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De la obligatoriedad de las cosas buenas

escrito por Luis I. Gómez 14 octubre, 2016
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Ignoro si usted se pregunta alguna vez sobre la esencia de “lo bueno”. Su definición, su significado, sus implicaciones. A poco que nos detengamos a pensar, nos damos cuenta que vivimos la mayor parte del tiempo sin salir de los parámetros que nuestro entorno y nuestra época consagran como aceptables y que, de vez en cuando, hacemos algo -activa y voluntariamente- que consideramos “bueno”. Y si le damos un repaso a la historia caemos en la cuenta de que, ¡sorpresa!, lo “bueno” no siempre ha sido lo mismo.

Nuestra evolución está enmarcada en la lucha contínua entre “el bien” y “el mal”, está dirigida por arrebatos de voluntad y libre albedrío y es una sucesión de errores y aciertos, de aprendidos y desaprendidos que nos ha traído hasta lo que somos hoy. Para más INRI,la mayoría de los conceptos de “bien” y “mal” ente los que se debatía nuestro quehacer diario no han permanecido idénticos en todo ese tiempo.

El caso es que, hasta hace muy poco, el proceso de selección de lo bueno y lo malo era mayoritariamente  un proceso experiencial: las personas hacían cosas, estas tenían consecuencias y se juzgaban como “buenas” o “malas”. De ahí nacía una costumbre y de la costumbre una “norma”. Digo que esto era mayoritariamente así porque no olvido la injerencia de las creencias en el diseño de lo “normativo”.  Nos guste o no, nuestras supersticiones, basadas en lo que desconocemos, y nuestros miedos, fundamentados en nuestro afán de supervivencia, han sido manejados con éxito por chamanes, sacerdotes, potentados, reyes y reyezuelos para introducir poco a poco estructuras de poder con capacidad de imponer un determinado sistema normativo.

Todo Rey y todo profeta han sabido utilizar en su favor las deficiencias de sus súbditos/fieles para lograr sus propósitos personales. Y no debemos olvidar entonces que sus propósitos personales siempre encarnan y plasman “el bien”. Esta es una constante que no ha variado, curiosamente. ¿Se imaginan a un Adolfo Hitler ganando unas elecciones con la consigna “vamos a exterminar a 6 millones de judíos”? Obviamente no, la consigna era “somos los mejores, y no debemos soportar la pobreza infecciosa que nos llega de fuera”. La consigna era “vamos a costruir juntos un nuevo mundo en el que los germanos seamos felices”. Cosas “buenas”. Objetivos basados en la experiencia de la mayoría de los alemanes, en aquel entonces con la derrota de la primera guerra mundial en las retinas y el paro y el hambre en las barrigas. Cualquier cambio en esa situación tenía que ser, debía ser “bueno”.

En los últimos decenios asistimos a un cambio de paradigma. De un cuerpo normativo mayoritariamente experiencial estamos pasando a un cuerpo normativo mayoritariamente preventivo, educativo y terapéutico. Ya no basta con limitar las acciones que se saben ‘”malas”, es necesario prevenir también todas aquellas acciones que creemos serán “malas”.  Ya no basta con definir las reglas del espacio público para evitar conflictos, es necesario intervenir también en el espacio privado de cada uno de nosotros, ignorantes como somos de lo que es “el bien” o “el mal”. A la arrogancia denunciada por Hayek:

Para que el hombre no haga más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, deberá aprender que aquí, como en todos los demás campos donde prevalece la complejidad esencial organizada, no puede adquirir todo el conocimiento que permitirá el dominio de los acontecimientos. (La pretensión del conocimiento)

