Home Ciencia Una Epidemia Demencial (Entrevista a Robert Whitaker)

Una Epidemia Demencial (Entrevista a Robert Whitaker)

escrito por Germanico 13 septiembre, 2016

whitaker5-copyComo persona diagnosticada de algunos de esos trastornos puedo asegurarles que el sufrimiento que causan no es un invento: mi ansiedad, que a veces puede resultar incapacitante, es real. Ahora bien, ¿mis síntomas nerviosos constituyen necesariamente una “enfermedad”, un “trastorno psiquiátrico”, como dicen el DSM y las farmacéuticas? ¿Mi ansiedad no podría ser una reacción humana normal ante la vida, aun cuando esa reacción sea tal vez más aguda en mí que en otras personas? ¿Cómo se traza la distinción entre lo que es “normal” y lo que es “clínico”?

Scott Stossel – Ansiedad

Cuando tratamos de estar mejor, la única verdad que importa es lo que nos funciona. Si algo nos sirve, no siempre es necesario saber por qué. A mí el diazepam no me sirvió. Las pastillas para dormir, la hierba de San Juan y la homeopatía tampoco me aliviaron. Nunca probé el Prozac, porque solo con pensarlo el pánico se intensificaba, así que no puedo opinar. Pero tampoco he probado nunca la Terapia Cognitivo-Conductual. Si a ti te sirven las pastillas, en realidad no importa si eso tiene que ver con la serotonina u otro proceso o cualquier otra cosa: sigue tomándolas.

Matt Haig – Razones para Seguir Viviendo

Al salir de la Alcaldía, Andrei Efímich comprendió que los reunidos integraban una comisión designada para dictaminar acerca de sus facultades mentales. Recordó las preguntas que le habían hecho, se puso rojo y, por primera vez en su vida, sintió una profunda lástima por la Medicina. «Dios mío –pensó recordando la manera como los médicos acababan de reconocerle -, no hace tanto que estudiaron psiquiatría y aprobaron el examen; ¿cómo son tan ignorantes? ¡No tienen ni la menor idea de lo que es la psiquiatría!»

Anton Chejov –El Pabellón nº 6

“En ocasiones veo muertos”, decía un tímido muchachito a un psicoterapeuta que trataba de entender lo que le pasaba. El Doctor terminó por comprender, tiempo después, que lo que el chico declaraba era cierto, que no se trataba de una fantasía infantil ni de unas terroríficas alucinaciones. Pero para darse cuenta tuvo que reparar antes en un hecho inquietante: él mismo era uno de los muertos a los que veía. En el Sexto Sentido, Ópera Prima cinematográfica del director indio M. Night Shyamalan, las cosas se vuelven del revés para el observador, y de pronto resulta que es él el observado.

En el Pabellón Nº 6, obra del literato ruso decimonónico Anton Chejov, un médico entra en un ala del hospital normalmente vedada a casi todo el mundo (El Pabellón nº 6), para descubrir en ella a la persona más interesante con la que hubiera tenido la ocasión de conversar nunca: un paciente psiquiátrico.  Su relación con él se hace tan estrecha sus compañeros de profesión y amigos empiezan a tomarle a él por loco. Toda su concepción estoica del mundo, que presupone que no importan cuáles sean las circunstancias la razón resplandece, se desmorona cuando le encierran a él en el Pabellón Psiquiátrico. La Razón no prevalece.

Estos giros inesperados, estos cambios de perspectiva, que convierten al observador racional en observado que es puesto en duda en su yo más íntimo, pueden resultar, en ocasiones esclarecedores.

Si por ejemplo volvemos del revés la Epidemia de Trastornos Mentales que parece estar produciéndose en nuestros tiempos, para prestar atención a quienes la han ido observando más de cerca, los Psiquiatras y la industria farmacéutica que provee de medicinas a estos especialistas médicos para “curar” o al menos mejorar las condiciones de vida de los pacientes, podemos extraer una historia del desarrollo de la Epidemia distinto al relatado por estos privilegiados observadores – ahora observados.

robertwhitaker_anatomiadeunaepidemiaY eso es precisamente lo que ha hecho nuestro invitado de hoy, el periodista científico Robert Whitaker. Buceando en hileras de archivos de publicaciones médicas ordenadas cronológicamente desde hace más de un siglo, además de entrevistándose con pacientes, médicos, investigadores, legisladores y un largo etc de personajes vinculados de una u otra forma al proceso de la génesis y el desarrollo de la epidemia de enfermedades mentales, ha elaborado lo que él denomina una contra-narrativa de la que oficialmente parece generalmente aceptada como la verdad científica por lo que se refiere a los trastornos psiquiátricos.

