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Telediarios, sombrillas y turistas

escrito por Miguel A.Velarde 6 septiembre, 2016
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No se puede presentar un informativo sin saber poner una convincente cara de preocupación.

Pues ahora que van acabando las vacaciones de verano, debo confesar uno de mis vicios más ocultos. Sí, aunque pueda resultar una actividad autodestructiva y masoquista, de vez en cuando veo las noticias que distintas cadenas de televisión se empeñan, con poco reconocido esfuerzo, en seguir emitiendo en fechas estivales.

Y es que tiene su mérito gastar tiempo y dinero en algo que, es evidente, creen que nadie va a ver. Lo que tiene consecuencias la mar de interesantes que no me resisto a comentar.

Porque está claro que independientemente de la posición del planeta en su órbita y del calendario laboral, siguen ocurriendo cosas en el mundo. El problema está cuando quien debe decidir cuál de ellas contar en unos minutos, no está muy seguro de si habrá alguien en el país a quien le interesen en absoluto. Y es que si por casualidad hay algún despistado ante el televisor, tampoco es cuestión de espantarlo con esas cosas baladíes y aburridas.

Ya, ya. Resulta que en extremo oriente, en aguas en disputa, las patrulleras japonesas y chinas llevan meses embistiéndose, para luego intercambiarse amistosa y fraternalmente prisioneros y heridos. Pero donde estén las de aquí, que se quiten esas fiestas populares asiáticas tan raras.

Vale, puede que tanques rusos hayan entrado en Moldavia y que se intensifique su presencia en Ucrania. Como si no hubiera movimientos de gente y vehículos aquí cerquita, con las operaciones salidas y llegadas.

Sí, que la guerra en Yemen se está librando en territorio Saudí, pero eso está muy lejos y hace mucho calor; ya hablamos suficiente de los moros con eso de que si el burkini sí, el burkini no.

Pero no crean que voy a ponerme aquí a quejarme de que las empresas de noticias no nos cuenten lo importante, o de que exista una conspiración (me encantan las conspiraciones, sirven lo mismo para un roto que para un descosido) para mantener al Pueblo (perdón, que ahora se llama La Gente) en la ignorancia. No, qué va. Personalmente creo que cada cual tiene derecho a emitir en su televisión lo que le parezca bien. Como si sólo quieren poner programas sobre subastas y extraterrestres, y llamarse nosequé de Historia.

Lo que resulta llamativo es lo que esas cadenas de televisión consideran que es interesante para sus hipotéticos espectadores. Porque al fin y al cabo, de eso se trata, y mucho más en periodos donde la mayor parte de sus usuarios están de vacaciones: intentar que el despistado que por casualidad se encuentre en ese momento frente a la pantalla, no la apague para irse al chiringuito a por un tinto con limón y una ración de chipirones.

El sistema, aparentemente, consiste en contar lo que creen que puede indignar al espectador medio, y ello da una muestra de la forma de pensar del mismo. Aunque en vista de lo visto, espero fervientemente que lo que indique, sea lo que los directivos de las cadenas creen que es la forma de pensar de mis conciudadanos, y que estén equivocados.

Una pequeña visión de esos eventos y problemas acuciantes que son noticia en verano, hace que uno empiece a entender muchas cosas sobre la situación española. Para empezar, podríamos acordarnos de las famosas (sí hombre, sí; no se hablaba de otra cosa) despedidas de solteros, pero no de todas, sino de las que en un noticiero llegaron de calificar como ilegales. Sí, estimado lector. Como si hasta para irse de juerga hubiera que pedir una autorización administrativa, supongo que con la previa comunicación a la Agencia Tributaria y su correspondiente tasa.

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Esto da muy mala imagen en mi pueblo. ¡Múltese!

Resulta que hay una masa de individuos indignados porque ciertos pueblos y determinados barrios se han puesto de moda para celebrar despedidas de solteros. Y es que resulta que hay gente a la que le va el exhibicionismo, beber y hacer el ridículo. Y claro, molestan a quienes no creen que se deba ir por la calle con disfraces horteras o cantando.

No seré yo quien niegue que la falta de educación es uno de los males de nuestro entorno. Y no me refiero a la falta de buen gusto, que es un asunto meramente personal y cuestión de modas, sino a esa ausencia de criterios básicos necesarios para, pudiendo elegir entre varias conductas, se escoja una que no cause perjuicios innecesarios a terceros, ni provoque a otros una molestia más allá de lo razonable.