se suma la superstición en la que se basan todos los principios de superioridad moral autoasignada. Circunstancia esta que nos acompaña desde la aparición del primer “sumo sacerdote” como asesor del jefe de la tribu, por cierto. En una sociedad como la nuestra, enormemente compleja y global, los instintos de supervivencia nos arrojan insensatos al abismo de la búsqueda incesante de “gentes de bien que piensan como yo” sintiéndonos en nuestra caída acompañados y protegidos  por esa masa de “gente” con la que nos identificamos. No es que “la gente” no tenga criterio o que todos seamos unos ignorantes (que, por cierto, sí lo somos, en casi todo), ocurre que milenios de condicionamiento en lo social (lo que en general no es “malo”) nos impiden distinguir entre lo que es bueno para mí -opción perfectamente legítima- y lo que es bueno para todos -algo que, sinceramente, no existe, pues cada uno tiene su propio concepto de “lo bueno”-. Perdidos en esa falta de resolución hemos optado por la adopción de unas creencias que no nos incomodan, que nos hacen “sentir bien”. Y lo lógico es que TODOS participen de mi “felicidad”. Convertimos así “lo que creemos bueno” en obligatorio.

Es el camino equivocado, en el que serán asaltados innumerables genios desconocidos, que se verán privados de las herramientas que necesitan para innovar y crear valor añadido. Es el camino más corto a la decadencia más absoluta, porque en la redundancia de creencias nunca se encuentran la verdad, el progreso y la felicidad.

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5 comentarios
  • JJI

    Bueno, pero al final, ¿convertimos en obligatorio lo que creemos bueno sí o no?

  • plazaeme

    Qué casualidad. Por una cita de alguien en Twitter de un artículo de Rallo, acabo de ver el origen de la empanada mental de los liberales alegres. Todo nace de aquí. No digo de von Mises, seguramente la idea será anterior. Pero sí me refiero a la frase que Rallo cita de von Mises, en Liberalismo.

    La sociedad humana es una asociación de personas con el propósito de cooperar.

    No me puedo situar con facilidad en el conocimiento a ese respecto en la época del libro (1927). Pero es acojonane que alguien mínimamente informado se lo pueda creer hoy. Salvo que los chimpancés tengan propósitos, y de esos propósitos pueda salir la sociedad de los chimpas, y lo mismo con Lucy, etc, nadie puede pensar que la existencia de la sociedad humana obedezca al propósito de ningún humano. ¡Porque es anterior a los humanos mismos!

    Los humanos pueden intentar introducir cambios en la sociedad. Algunos pocos lo hacen, normalmente para su propio provecho. Pero dado que ningún humano ha creado la sociedad humana, y todos han nacido dentro de alguna sociedad humana, la sociedad humana no puede ser algo que derive del propósito de ningún humano. ¡Joder!, ¿eso es difícil de entender?

    Claro, si nos da por creer la locura de la sociedad como propósito de sus componentes, entonces DEBEMOS creer que la moral (la amalgama de la sociedad y su código de conducta) viene también de ellos. Y entonces DEBEMOS creer que la moral viene es un cuerpo normativo de origen “experiencial”. Sería la única forma de crear un código con el propósito de cooperar, o propósitos similares. El problema es que los dos saltos que debemos dar, los debemos dar por culpa de la más alucinante de las fantasías. Una sociedad que responde a un propósito.

    Eso es creacionismo. Literalmente. Sólo cambia el sujeto. Y por el mismo motivo que los creacionistas saben cuál es la “naturaleza humana” a través del designio de Dios, los liberales alegres saben cuál es la “naturaleza de la sociedad humana”, a través del designio del propósito de cooperar — que la ha creado. Teleología. Metafísica.

    Ahora sí nos entendemos, Luis. ¡Por fin! Hay un por qué; una razón. Lástima que sea totalmente insostenible, y vaya en contra de todo lo que se sabe.

    Fuente:

    https://twitter.com/Firefly_fan/status/787356927600852992

  • plazaeme

    El punto de la crítica son dos. La creación de la moral antigua mediante la “experiencia”, y la diferencia entre la moral antigua y la moderna, que pasa de “experiencial” a “preventiva, educativa y terapéutica”. Ninguna de las dos es presumiblemente cierta, y desde luego no has mostrado que lo sean. Sólo es algo que le conviene a tu relato.