La narrativa “oficial” (y disculpen que utilice dicho término, que parece sacado de un panfleto conspiranoico, pero creo que es pertinente, en éste caso), es decir, la que se transmite desde instancias tales como la APA (Asociación Psiquiátrica Americana), nos dice que la llegada de los psicofármacos constituyó toda una revolución médica en el tratamiento de los trastornos mentales, vaciando los hospitales psiquiátricos de enfermos y logrando la vuelta de éstos enfermos a un estado de relativa funcionalidad social. Todo empezó con las medicinas para tratar la esquizofrenia, los llamados, con justicia, neurolépticos (que secuestran el cerebro) o tranquilizantes mayores (que tumban a elefantes). Dejaban al paciente esquizofrénico en un estado de postración tal que poco espacio quedaba en su mente (y su cerebro) para ataques psicóticos o cualquier otra manifestación de su mal. Con el tiempo se los llamó antipsicóticos. El cambio de denominación podía sugerir (y creo que ésta es la idea que pretendía sugerirse) que los fármacos antipsicóticos eran a la esquizofrenia lo que los antibióticos a los microorganismos patógenos.

Después llegaron los antidepresivos, los ansiolíticos (tranquilizantes menores), los estabilizadores del ánimo y toda clase de píldoras mágicas cuyo efecto en el cerebro era a grandes rasgos desconocido, pero que al menos a corto plazo parecía servir para aliviar algunos de los síntomas más destacados.

El planteamiento general era el siguiente: existen enfermedades mentales que tienen un sustrato biológico. Y en principio no parecía que hubiera nada que objetar a ello, y menos a la luz de los descubrimientos que iban haciéndose en neurociencia sobre el papel de los neurotransmisores en el cerebro. Además, siguiendo una lógica estrictamente científica no podía imaginarse qué otra cosa que no tuviera algún tipo de base neurobiológica podía constituir un trastorno mental. Pero resultaba clave definir claramente qué constituía un determinado trastorno mental, primero, delimitar cuando un individuo dejaba de ser normal y pasaba a estar en un estado patológico y, después, los correlatos neurobiológico de la enfermedad. No teniendo verdadero conocimiento de todo ello se propuso, pese a todo, la noción del desequilibrio químico en el cerebro y, a principios de los años 80 se publicó la Tercera Edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, en la que se perfilaban los trastornos mentales como enfermedades susceptibles de ser tratadas eficazmente con la medicación psiquiátrica disponible.

A finales de esa década salió al mercado el Prozac, el primero de una nueva serie de medicamentos psiquiátricos de nueva generación que iba supuestamente a suponer la segunda revolución psicofarmacológica después de la de los neurolépticos.

A día de hoy se han detectado cada vez más casos de depresión, ansiedad, trastorno bipolar, esquizofrenia y hasta nuevas enfermedades como el TDAH (Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad), incluso en niños….pero ahí es donde llega la contra-narrativa….

Primero se creaba un fármaco y después su mercado. Si salía Prozac como antidepresivo, resultaba que había una enorme cantidad de casos de depresión infradiagnosticada. Comenzó a valorarse la “psicopatología la vida cotidiana” (tomo el título del libro de Freud) de tal manera que al final, bien mirado, todos estábamos un poco locos, y desde luego a todos nos venía bien tomar medicamentos psiquiátricos para afrontar las incomodidades y reveses de la vida.

Los fármacos podrían no haber representado realmente ningún problema, si no fuera por el hecho de que más que balas mágicas resultaban ser, en el cerebro y, en general, en todo el cuerpo, bombas de racimo, causando graves efectos secundarios y dependencia. Comenzar a tomarlos era fácil, siempre que se dispusiese de una receta de un médico autorizado, lo cual era cada vez más sencillo porque cada vez era más amplia la categoría de malestares psicológicos y somáticos susceptibles de ser encajados en un diagnóstico psiquiátrico. Dejar de tomarlos resultaba algo más difícil y perturbador. El cerebro y el cuerpo, adaptados de alguna desconocida forma al fármaco, reaccionaban violentamente ante su retirada. La explosión que se producía tras el abandono sin embargo se achacaba a una reaparición de los síntomas de la enfermedad, aunque no fuera en realidad más que una nueva enfermedad por completo diferente generada por los fármacos y los cambios en el cerebro (reversibles o no) asociados a los mismos, una enfermedad iatrogénica.

La Psiquiatra y Psicofarmacóloga británica Joanna Moncrieft propone adoptar un Modelo Centrado en el Fármaco en lugar del hasta ahora vigente Modelo Centrado en la Enfermedad.  Esto significa dejar de considerar los fármacos como balas mágicas que atacan una “enfermedad mental” como los antibióticos atacan una enfermedad infecciosa. Hay que centrarse en el efecto real que hacen los fármacos en el cerebro, que es en gran medida desconocido, y en el que hacen, que sean observables, en el paciente (bien por éste subjetivamente bien por un profesional que observe desde fuera su comportamiento). El modelo centrado en el fármaco incide más en la relación coste/beneficio de tomar cualquier fármaco, valorando los llamados “efectos secundarios” que acaso no sean más que gran parte de sus efectos, que podrían fácilmente considerarse tóxicos (como el que hace el alcohol, que, eso sí, ayuda a desinhibirse socialmente).