Y en el lado contrario, esa falta de educación se refleja también en una patológicamente excesiva sensibilidad, complementada con la negativa a admitir que existe ese límite razonable por debajo del cual, las molestias sí son asumibles.

Y una vez asentados todos en esa falta de educación, pasamos al siguiente paso: la incapacidad para asumir conflictos entre seres humanos. El hecho de que el ciudadano haya renunciado a su capacidad de resolver sus problemas, para asumir voluntariamente el papel de niño indefenso que debe ser protegido por un poder superior. Y aquí entramos de fondo en la polémica.

Porque por un lado unos hosteleros, tras estudiar su política comercial, han decidido que no van a celebrar ese tipo de eventos, ya que su negocio se orienta a otro tipo de clientela. Pueden estar acertados o errados, pero es su derecho. Y todos las televisiones se lanzan a sacar declaraciones de los vecinos aplaudiendo a estos empresarios.

En cambio otros, haciendo uso del mismo derecho que los anteriores, siguen acogiendo las fiestas de quien así se lo solicita. Y ahora salen las entrevistas (unos dos segundos por cabeza) a indignados lugareños, todos con idénticas quejas.

Y es que “¡Que pasen por tu calle celebrando una despedida de esas!”, es el argumento demoledor que ha hecho que algunos ayuntamientos entren a prohibir como locos, que es lo que más les gusta. Porque junto con las prohibiciones llegan las jugosas multas, claro.

Ya existían en todas partes ordenanzas (detalles, detalles) sobre ruido que podrían usarse para evitar problemas de este tipo, claro, pero no se puede desperdiciar una buena oportunidad, porque lo esencial, el bien público atacado por los juerguistas no es el ruido, sino la imagen del lugar. “Es que dan muy mala imagen de este pueblo”, repiten unos y otros. De modo que los agentes municipales se reconvierten en policía moral y van multando a quien no se encuentre vestido de acuerdo a la moral y la decencia debida. ¿Qué es eso de llevar en la cabeza un muñeco de goma con forma de falo sonriente? ¡Múltese! ¿Y ese señor calvo y barrigón vestido de colegiala? ¡Múltese!

Y así, amigos, de la mano de los alcaldes catetos, por la puerta de atrás, pasito a pasito, se abre de nuevo la veda a la regulación moral de la sociedad. Seguimos con la lenta pero incansable erosión de los principios básicos de nuestra civilización.

¿Quién le iba a decir a ese tipo con resaca y vestido de mamarracho que, haciendo lo posible por divertirse, está defendiendo un bien superior?

Pero sigamos con algo relacionado. Pasamos de unos juerguistas a otros también con ganas de divertirse, aunque de otra forma. Porque este año ha sido el de la caza mediática al turista. Ese ser malvado que viaja lejos de su casa sólo por fastidiar y que únicamente trae consigo tragedias y horrores… O al menos eso es lo que se deduce del perfil que hacen de él en televisión.

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Que por tu calle camine gente rara que quiere divertirse y gasta su dinero como quiere, es una tragedia.

Podríamos comenzar en Barcelona, donde en apoyo a las medidas contrarias a los derechos fundamentales de su ayuntamiento, diversos medios han salido a quejarse de lo que sufren muchos vecinos ante una avalancha de personas que no hablan como ellos, que visten raro, sacan fotos y son muchos, así que no se puede caminar bien por la calle. Y es que se diluye la forma de vida tradicional de los vecinos del lugar, las viejas tiendas se reconvierten en servicios a los forasteros… Una tragedia.

Alguien podría pensar que semejante retahíla de argumentos sólo podrían salir de mentes retrógradas, aldeanas, pueblerinas, e incluso reaccionarias.

Y efectivamente, así es.

Algo parecido pasa con algunas playas de nuestro litoral. La noticia viene a estructurarse más o menos así: con la imagen de una idílica y solitaria (seguramente rodada en invierno o muy temprano) cala, se ponderan su belleza, la limpieza de sus aguas y su fina arena. Luego cambia la cosa y sale el mismo lugar repleto de familias disfrutando del mismo. La voz del locutor, con un apreciable tono de pesadumbre, cuenta como ahora no se puede apreciar ninguna de sus virtudes porque a los bañistas les ha dado por ir allí.

