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Crónica de un Futuro Incierto: Reinventarse o Morir

escrito por Germanico 5 agosto, 2016

parados-jrmoraEra un día en medio de mi paro de larga duración en el que me encontraba particularmente pesimista respecto a mis perspectivas futuras. Recuerdo haber ido a casa de unos vecinos a recoger algo, no importa el qué. Ella, psicóloga dedicada a cursos de “formación”, me abrió la puerta para entregarme aquello a por lo que sea que hubiera ido. Iba yo a marchar cuando me preguntó por mi situación, de la que algo sabía, con carácter general. Le dije lo que había: pocas perspectivas, poca ilusión, y un talento acaso mediano pero en cualquier caso desaprovechado. Ante mi respuesta tuvo la oportunidad de emitir una de esas frases de su repertorio profesional, con algunos giros apropiados a la persona y al momento, que es probable pensase era oportuna, adecuada y estimulante. Se resumiría muy sencillamente con la fórmula: ¡Reinvéntate!

Salí de su portal, en dirección al mío, preguntándome en que consistiría exactamente eso de reinventarse. No mucho antes había leído un libro de un autor español con el mismo título: “Reinventarse”. Era un conjunto de anécdotas irrelevantes aderezadas con algunas frases simplonas. Al final ninguna pista, ni en las palabras de mi vecina ni en las del autor del libro sobre en qué consistía exactamente eso de reinventarse.

El marketing de la Autoayuda está encaminado fielmente a ayudar a sus autores. Vender libros, impartir cursos y conferencias, asesorar, realizar labores de consultoría. Se supone que un ejército de motivadores y consejeros para mejorar nuestras actitudes y aptitudes sociales se encuentra al servicio de una sociedad enferma de pusilanimidad y anomia. Tanta precariedad laboral cuando no un desasosegante paro en medio de un desierto de oportunidades no son tan malas, después de todo, para quien asegura que crisis es oportunidad (para él o ella).

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En particular, cada uno de los motivadores, en la relación que establecen con cada uno de nosotros, se entiende como una especie de entrenador personal de nuestra mente social, que nos ayuda a canalizar nuestros impulsos hacia un comportamiento más productivo y satisfactorio. Sea como fuere quien de seguro gana en esa relación comercial es el que presta el servicio. Si algo obtiene quien por él paga después de la relación se puede fácilmente sobreentender que es en alto grado debido a dicha relación, que lo fortaleció, y que en nada o en muy poco influyeron factores como el azar, la oportunidad o cualesquier actitud o aptitud previa que pudiera tener el –importe mediante- asesorado. La psicoterapia, a pesar de sus indudables flaquezas, se extiende más allá del diván del psicoanalista para ocupar todo el espacio social representado por el mundo laboral. No lo sabíamos, pero por lo visto necesitamos a ésa gente.

Hace no mucho que, ya trabajando de nuevo, y no habiendo conseguido el trabajo precisamente reinventándome, todo sea dicho, leí un libro bastante ameno titulado: “Sonríe o Muere: La Trampa del Pensamiento Positivo”. En él la periodista americana Barbara Ehrenreich relata no sin humor cómo el llamado Pensamiento Positivo llegó a apoderarse de su país, EEUU, tomando al asalto las empresas, teniendo por toda arma una sonrisa vacía y mil promesas cuyo cumplimiento jamás podría constatarse.

Leí el otro día en el blog La Lógica del Titiritero una reseña del libro escrita hace unos años, y me decidí a hacer un comentario. Pablo Rodríguez Palenzuela, autor de la reseña, no ha mucho regresado de una larga estancia en EEUU por entonces, señalaba que en España no podíamos hacernos una idea cabal de la magnitud de la influencia del fraude nada inocente del pensamiento positivo en la sociedad americana.

41IiKAxMPrL__SX315_BO1,204,203,200_Quizás por los años transcurridos desde que hizo la reseña, o quizás porque muy probablemente ya desde entonces se hubieran filtrado galones de agua ionizada positivamente en nuestras instituciones, empresas y consciencias, el caso es que discrepé levemente respecto al impacto del pensamiento positivo en la sociedad y la economía de mi país y, en consecuencia, de nuestra capacidad para percibir en qué consistía exactamente.