Preguntando a Whitaker, en un correo, su opinión por un prestigioso Tratado de Psicofarmacología (El de Stahl) que él mismo menciona en su libro en un par de ocasiones, admitió que probablemente no recogiese los cambios adaptativos que se producen defensivamente en el cerebro al ser expuesto a los tóxicos farmacológicos.  Para Joanna Moncrieft estos cambios sencillamente son desconocidos. Y, de hecho, tan difíciles de probar como el famoso desequilibrio bioquímico que tan bien ejemplifica el cuento de los IRSS (Inhibidores de la Recaptación de Serotonina): las neuronas no producen suficiente serotonina y esto conduce a la depresión. Aumentando el tiempo que la serotonina permaneciese en las sinapsis de las neuronas podría contrapesarse ese déficit serotoninérgico. Y esto, con una molécula que inhibe la recaptación de la serotonina que se encuentra en las sinapsis por parte de las células excretoras de la misma se podría lograr. Nada hasta ahora ha demostrado que eso suceda, ni que el cerebro de los deprimidos tenga menos serotonina, ni que tenga más tras la administración del fármaco, y ni siquiera que niveles bajos de serotonina estén asociados a la depresión.

Pero un dato que sí es real, porque es epidemiológico, es que muchas personas que toman IRSS desarrollan acatisia, un estado de tremenda inquietud y violencia,  y de ellas muchas se suicidan.

14735769212793Echando un vistazo a El Mundo el otro día tropecé con una noticia que me llamó la atención. En un Municipio de Ohio estaban preocupados por el alarmante incremento de drogodependientes. Con afán de remover las conciencias ciudadanas decidieron publicar en las redes sociales la foto de una pareja de yonkis en un coche, una mujer y un hombre. En el asiento trasero el hijo pequeño de ella asistía a la escena sin comprender, como es natural, la gravedad del asunto.

Traté de hacer un comentario con mi usuario. De hecho lo hice, 2 veces. Pero a pesar de que dijeron haberlo recibido jamás se publicó. Lo único que quise recalcar es que los organismos públicos deberían mirar a otra parte: por ejemplo la FDA (que aprueba la salida al mercado y supervisa la calidad de los alimentos y medicamentos) podría no hacer la vista gorda con las farmacéuticas. De ese modo quizás no habría tantos drogodependientes en EEUU. Quizás la gente siguiese consumiendo drogas ilegales. Pero mucha menos gente estaría enganchada a los fármacos psicotrópicos legalmente comercializados. ¿Es una verdad incómoda que el mayor número de drogodependientes lo sea de drogas legales? Supongo que sí.

La vida es inquietante. A lo largo de la evolución han sobrevivido mejor los organismos dotados de un sistema nervioso que sirviese bien al fin de detectar amenazas y oportunidades. Un estado de alerta saludable ha equivalido, durante millones de años, a un estado de alerta que impidiese ser devorado por un predador o caer por un acantilado, así como un estado de motivación saludable ha equivalido a un estado capaz de hacer que nos moviésemos hacia las fuentes de recursos circundantes. La variabilidad en nuestra especie ha dado lugar a cerebros que hacen a sus “propietarios”  más o menos dispuestos a arriesgar, más o menos vigilantes, más o menos imaginativos y delirantes, más o menos motivados para unas u otras formas de actividad conducente a la obtención de recursos.

Nuestra especie ha sobrevivido a pesar de las epidemias que la han asolado. Esas epidemias eran difíciles de enfrentar porque no disponíamos de los recursos cognitivos apropiados para detectar su fuente y evitarla. Los microorganismos patógenos nos han ganado la partida en numerosas ocasiones.

Ahora amenazan con volver a enfermarnos, volviéndose resistentes a los antibióticos, que al final la selección natural se ha encargado de poner en su sitio de “parches” o “soluciones transitorias”. La guerra armamentística entre los humanos y sus enemigos hasta hace poco invisibles sigue su curso.

Y al mismo tiempo nos asolan nuevas epidemias, estas también invisibles si no se dispone de un instrumento de observación adecuado….las enfermedades iatrogénicas y las originadas por químicos ambientales o alimentos procesados nos asedian. Matan a millones de personas al año, pero su etiología es compleja (mucho más que un patógeno -> una infección).

Robert Whitaker ha tenido la amabilidad de respondernos unas pocas preguntas sobre la epidemia iatrogénica creada en el ámbito de las enfermedades mentales.

 

Libro: Anatomía de una Epidemia. Robert Whitaker.

anatomia-epidemia_ediima20151104_0685_18

En ingles:

1.- Let’s start as you started your career, so positive: what progress has been made in psychiatry from its origins to nowadays?

As a newspaper reporter covering medicine and science, I did initially believe that psychiatry had made great progress in recent decades. In the 1990s, I reported on how researchers were discovering that major mental disorders like schizophrenia and depression were due to chemical imbalances in the brain, and how modern psychiatric drugs fixed those chemical imbalances, and thus were like “insulin for diabetes.” That is a story of great medical progress. But eventually, when I began reporting on psychiatry in depth, I learned that the chemical imbalance theory of mental disorders hadn’t actually panned out, and once you find that out, the whole narrative of progress in psychiatry begins to fall apart. Then, as you investigate psychiatry’s history and its scientific literature, you discover what might be described as a counter-narrative, which tells of a medical specialty that has failed to make much progress at all.