Me resulta especialmente tierna la aparente contradicción entre alabar un lugar y quejarse de que otros quieran visitarlo. Es en realidad la sincera confesión de ser un elitista a quien fastidia que otros disfruten como él. “Sólo yo tengo derecho a ir a esta playa, porque soy mejor que el resto, y sí capto todas sus virtudes”. Ah, claro, y “dan mala imagen al lugar”, no lo olvidemos.

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Pobre gente que no sabe cómo divertirse… ¡Obliguémosles a hacerlo como a mi me gusta!

Luego salen algunos entrevistados mostrando lo mala que es la envidia: “Una señora que tiene una casa cercana, cobra 1 euro por aparcar en su terrenito”. Indignante, por supuesto. Es tirar los precios. Aunque creo que no se quejan por eso, por supuesto.

Claro que luego preguntan a otros veraneantes felices, y no parece que tengan inconveniente en tener cerca a individuos de su misma especie. Especialmente los que tienen una tiendecita o un bar cercanos. Será que no están suficientemente concienciados.

Sobre los lamentos porque las cosas no sean acordes con los deseos de quienes piensan que son mejores que el vulgo, y los intentos por obligar a que así sea, ha habido mucho más. Porque todo el mundo sabe que eso de ir a la playa es muy vulgar. Y si no se puede evitar ir a semejante lugar, la única forma correcta de disfrutarla es… No sé… contemplar el atardecer en completa e introspectiva soledad, o como mucho, dar algún paseo con ropajes blancos y vaporosos.

O vayan ustedes a saber qué, porque si bien cada cual tiene su idea de lo que de verdad le gusta hacer en sus momentos de ocio, parece que eso no lo entienden los reporteros de guardia, ni lo que es peor, algunos ayuntamientos.

No. Lo que se lleva es la guerra a las sombrillas y toallas. En algunas localidades, se espera que el turista sufra estoicamente una insolación y quemaduras graves, y se abstenga de colocar tan antiestéticos artilugios (“dan muy mala imagen”). Y si opta por usarlos, no se le ocurra dar un paseo por la playa o bañarse junto a su pareja y sus hijos, no. Alguien debe quedarse de guardia, triste y solo, o se arriesga a que un agente de la autoridad le hurte sus pertenencias y además (¿no lo adivinan?) le casque una multa.

Aunque a mí, el caso que más me gustó fue el del ayuntamiento (¿o era un hotel? Tanto da: que sea la propia administración o un amiguete apoyado por aquella) que colocó unas bonitas sombrillas y tumbonas en la playa, por las que cobrar por horas a los turistas. Pero éstos (los muy desagradecidos), en lugar de pagar, prefirieron llevar sus propias sombrillas y sillas, y además ponerlas más cerca de la orilla. ¿Es admisible tamaña ingratitud e insolidaridad? ¿Se puede culpar al consistorio por prohibir que se coloque nadie entre las preciosas (y de diseño, no lo olvidemos) tumbonas municipales y el agua, so pena de (¿a que ya lo saben?) una multa? Por aquello de que se da mala imagen, ya saben.

Lo peor no es el hecho en sí, como tampoco el tratamiento dramático del asunto en un noticiero. Lo que da cierto miedo es el vecino del pueblo en cuestión, sufriendo la medida pero aplaudiéndola porque ”no puede ser que la gente haga lo que quiera, así sin ningún orden, y sin atender lo que diga el ayuntamiento; que si decide esas cosas, seguro que tendrá sus razones”.

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Y bueno, hay más. Mucho más. Podríamos seguir con lo mucho que fastidia que haya personas que se diviertan como quieran, y lo que ya es impensable, que ello no conlleve un gasto de dinero público, sino un beneficio para una empresa (evidentemente hablo de Pokemon); o con la apocalíptica y sorprendente circunstancia de que en verano haga calor.

Pero mejor lo vamos a dejar por ahora, que ya me estoy alargando mucho y he abusado demasiado de su paciencia. En otra ocasión quizás comente otros detalles mediáticos, como el sorprendentre criterio según el cual, para evitar el pánico y la islamofobia, en lugar de exponer un hecho sencillo (que un mínimo porcentaje de la población musulmana de Europa, alrededor de un 0,0002%, son fanáticos radicales dispuestos a cometer atentados con métodos que demuestran que su causa está acabada, si nos mantenemos firmes en nuestras convicciones), se empeñen en tratar de convencer que estamos ante una epidemia de locura homicida que obliga a las víctimas (esos mismos musulmanes así al azar), cual virus de película de zombis, a acuchillar a la gente gritando consignas de su religión.