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Burkas y bikinis, minifaldas y burkinis

escrito por Luis I. Gómez 18 agosto, 2016

Hasta hace apenas 60 años -antesdeayer, como quien dice -, se enseñaba a las jovencitas europeas a mantener la mirada baja para evitar el contacto visual. Mirar a alguien a los ojos estaba reservado a los “iguales”. Como parte de la tradición bíblica instaurada en el famoso “Y Adán reconoció a Eva, su mujer”, no creo necesario hacer un ejercicio teológico-exegético para que todos comprendamos la íntima relación entre “ver”, “reconocer” y “sexo” que impregna los entresijos de las culturas basadas en el antiguo testamento (apunto que no se trata sólo de la judía o la cristiana, también la musulmana).

El burka, por ejemplo, nace para proteger a los hombres y las mujeres de esas miradas -ellos actores, ellas objeto- que apenas son el prólogo del apetito sexual. Miradas profusamente retratadas en la literatura musulmana durante siglos de forma tan elocuente como en ninguna otra literatura en el mundo. Los defensores a ultranza del burka saben lo que no quieren: el encuentro de gentes libres en espacios libres con miradas limpias. Esto incluye la posibilidad de sentirse atraído por el de enfrente hasta el punto de desear desprenderse de todas las prendas hasta la desnudez. Pero también la posibilidad de mirarse en condiciones de igualdad con el único fin de reconocerse sin que  estallen el amor o el deseo sexual.

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Las miradas… las religiones… Ya en el siglo XVII, el filósofo Inglés John Locke había desarrollado la primera crítica a la intolerancia religiosa. Según él, el Estado puede, ciertamente, restringir las acciones de las personas, pero nunca interferir en sus creencias religiosas. John Stuart Mill, otro gran pionero del liberalismo, desarrolló aún más este concepto, al formular el llamado “principio del daño”. Para Mill,  la autoprotección era la única razón legítima por la que estaría legitimada la limitación de la libertad de acción de un individuo. Siguiendo este principio, sólo se podrán establecer prohibiciones y censura en aquellos casos en los que lo prohibido/censurado suponga un daño directo a los demás por las acciones de otro u otros. El concepto “daño” fué  concienzuda- y deliberadamente limitado por Mill:  daño existe sólo si amenaza con interferir con una probabilidad rayana en la certeza en el bienestar de otro. El mero desagrado o el estado de sospecha que pudiera generar un acto religioso – como llevar un burka en público – queda explícitamente excluído del ámbito de lo prohibible según Mill.

Bien, no hace tanto tiempo que las feministas quemaron sus sujetadores en público como un símbolo de la opresión masculina. Se negaban a llevar minifalda y zapatos de tacón alto, debido a que estas prendas atraían la “mirada masculina” alimentando y contribuyendo a la “objetivización” de las mujeres degradadas a sujetos sexuales, disponibles en cualquier momento -gracias a la píldora- al acto  sexual, entendido este como “posesión”. Las mujeres también pueden equivocarse, incluso cambiar de opinión. Las mujeres son – por un lado – siempre objeto de deseo y por lo tanto sometidas a las expectativas masculinas; por otro lado pueden eludir estas expectativas y hacerlo de diversas maneras, con diferentes estrategias. Una mujer con bikini puede señalar con él que es consciente de su poder sexual sobre los hombres y explota ese poder de manera consciente: puede decir sí, puede decir no, ella elige pareja; una mujer con un pañuelo en la cabeza tal vez solo pretenda señalar a los hombres que no tiene ninguna intención de que “entren a ligársela”.

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¿Y si resulta que la mujer está obligada, contra su voluntad, a llevar bikini o burka? peor, ¿y si llevar bikini o burka obedece a una imposición machista fruto de la politización de una determinada tradición? No me cabe la menor duda de que hay muchas mujeres musulmanas que desearían poder elegir su vestuario lejos de las “normas” dictadas por sus padres, hermanos o maridos. Pero tampoco me cabe la menor duda de que hay un gran número de ellas que llevan prendas como el burka por convencimiento religioso propio, del mismo modo que aquellas que se ponen un bikini lo hacen desde su autoestima ganada tras muchos años de lucha por los derechos de igualdad (no dejen de leer el magnífico artículo de @Lolacebolla enlazado). La ley debe protegerlas a todas ellas. Debe proteger a las que deciden bañarse ataviadas con un bikini y a las que deciden hacerlo con un burkini. Debe proteger a las que sufren agresiones por bañarse en bikini y a las que las sufren por negarse a llevar burkini.

No es cuestión de reclamar un “derecho al bikini” o un “derecho al burkini”, se debe reclamar el derecho de cada mujer a llevar la ropa que le plazca. Y el derecho de hacerlo sin sufrir ninguna presión más allá de su propios convencimientos. La solución no pasa por prohibir los bikinis y los burkinis, las minifaldas y los burkas. La solución pasa por defender hasta las últimas consecuencias lo que nos caracteriza como democracias liberales: la protección de las minorías, la consagración de la libertad individual y la imperturbable persecución legal de quien (y no de “lo que”) atenta contra ella, como nos decía Stuart Mill más arriba.