In this counter-narrative, you find that in the United States, during the early part of the 19th century, Quakers  set up a number of small asylums where they sought to provide humane care to the mad, whom they conceived of as “brethren.” Modern researchers who have  examined the medical records of these early asylums have concluded that they appeared to produce long-term outcomes superior to what we see today. However, in the second half of the 19th century, those smaller institutions, for various reasons turned into large warehouses, and decades of abysmal care followed.  Then, in 1954,  chlorpromazine was introduced into asylum medicine, which–in the conventional narrative of psychiatry–is said to have kicked off a psychopharmacological revolution, a great advance in care. The problem with that story of progress is that if you dig into the scientific literature, you discover that chlorpromazine did not improve long-term outcomes for people diagnosed with psychotic disorders, and that, if anything, it may have worsened them.  Rehospitalization rates increased following the introduction of chlorpromazine, and social functioning outcomes declined. Indeed, a 1994 report by Harvard Medical School researchers found that outcomes for people diagnosed with schizophrenia today are no better than they were 100 years ago.

All of this belies the conventional narrative of progress, and then if you look at the burden of mental illness in the United States and other developed countries, you find that it has dramatically increased in the past thirty years, when we are supposedly enjoying the fruits of all this progress in psychiatry. In the United States, the number of people on disability due to mental illness has increased from 1.25 million adults in 1987 to nearly 5 million today.

So, unfortunately, I don’t  see that much progress in psychiatry has been made, at least not in a medical sense.

2. A patient goes to a psychiatrist who diagnosed him anxious depression (mild). Prescribes Seroquel (Quetiapine) and Rivotril (Clonazepam). Is this psychiatrist A- Dr. Death; B- a fellow with hidden interests and without too many scruples; C- a candid believer in the inherent goodness of psychopharmacology?

A physician will almost always find reasons to believe in the goodness of whatever treatment they prescribe. So the answer is C. The psychiatrist who prescribes these two drugs together will believe that the combination will help the patient.

3. You talk in your book of an epidemic and documented in a way that leaves few chinks for doubt. According to WHO Depression it will soon be the leading cause of disability in the world ahead of coronary heart disease. If we add the other psychiatric ailments the outlook is bleak. It would seem, judging by these statistics, that we are going crazy. Where does reside the madness in this epidemic?

The “epidemic” has to be understood through the lens of commerce, as opposed to seeing it through the lens of medicine. If we view the rise in the number of people diagnosed and treated for mental disorders through the medical lens, we say, wow, what is going on? Why are we seeing such an increase in mental disorders? But if we view it through the lens of commerce, we see a successful commercial enterprise, which can easily be understood.

Over the past 35 years, American psychiatry, through its publication of its diagnostic and statistical manual,  has dramatically expanded the boundaries of “mental illness.” This diagnostic expansion has led to a dramatic increase in the number of people who see themselves as mentally ill, and that in turn has produced a booming market for psychiatric drugs. From a commercial standpoint, this is simply the story of the  successful creation of a very big market for psychiatric drugs.

The rise of depression is a good example of this. Prior to 1980, which was the year that the American Psychiatric Association published DSM III, most depressive episodes were understood to be self-limiting, meaning they would clear up on their own with time. This was particularly true of episodes tied to setbacks in life. But in DSM III, depression was reconceptualized as a brain illness, regardless of life events, and soall the difficulties that people experience in life suddenly became the grist for a diagnosis of depression, and treatment for this “illness.”

In this way, psychiatry invites more and more people into its therapeutic tent, so to speak. And once a person is in the therapeutic tent, there is a risk that the drug treatment will prove disabling. And suddenly, you have a formula for creating a rise in the number of people who are disabled by depression. Expanded diagnostic boundaries plus drug treatment will turn some people who in the past would have had an episode of depression and then recovered into a chronic patient. The “madness” of this epidemic resides in that formula.

4. In the past medicine and public health faced the challenge of eradicating or drastically reduce infectious epidemics that caused acute illnesses with rapid progress. When symptoms appeared known remedies were applied. Today things have changed radically: we live in the era of preventive medicine and chronic diseases and everyone seems to live obsessed with their health. ¿How these changes have affected the way we diagnose and treat mental illness? ¿Perhaps do we aspire to the Soma of Huxley’s Brave New World?

This is really a story of the rise of the pharmaceutical industry. The pharmaceutical industry rose in stature and size following World War II, and that was, in large part, thanks to the introduction of antibiotics and the capacity to mass produce such medicines. There were other advances in treating acute infectious diseases, and suddenly it seemed that pharmaceutical companies were going to give us “better living through chemistry.” They could help us live longer, and give us drugs that could treat our cholesterol levels, and so forth, and soon we had the many preventive medicine efforts so prevalent today.