La crisis que nos aqueja, y que no muestra en absoluto signos de debilidad, es verdaderamente una OPORTUNIDAD para los que imparten cursos o venden libros de mejora personal. Una crisis que más que a la especulación financiera, que ya tuvo su gran descorchado de champán, responde al espectacular desarrollo tecnológico que subterráneamente ha ido convirtiendo a los trabajadores en su mayor parte en objetos obsoletos, cuando no en simples movedores de manivelas de la gran maquinaria incomprensible que genera la producción, como el protagonista de 1984.

libro-el-fin-del-trabajo-jeremy-rifkinEn El Fin del Trabajo el economista Jeremy Rifkin presagiaba, ya a principios de los 90, que lo que ahora es evidente terminaría por suceder. El panorama desolador que deja un sistema productivo intensivo en capital es el de una gran parte de la “fuerza laboral” en situación de precariedad o de paro permanente. Solamente unos pocos trabajadores muy cualificados o quienes tengan la suerte de participar en ese gran emporio de seguridad en el empleo del Sector Público tendrán cabida en la sociedad “de la información”. El resto corre el riesgo de acabar con su alma en pena vagando por diversos trabajos extenuantes y mal remunerados para sacar adelante sus cada vez más insufribles existencias en medio de una abundancia y una libertad vacías.

Lo sé: este no es un foro de lloricas. Aquí tampoco se peca de pesimismo respecto al mercado y sus posibilidades de llevar las cosas de nuevo a un cauce de creación de riqueza para todos. Algunos sostienen que el modelo se ha agotado. Desde luego los socialistas y los amigos del Estado están de enhorabuena porque ya pueden culpar al capitalismo de la debacle económica en la que estamos enfangados. No ha hecho falta que presenten pruebas a favor de las bondades del Estado intervencionista y tutelador, del Estado Grande y Poderoso. En cualquier caso no tendrían muchas que presentar. Basta que el enemigo haya caído, o, más bien que se le achaque la caída, para hacer rápidamente de ello leña para calentar a unos pocos a la escasa lumbre del Estado Providencial.

Igual, en el sector privado, tenemos a los motivadores. Dentro y fuera de las empresas encuentran su público ávido de escuchar que los fracasos nos harán más fuertes, siempre y cuando sepamos mantener una actitud mental positiva y plena atención.

Pero la realidad parece ser la de una sociedad y una economía en las que, al margen de que las señales están algo distorsionadas por la acción de agentes públicos, no parecen capaces de absorber la creciente marea de “refugiados” expulsados del Jardín del Edén de un trabajo bien remunerado, relativamente estable y capaz de permitir el desarrollo de una carrera profesional coherente. Las máquinas hacen ya el trabajo de la agricultura, de la industria y han reducido notablemente el número de trabajadores necesarios para sacar adelante los servicios.

No creo que esto se arregle a fuerza de libre mercado, y la alternativa socializadora tampoco me parece atractiva. Quizás deberíamos dejar que las cosas siguieran su curso, pero eso resulta muy difícil cuando lo que arrastra la corriente río abajo hacia la catarata son tus intereses y tu futuro.

La mente humana no va a cambiar en una década porque reaccione metafísicamente frente a un mercado laboral que tiene casi todas las puertas cerradas. Tampoco va a cambiar nuestra mente tras una revelación, tras una catarsis inducida por los que pretenden convencernos, talón mediante, de que obtendremos lo que queremos con sólo desearlo con mucha intensidad y pedirlo con mucha simpatía y empatía.

Somos animales sociales, políticos y de costumbres….etc etc. Pero por encima de todo somos, mal que les pese a muchos de nosotros, animales. Y a cualquier animal al que le pongas en una situación crítica luchará o huirá, puede que en nuestro caso particular aguce el ingenio un poco, pero no más allá de los estrechos límites de nuestra mente primate. No nos podemos reinventar. Eso sería como convertirnos de repente en otra especie más exitosa por una mutación de grandes repercusiones, algo que tiene más que ver con la ciencia-ficción, o con los comics de superhéroes, que con la ciencia. Quizás nuestra suerte cambie, y al tirar una moneda al aire 10 veces seguidas tengamos 10 caras, y eso nos haga sentirnos más en paz con nosotros mismos y con nuestro mundo, y creer que esa sensación autocomplaciente es un espíritu renovado, pero nada de eso tiene que ver con una verdadera transformación interior. Dicha transformación no se produce nunca. Nos desarrollamos de acuerdo con nuestros ritmos biológicos de un modo casi predecible. Envejecemos y morimos.

La trampa del pensamiento positivo consiste en creer que nuestros éxitos y nuestros fracasos tienen más que ver con nosotros que con nuestro contexto. Consiste en un olvido sistemático de los factores ambientales. Por otra parte, lo que yo llamaría la trampa del paternalismo, consiste en creer justo lo contrario, que la gente tiene éxito o fracaso según sus circunstancias, sin influir en nada su personalidad o sus genes, que, de alguna forma, todos somos iguales y merecemos las mismas oportunidades y derechos y libertades. Tabla rasa.

Puede que entre las dos hagan pinza para aplastar como si de una alimaña se tratase a nuestra pobre mente de monos, mientras nosotros, confusos con toda esa presión, nos arrimemos a la ventana de uno de los últimos pisos de la babilónica torre de una civilización a punto de caer por su propio peso, pensando si arrojarnos al vacío antes de que ésta se desmorone con nosotros dentro.