    El caso de la antropofagia es un ejemplo perfecto de que lo que en un momento era “bueno” en otro momento dejó de serlo.

    Claro. Lo que no explicas es qué proceso “experiencial” puede producir ese cambio. ¿Un cambio en las papilas gustativas de los humanos?

    No te das cuenta de un detalle clave. El elemento sobr el que opera la moral (lo bueno y lo malo). Para ser “experiencial” tiene que operar sobre el individuo. Pero no lo hace; robar es bueno para el individuo (siempre que sea más fuerte, o no le pillen, etc).

    Lo intentas arreglar con la empatía.

    Si me roban y no como, sé perfectamente que si robo otro no come.

    ¿Y qué? ¿Por qué iba a ser “malo” para mi que otro no coma. ¿Por la empatía? Vale, pero entonces no sería “experiencial”, sino instintivo. No hay nada en la experiencia que me pueda decir que la falta de comida de otro, que me produce comida a mi, sea “malo”. Sí me lo puede decir la educación o el instinto — las dos únicas formas de las que puede salir la empatía. Pero ambas son previas a la experiencia.

    No; la moral no le da nada al individuo, pero sí le puede dar algo al grupo. Y esta es la más común y fácil de las observaciones. En todo grupo humano el grado de moralidad individual varía mucho. Y siempre hay un porcentaje de fulanos francamente inmorales a los que les va de cojones con su inmoralidad. O sea, la experiencia dice que la inmoralidad es buena. Lo que la convierte en mala (para el individuo) es la reacción de lo demás ante la inmoralidad. En los casos en los que se produce. Pero eso justo es lo contrario de una decisión personal, o de un rechazo de las consecuencias de mis actos para otro. Es un rechazo de las consecuencias que para mi tienen mis actos, debido a la reacción de los otros.

    Y lo puedes observar con toda facilidad. Por ejemplo, la inmoralidad del rechazo y escarnio de la homosexualidad, o la inmoralidad de las corridas de toros, son dos novedades morales que han ocurrido durante tu vida. Pero ninguna de ambas es “buena” ni “mala” para ti … salvo por la reacción de los demás ante lo que hagas. Lo “experiencial” no es el acto; es el grupo. Y es por eso que la moral cambia mediante unas dosis de violencia y presión social bastante acojonantes. Siempre. ¡Porque no tiene nada que ver con los individuos!

    Y sobre la cosa moderna, supuestamente “preventiva, educativa y terapéutica”, me cuesta creer que haya mucho que decir.

    Convertimos así “lo que creemos bueno” en obligatorio.

    Esa es una definición dinámica de moral. De TODA moral. Vaya, desde los chimpas. (Repartir la caza es bueno, pero repartir la fruta no es bueno. No hay forma de que eso sea “experiencial”). Para creer lo que quieres creer deberías mostrar un cambio, y su fecha. No puedes. Porque no existe.

  • No hay criterio previo, es la experiencia.

    Nuestra empatía nos dice que nada que lo que es malo para mí lo es para otros. Si me roban y no como, sé perfectamente que si robo otro no come. Otra cosa es que yo pase del otro… cosa nada fácil si resulta que era de mi tribu y se aliaba conmigo cuando venían “otros” a robarme.

    El caso de la antropofagia es un ejemplo perdfecto de que lo que en un momento era “bueno” en otro momento dejó de serlo.

    Dices: ” ¿Quieres decir que hasta hace unos decenios nadie entraba en el espacio privado para intervenir en los sentimientos y opiniones; la forma de amar y crear una familia; de adorar a Dios; de saber quién es “nosotros” y cómo nos comportamos, en los anhelos, y en cuándo debe uno estar satisfecho con lo que hace? ”

    No, no lo he dicho en ningún momento. Al contrario, lo describo exactamente así.

    Lo que vengo a decir es que (y parto de la base de que “la sociedad NO piensa”) nadie puede saber siempre lo que es bueno para todos y que “lo bueno” puede cambiar en el tiempo, por lo que es imposible establecer un cuerpo normativo apriorístico cuyo fin (del que resulte) sea sólo “el bien”.