In the field of psychiatry, the pivotal moment occurred in 1980, when the American Psychiatric Association published DSM III. That was the moment it adopted a “disease” model for categorizing and treating mental disorders, and it adopted this model even as it greatly expanded the diagnostic boundaries for what would now be considered an illness. The APA and the pharmaceutical industry then promoted this new model to developed countries around the world, and it really gave  us a new philosophy of being. We–the public–are taught to monitor our minds and our emotions, and if we feel distress or an uncomfortable emotion, we are encouraged to think something must be wrong with ourselves, and so we seek treatment for difficulties that, in the past, would have been seen as a normal part of life.

This is the big change. In the past, there was only a small percentage of the population seen as “mentally ill,” and nearly everyone else understood that to be alive was to struggle at times with difficult emotions, thoughts, and so forth. I don’t think we aspired to the Soma of Huxley’s Brave New World, where we could find a pleasure drug, but I think the pharmaceutical industry has marketed antidepressants in that way. As Peter Kramer in the United States wrote in his book Listening to Prozac, this was a drug that could make some people feel “better than well.” And now we have more than 10% of the population taking an antidepressants, although I think it is fair to say that for many people, the drugs don’t deliver on the “better than well” promise.

5.-What would you advise to any potential patient? That is, if someone feels unease, feels bad emotionally, or have even experienced a hallucination, what should he (or she) do? The first, obvious and responsible answer would be to consult your health care professional, but… Is not that a bit like playing Russian roulette?

I wouldn’t want to give advice to any potential patient on what to do; that is not my role. All I can say is that getting a diagnosis and starting to take a psychiatric drug is a profound thing to do. The diagnosis can change your self perception, and the medication will change your brain, and once on a psychiatric drug, it can be difficult to get off. I think that any person in this position might do well to understand this, that the decision of what to do–and where to turn for help–is a profound one.

6. One of the problems with psychiatric medications is apparently eventually cause the same symptoms  intended to disappear exacerbated. At one point the patient must stop the disease cessation drugs, since drugs themselves end up being the disease. But when the patient leaves the drug she must pass an ordeal for which there is no relief, unless the temporary fall back on medication. We have created, in short, a lot of addicts for whom were easy (almost forced) to go into a carrousel of medication (with a little help of many professionals), but very difficult to go out, and also lack the necessary therapeutic and moral support. What can those who are locked up in that invisible cell of chronic overdosing do?

I think this is something every society needs to think about. Psychiatric drugs get approved for marketing because they are shown to decrease the target symptom of a disorder better than placebo, at least to a small degree. Yet,  research has shown that the drugs ultimately induce changes in the brain that are the opposite of what is originally intended. Researchers say that the drugs are inducing an “oppositional tolerance,” and there is pretty good evidence that this increases the chronicity of the disorders and the risks of functional impairment.

And now the rabbit hole appears. This in turn may lead to polypharmacy, where one drug is added to another. And yet, because the person’s brain has become accustomed to the presence of the drug, going off psychiatric drugs  be very difficult. The person may experience awful withdrawal symptoms, and thus end up trapped: he or she may not be doing well on the drug or drugs, and yet can’t get off.

So how do we help those who find themselves in this position? Psychiatry hasn’t really developed any protocols for providing such help, and thus those who are in such a position end up fending for themselves, and often end up searching through the Internet to find some help. Society needs to tend to this problem and develop some solutions.

7.-What are you working on now?

After Anatomy of an Epidemic was published, I co-wrote a book titled Psychiatry Under the Influence, which looks at American psychiatry through the lens of institutional corruption. Beyond that, my professional life has been taken over by this whole subject of psychiatric drugs and their impact on society. I run a webzine called madinamerica, which is meant to serve as a forum for “rethinking” psychiatry, and it is notable we now have readers from all parts of the world. This is evidence, I think, of how society after society is trying to understand why, as they adopt modern psychiatric practices, the burden of mental illness in their society goes up. I also spend a good part of the year traveling, speaking about these issues too.

prozac-soprano

En castellano:

1.- Vamos a empezar como usted comenzó su carrera, por lo positivo: ¿qué progresos se han hecho en psiquiatría desde sus orígenes hasta la fecha?


Como periodista especializado en ciencia y medicina creía, al principio, que se habían hecho grandes progresos en psiquiatría en los últimos decenios. Durante la década de 1990 informé sobre los descubrimientos que estaban realizando los investigadores sobre los trastornos mentales graves como la esquizofrenia y la depresión, que indicaban que éstos eran debidos a desequilibrios químicos en el cerebro, y cómo los modernos medicamentos psiquiátricos servían para ajustar dichos desequilibrios químicos, y por tanto funcionaban como “la insulina para la diabetes.” Aquella era  la historia de un gran progreso médico. Pero andado el tiempo, según empecé a informar sobre la psiquiatría más en profundidad, descubrí que la teoría del desequilibrio químico de los trastornos mentales no había llegado realmente a ninguna parte y, una vez te percatas de eso, todo el relato sobre los avances de la psiquiatría comienza a desmoronarse. Entonces, mientras investigas la historia de la psiquiatría y de su literatura científica, te encuentras con lo que podría describirse como una contra-narrativa, que nos habla de una especialidad médica que, de hecho, no ha logrado avanzar en absoluto.

