decisiones independientes o resolver problemas. Existe la opinión generalizada de que las personas son débiles y necesitadas. Y el débil a duras penas sabrá asumir el papel del ciudadano activo. En cambio, como víctimas potenciales, bajo la tutela del estado, en la protesta infinita, despertamos del letargo. Pancartas! Que traigan las pancartas! STOP (lo que sea)! Vida pública.

Para oponerse a la política del miedo, primero hay que romper la viciada idea del individuo solo como víctima. Si nos percibimos principalmente como víctimas potenciales, la incertidumbrese convierte en miedo, en un miedo que, con el tiempo, termina en postración. El cerebro humano nos permite aprender muchísimo y rápidamente de manera que podemos entender los problemas, abordarlos y resolverlos. A lo largo de la historia, la humanidad ha aprendido siempre en sus derrotas y desastres, y ha desarrollado métodos para identificar los problemas y riesgos de manera sistemática, evaluarlos, gestionarlos o mitigarlos. Siempre hay una alternativa.  Reconocerla dependerá de si nos vemos solo como víctimas o como individuos inteligentes y con enorme capacidad de adaptación.