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Los impuestos no son el precio a pagar por la libertad

escrito por Luis I. Gómez 8 octubre, 2016

Durante siglos, los impuestos fueron el símbolo patente de la servidumbre. Los derrotados, los siervos, los subyugados debían pagar impuestos. Hoy escuchamos en prácticamente todos los foros políticos de todos los colores que los impuestos son el precio de la libertad. Un estado que garantice la libertad económica, dicen, ha de financiarse mediante la imposición de cargas fiscales a la actividad cuya libertad se pretende proteger. Es la misma teoría que nos explica la imposibilidad de confiar únicamente en contribuciones voluntarias, porque la voluntariedad privilegia a quien no quiere pagar, aliviando al avaro y desprotegiendo a la viuda. Sin la exigencia de la universaldad de la carga fiscal, el Estado tendría que ganarse el favor de los capacitados para hacer grandes donaciones, a cambio -sin duda- de prebendas y favores. Por ello, la libertad y la individualidad de todos sólo pueden ser salvaguardadas por el Estado si todos contribuyen económicamente al mantenimiento de sus estructuras. Los contribuyentes se aprovechan entonces de “la paz interior que garantiza el estado”, del derecho otorgado por el estado para “celebrar contratos y obligar a su cumplimiento”, de los beneficios de una “moneda con garantía del gobierno” o de la buena educación pública y obligatoria de trabajadores y consumidores. Dado que los demandantes de tales servicios son los propios miembros de la comunidad jurídica, queda plenamente justificado cualquier tipo de impuesto sobre los ingresos de éstos, sobre el fruto de su trabajo.

Nada de lo escrito hasta ahora, que son las ideas matrices sobre las que pivota la justificación de todos los ministerios de hacienda de calquier país occidental, tiene que ver en lo más mínimo con la libertad.

El punto de partida no formulado del que nacen estas ideas es el experimento mental por el cual el estado (total) es la forma básica de la convivencia humana. Este estado (total), mediante su soberanía sobre los salarios, los precios y el crecimiento económico permite –podemos casi decir que tolera-  que  los individuos puedan vivir una vida según los términos y condiciones establecidos por aquel. El estado (total)  tiene todos los recursos. Las empresas, la misma economía,  están en su mano. La falta total de libertad en la esfera económica significa la nacionalización total de los medios de producción.¿Les suena? El exprimento mental del estado (total), otrora llamado socialismo real, no funcionó porque crecer recaudando impuestos sólo es posible allí donde se tolera que los ciudadanos tengan propiedades y generen riqueza.

Nosotros hemos seguido otro camino: conscientes de la imposibilidad económca del estado (total) como forma básica de convivencia humana, hemos abrazado el concepto de “estado democrático social del bienestar”. El estado puede renunciar a la supremacía económica y otorgar a sus ciudadanos los derechos de propiedad provada y la libertad del ejercicio profesional. El precio a pagar por esos derechos y su “garantía” son los impuestos sobre las rentas generadas por los particulares. La diferencia con el estado (total) descrito más arriba no es tan importante como parece. En el primer caso el estado le prohibe todo al cudadano, para así ser el único proveedor de las necesidades de la vida. En nuestro caso real, se le permite al individuo proveerse de cuanto crea necesario para su vida, extrayéndole acto seguido vía impuestos todo lo que el estado considera excesivo – y podría poner en peligro su propia existencia como único garante de derechos-  o injusto -en nombre de la justicia social, con el fin de proveer a quienes por una u otra razón no son productivos e incapaces de autoproveerse-. En ambos casos, el estado tiene plena potestad para transformar a calquier individuo en  no-libre, proscrito o delincuente. La propiedad y la libertad son otorgadas por el Estado.

Nos cuentan que el Estado se convirtió en “liberal” cuando se erigió en  persona jurídica en substitución de nobles y reyes. Los impuestos dejaron de ser el símbolo de la sumisión para convertirse en símbolo de justicia y libertad desde que el estado nos permite a los ciudadanos votar.  Gracias a la ley electoral, los ciudadanos podemos  decidir sobre la naturaleza e intensidad de los impuestos. ¿Es eso libertad?. No. Reducimos la libertad a que el gobierno de un estado nos permite graciosamente participar políticamente en la toma de ciertas decisiones.

La comprensión liberal de “impuestos” y “libertad” tiene fundamentos completamente diferentes. El punto de partida de todo experimento de pensamiento liberal no es el Estado (total), sino los ciudadanos intercambiando de forma voluntaria en su propio provecho. El ciudadano puede adquirir y fundar  propiedad sin Estado, puede celebrar contratos y comprometerse en la vida económica. La libertad en la esfera económica no está garantizada por el Estado, sino que  ya existe. El propio Estado como persona jurídica no es una máquina de hacer milagros. Requiere de la actividad humana. Por ello no puede hacer nada más que aquello que hacen los humanos mismos. La libertad individual encuentra sus límites allí donde el Estado está presente o implicado. Tampoco  está basada en el hecho de poder, o deber, participar en el Estado y sus eventos. Por tanto, el diagnóstico liberal solo puede ser uno: durante siglos, los  impuestos han sido expresión de servidumbre. Hoy también.

En la campaña electoral a punto de comenzar en España, existe una alternativa realmente liberal a los dogmas vigentes sobre recaudación fiscal. El Partido Lbertario, P-LIB, lleva en su programa una serie de medidas encaminadas a reducir considerablemente la capacidad recaudatoria del estado y con ello su capacidad de imponernos servidumbres:

  • Abolición inmediata del Impuesto sobre Patrimonio.
  • Abolición inmediata del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones.
  • Progresiva eliminación de los Impuestos Especiales. Los productos solo se gravarían con IVA.
  • Flat Tax del 10% en IRPF, IVA e Impuesto de Sociedades.
  • Eliminación de la cuota de autónomo.
  • Liberalización de la circulación de capitales.

La recaudación de impuestos fue y sigue siendo  un acto obligatorio, que generalmente afecta a personas que no quieren deshacerse voluntariamente del fruto de su trabajo. ¿Cómo denominar a tal obligación bajo coacción (amenaza de multa o privación de libertad) como algo distinto a la servidumbre?