Dentro de esta contra-narrativa te encuentras con que en Estados Unidos, a principios del siglo XIX, los cuáqueros crearon una serie de pequeños asilos donde procuraban proporcionar cuidados humanos a los locos, a los que concebían como “hermanos”. Los investigadores de ahora que han examinado los registros médicos de esos primeros asilos han concluido que parecían producir resultados a largo plazo superiores a lo que vemos hoy en día. Sin embargo, en la segunda mitad del XIX, aquellas pequeñas instituciones,  por diversos motivos, se convirtieron en grandes barracones, y a ello le siguieron décadas de una pésima atención. Más tarde, en 1954, la clorpromazina fue introducida como medicación en los asilos, lo que – en la narrativa convencional de la psiquiatría – se dice que dio inicio a una revolución psicofarmacológica, todo un avance en la atención. El problema que tiene esta historia del progreso es que si escarbas un poco en la literatura científica, descubres que la clorpromazina no mejoró los resultados a largo plazo para las personas diagnosticadas con trastornos psicóticos, y que, de haber hecho algo, fue empeorarlos. Las tasas de rehospitalización se incrementaron tras la introducción de la clorpromazina, y se redujeron los resultados en el funcionamiento social (de los pacientes). De hecho, un informe realizado en 1994 por investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard encontró que los resultados para las personas con diagnóstico de esquizofrenia hoy no son mejores de lo que eran hace 100 años.

Todo esto contradice la narrativa convencional del progreso, y luego, si nos fijamos en la carga que representa la enfermedad mental en los Estados Unidos y en los demás países desarrollados, nos encontramos con que dicha carga se ha incrementado drásticamente en los últimos treinta años, precisamente cuando se supone que estamos disfrutando de los frutos de todos estos progresos de la psiquiatría. En Estados Unidos el número de personas con discapacidad debida a enfermedades mentales ha aumentado de 1,25 millones de adultos en 1987 a casi 5 millones en la actualidad.

Así que, desgraciadamente no veo que se haya avanzado mucho en psiquiatría, o no al menos desde el punto de vista médico.

2. Un paciente acude a un psiquiatra que le diagnostica depresión ansiosa (leve). A continuación le prescribe Seroquel (Quetiapina) y Rivotril (Clonazepam). ¿Qué es éste psiquiatra: A- El Dr. Muerte; B- un tipejo con intereses ocultos y sin demasiados escrúpulos; C- un creyente sincero en la bondad inherente de la psicofarmacología?

Un médico casi siempre encontrará razones para creer en la bondad de cualquier tratamiento que prescriba. Así que la respuesta es C. El psiquiatra que prescriba esos dos medicamentos juntos creerá que la combinación de los mismos será de ayuda para el paciente.

3. En su libro nos habla de una epidemia, documentándolo de una modo que deja poco espacio para la duda. Según la OMS, la depresión pronto será la principal causa de discapacidad en el mundo por delante de las enfermedades coronarias. Si le añadimos las otras dolencias psiquiátricas el panorama es desolador. Parecería, a juzgar por estas estadísticas, que no estamos volviendo locos. ¿Dónde reside la locura de esta epidemia?

La “epidemia” debe ser entendida mirando más a través desde la óptica del comercio que desde la de la medicina. Si observamos el aumento en el número de personas diagnosticadas y tratadas por trastornos mentales desde una óptica médica decimos guau, ¿qué está pasando? ¿Por qué estamos asistiendo a semejante aumento de los trastornos mentales? Mientras que si lo miramos desde una óptica comercial, podemos apreciar una gran empresa exitosa, algo que se puede comprender fácilmente.

En los últimos 35 años la psiquiatría americana, a través de la publicación de su Manual Diagnóstico y Estadístico, ha expandido enormemente las fronteras de la “enfermedad mental”. Esta expansión diagnóstica ha conducido a un drástico aumento del número de personas que se ven a sí mismos como enfermos mentales, y esto a su vez ha producido un mercado en auge para los medicamentos psiquiátricos. Desde un punto de vista comercial, esta es simplemente la historia de la exitosa creación de un gran mercado para los medicamentos psiquiátricos.

Un buen ejemplo de esto lo tenemos en el aumento de la depresión. Antes de 1980, que fue el año en el que la Asociación Americana de Psiquiatría publicó el DSM III, la mayoría de los episodios depresivos se entendían como algo autolimitado, esto es: que se resolverían por sí mismos con el tiempo. Esto era particularmente cierto en los episodios asociados a los reveses de la vida. Pero en el DSM III, la depresión se reconceptualizó como una enfermedad cerebral, independiente de los eventos de la vida, y de ése modo las dificultades que experimentan las personas en la vida de repente se convirtieron en la provisión para un diagnóstico de depresión, y el consiguiente tratamiento de esta “enfermedad”. De esta forma la psiquiatría invita cada vez a más y más gente a su carpa terapéutica, por decirlo de algún modo. Y una vez que una persona está bajo la carpa terapéutica, existe el riesgo de que el tratamiento farmacológico que recibe le resulte discapacitante. Así que de repente tienes una fórmula para crear un incremento en el número de personas discapacitadas por depresión. Las fronteras diagnósticas ampliadas junto con tratamiento farmacológico convertirá a algunas personas que en un pasado hubieran tenido un episodio de depresión del que se hubieran recuperado en enfermos crónicos. La “locura” de esta epidemia reside en esa fórmula.