    No veo el punto de tu crítica, sinceramente.

  • plazaeme

    Joder, Luis. Esto es la quintaesencia del “pensamiento inverso”. En lugar de observar el mundo para tratar de averiguar cómo funciona y ver si se puede extraer algunas conclusiones (leyes), partes de una conclusión y recreas el mundo para que la produzca.

    El caso es que, hasta hace muy poco, el proceso de selección de lo bueno y lo malo era mayoritariamente un proceso experiencial: las personas hacían cosas, estas tenían consecuencias y se juzgaban como “buenas” o “malas” De ahí nacía una costumbre y de la costumbre una “norma”..

    ¿Y cómo diablos vas a juzgar si algo es “bueno” o “malo”, sin partir de un criterio previo de lo que es bueno o malo? No, el truco de la moral es que te dice lo que es bueno o malo cuando no ves las consecuencias. Porque entre el acto y la consecuencia hay demasiada separación y demasiados otros sucesos por medio como para ver la relación. Pongamos ejemplos.

    Robar es “malo”. ¿Y por qué? El acto mismo de robar es cojonudo; ahora tienes algo que no tenías. ¿Cómo puede ser “malo”? Por un motivo que cada fulano no puede ver; en una sociedad donde predomina el robo, todos acaban teniendo menos. Casi nadie guarda nada si se lo van a robar, y al final casi nadie guarda nada. Y el conjunto tiene mucho menos. Pero eso no se puede “experienciar”; es un cambio demasiado lento — presumiblemente generaciones.

    La antropofagia es “mala”. ¿Y cómo va a ser “mala” si resulta en mayor carne disponible? Pues probablemente produce (a muy largo plazo) enfermedades tipo Creutzfeldt-Jacobs. Pero no hay manera de “experienciar” esa relación; es imposible darse cuenta. También puede que sea mejor no tener ese incentivo, y con ello disminuir el riesgo de “cazar” humanos.

    Etcétera (por aquí todas las normas morales casi universales).

    No; el asunto no tiene nada de “experiencial”. Las sociedades adquieren normas morales de forma arbitraria, y por procesos de poder y dinámica social y tal en los que no vamos a entrar. La mayor parte de la moral es perfectamente arbitraria – y hasta idiota. Pero algunas de esas normas morales tienen consecuencias, invisibles para los fulanos. Y eso le da una ventaja a la sociedad que las usa. Y al final, casi todas las sociedades duraderas conocidas tienen un núcleo de normas morales bastante universales. ¡Porque producen una ventaja!

    Es una selección, obviamente; pero no es nada “experiencial”. Ningún humano juzgaba las consecuencias; ni siquiera podía verlas. Y tienes las excepciones, debidas a circunstancias especiales. En algunas sociedades la antropofagia o el robo son “buenos”. Y no es difícil ver el mecanismo que hace la diferencia. Es mejor enfermar más tarde por comer carne humana que enfermar ahora por no disponer de carne en absoluto. Robar no es mucho problema en el paraíso porque tienes todo lo que puedes necesitar al alcance de la mano.

    En los últimos decenios asistimos a un cambio de paradigma. De un cuerpo normativo mayoritariamente experiencial estamos pasando a un cuerpo normativo mayoritariamente preventivo, educativo y terapéutico.

    … es necesario intervenir también en el espacio privado de cada uno de nosotros, ignorantes como somos de lo que es “el bien” o “el mal”.

    ¿Quieres decir que hasta hace unos decenios nadie entraba en el espacio privado para intervenir en los sentimientos y opiniones; la forma de amar y crear una familia; de adorar a Dios; de saber quién es “nosotros” y cómo nos comportamos, en los anhelos, y en cuándo debe uno estar satisfecho con lo que hace? ¿En serio? Te sugiero que intentes explicar a un polinesio, a un bostwano, o a cualquiera de antes de la revolución industrial, la idea esa del “espacio privado”. Te auguro una conversación más que interesante. Incluso instructiva.