4. En el pasado la medicina y la salud pública se enfrentaron al reto de erradicar o reducir drásticamente las epidemias infecciosas que causaban enfermedades agudas de rápida progresión. Cuando aparecían los síntomas se aplicaban los remedios conocidos. Hoy las cosas han cambiado radicalmente: vivimos en la era de la medicina preventiva y de las enfermedades crónicas y todo el mundo parece vivir obsesionado con su salud. ¿Cómo han afectado estos cambios han a la forma en que se diagnostican y se tratan las enfermedades mentales? ¿Tal vez aspiremos al “Soma” del Mundo Feliz de Huxley?

 

Realmente ésta es la historia del ascenso de la industria farmacéutica. La industria farmacéutica creció a lo alto y a lo ancho desde la Segunda Guerra Mundial, y eso se debió en gran medida a la introducción de los antibióticos y a la capacidad de producirlos en masa. Hubo otros  avances en el tratamiento de las enfermedades infecciosas agudas, y de repente parecía que las compañías farmacéuticas nos iban a proporcionar una “mejor vida a través de la química”. Podrían ayudarnos a vivir más tiempo, y darnos medicamentos con los que podríamos controlar nuestros niveles de colesterol, y así sucesivamente, y pronto tuvimos los muchos esfuerzos de la medicina preventiva tan habitual hoy en día.

En el campo de la psiquiatría, el punto de inflexión se produjo en 1980, cuando la Asociación Americana de Psiquiatría publicó el DSM III. Aquel fue el momento en que se adoptó un modelo de “enfermedad” para clasificar y tratar los trastornos mentales, y se adoptó este modelo, incluso aunque expandiera enormemente las fronteras diagnósticas hasta lo que ahora se consideran enfermedades. La APA y la industria farmacéutica promovieron entonces este nuevo modelo en todos los países desarrollados del mundo, y eso realmente nos dio una nueva filosofía vital.

Nosotros – el público – hemos sido aleccionados para supervisar nuestra mente y nuestras emociones y, si sentimos angustia o alguna emoción incómoda, se nos anima a pensar que algo debe estar mal dentro de nosotros, por lo que debemos buscar tratamiento para dificultades que, en el pasado, habrían sido vistas como una parte normal de la vida.
Y ahí está el gran cambio.

En el pasado, solamente un pequeño porcentaje de la población se consideraba “mentalmente enfermo”, y prácticamente todo el mundo entendía que estar vivo era enfrentarse en ocasiones con emociones difíciles, pensamientos difíciles, y así sucesivamente.

No creo que aspirásemos al Soma del Mundo Feliz de Huxley, donde podríamos encontrar una droga placentera, pero sí creo que la industria farmacéutica ha comercializado sus antidepresivos de esa manera. Como escribió Peter Kramer en Estados Unidos en su libro “Escuchando al Prozac”, este era un medicamento que podría hacer que algunas personas se sintiesen “mejor que bien.” Y ahora tenemos a más del 10% de la población tomando antidepresivos, aunque creo que es justo decir que para mucha gente, los medicamentos no cumplen con la promesa de hacer que uno esté “mejor que bien”.

5.- ¿Qué aconsejaría a cualquier paciente potencial? Es decir, si alguien siente malestar, se siente mal emocionalmente, o incluso han experimentado una alucinación, qué debería hacer? Lo primero, lo más obvio y responsable, sería aconsejarle que consultara a su profesional de la salud, pero…. ¿No sería eso un poco como jugar a la ruleta rusa?

 

No me gustaría dar consejos a cualquier paciente potencial sobre lo que debiera hacer; porque no es mi papel. Lo único que puedo decir es que recibir un diagnóstico y comenzar a tomar una droga psiquiátrica es algo que no debe hacerse a la ligera. El diagnóstico puede cambiar tu percepción de ti mismo, y el medicamento cambiará tu cerebro, y una vez tomas un medicamento psiquiátrico, puede ser difícil dejarlo.

Creo que para cualquier persona en esa posición podría hacerle bien entender esto: que la decisión de qué hacer – y dónde acudir en busca de ayuda- es de una gran trascendencia.

6. Uno de los problemas con los medicamentos psiquiátricos es que parecen terminar causando los mismos síntomas que tenían que hacer desaparecer, exacerbados. Llegado un punto el paciente tiene que dejar los medicamentos para acabar con la enfermedad, ya que los fármacos en sí acaban por convertirse en la enfermedad misma. Pero cuando el paciente deja la droga ha de pasar un calvario para el que no hay alivio, a menos que temporalmente recaiga en la medicación. Hemos creado, en resumen, una gran cantidad de adictos para los cuales fue fácil (casi obligado) entrar en un carrusel de medicaciones (con un poco de ayuda de muchos profesionales), pero muy difícil salir, y además sin el apoyo terapéutico y moral necesarios. ¿Qué puede hacer los que están encerrados en esa celda invisible de sobredosificación crónica?

Creo que esto es algo sobre lo que todas las sociedades necesitan reflexionar. Las drogas psiquiátricas obtienen la aprobación para su comercialización si demuestran que disminuyen el síntoma de referencia de un trastorno  mejor que un placebo, al menos en un pequeño grado. Sin embargo, la investigación ha demostrado que los fármacos en última instancia, inducen cambios en el cerebro que son lo contrario de lo que se pretendía originalmente. Los investigadores señalan que las drogas inducen una “tolerancia de oposición”, y hay una considerable evidencia de que esto aumenta la cronicidad de los trastornos y los riesgos de deterioro funcional.
Y ahora se saca el conejo de la chistera. Esto a su vez puede conducir a la polimedicación, que añade una droga detrás de otra. Entonces, y dado que el cerebro de la persona se ha acostumbrado a la presencia de la droga, abandonar las drogas psiquiátricas es muy difícil. La persona puede experimentar síntomas de abstinencia terribles, y por tanto terminan atrapados: la persona puede no estar bien con la droga o drogas que toma y, sin embargo, tampoco puede dejarlas.

Entonces, ¿cómo podríamos ayudar a quienes se encuentran en esa situación? La psiquiatría realmente no ha desarrollado protocolos para proporcionar este tipo de ayuda, y por tanto los que están en ésa situación terminan por valerse por sí mismos, terminando a menudo por buscar algo de ayuda en Internet. La sociedad tendría que atender a este problema y desarrollar algunas soluciones.

7.-¿En qué está trabajando ahora?

Después de que se publicara Anatomía de una Epidemia, co-escribí un libro titulado La Psiquiatría bajo Influencia, que mira a la psiquiatría americana desde la óptica de la corrupción institucional. Más allá de eso, mi vida profesional ha sido absorbida por este asunto de las drogas psiquiátricas y su impacto en la sociedad en su conjunto. Llevo una webzine llamada madinamerica, que está destinada a servir como un foro para “repensar” la psiquiatría, y es de destacar que ahora tenemos lectores en todo del mundo. Esto evidencia, creo, cómo la “sociedad después de la sociedad” está tratando de comprender por qué, a medida que adoptan las prácticas psiquiátricas modernas, la carga de la enfermedad mental en sus sociedades sube. Asimismo paso buena parte del año viajando, hablando también de estos temas.

  • Germánico

    Tu escepticismo está más que justificado.

  • pvl

    La psiquiatría al igual que la psicología se centran en el estudio de la mente, cuyo conocimiento, hoy por hoy, sigue siendo extremadamente limitado. Recordemos que no hace demasiado y aún hoy en día, una pseuciencia como el psicoanálisis era considerado como la teoría dominante en la materia. Eso sería el equivalente a que la astrología se estuviera aplicando en cosmología o la alquimia en farmacología y en el resto de la industria.
    Por lo tanto, y sin negar los avances producidos en el estudio de la mente yo soy extremadamente escéptico en cuanto a que los tratamientos psiquiátricos tengan una base científica demostrada.

  • Germanico

    La inflación diagnóstica ha aumentado enormemente el número de personas etiquetadas como depresivas, aunque dudo que haya afectado al número de depresivos mayores detectados, ya que los criterios diagnósticos son más exigentes.

    Por lo que se refiere al número de depresivos profundos puede que haya aumentado por una vía indirecta: diagnosticados originariamente como depresivos, y trastornado su cerebro por los psicofármacos, al retirar estos últimos pueden tener brotes de la enfermedad explosivos.

    Y así, por la vía farmacológica, pasan de una leve melancolía que dejada a su suerte probablemente hubiera remitido, a una depresión profunda.

    No creo que la proporción de depresivos profundos originarios se haya incrementado significativamente, incluso teniendo presente los numerosos factores ambientales de la vida moderna que pueden de algún modo precipitar estados ansiosos y depresivos.

  • oembuchado

    Muchas gracias por la entrada. Muy interesante y sugerente. Parece que lo único inadmisible hoy en día es reconocer lo poco que sabemos de determinadas áreas y, en especial, de nuestra mente.

    Por poner un pero a la entrada, el artículo parece indicar que en lo fundamental no hay hoy más enfermos mentales que antes, aunque sí sean más numerosos los diagnosticados. Pero, ¿es realmente así? ¿No es superior el número de depresivos hoy (depresivos auténticos, no me refiero a personas que simplemente están bajas de ánimo, tristes o abatidas)? Por otro lado parecen indicarse las limitaciones de los tratamientos farmacológicos a la hora de tratar enfermedades mentales. ¿Alguna sugerencia de por qué esto es así?

    Saludos.