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La feria de Sevilla y la dignidad del pato Donald

escrito por Miguel A.Velarde 12 abril, 2016

Ponis 1Cualquiera que conozca la feria de Sevilla sabe que una de las atracciones más populares entre los niños era la de los ponis (“los caballitos ponis”, como solían anunciarla por megafonía). Desde hace décadas, los más pequeños siempre esperaban ir con sus padres a la calle del Infierno, para poder cabalgar unos minutos, sin gran peligro, sobre unos animales mansos que caminaban girando lentamente en su entarimado.

Sin embargo, este año parece que el síndrome de Walt Disney ha alcanzado al ayuntamiento de Sevilla, en la que quizás fuera la única tara que faltaba por aflorar. Por vía de urgencia, el nuevo gobierno socialista-podemita (se llaman Participa Sevilla, pero era cuando los pablistas no se atrevían a acudir a las elecciones con su nombre, porque no se fiaban del todo de los flipados con los que iban a poder rellenar sus listas) ha prohibido las atracciones de ponis, porque los pobres sufren mucho amarrados en el carrusel, sin poder trotar por las praderas entre florecitas y arcoiris.

Dicen los expertos que han consultado los próceres hispalenses que “las prácticas a las que se ven sometidos los ponis en estos carruseles les produce, a pesar de no existir aparentemente violencia física, maltrato emocional que provoca daños y angustia injustificada“.

Ojo a lo de maltrato emocional y a la angustia. Algún malpensado podría creer que se refieren al trato que se da al ciudadano en las oficinas municipales. O en las de la Junta de Andalucía. Pero no, es evidente que están hablando de los pobres équidos enanos. Inocentes ellos, que deben aguantar a los niños, como si de vulgares profesores de infantil y primaria se tratasen. No hombre, no. A los caballos no se los puede exponer a tan estresantes y ruidosos seres.

No, no se preocupen. No me voy a poner ahora a hacer una loa de las tradiciones de la ciudad, algo muy del gusto sevillano, y que comprendo que pueda aburrir bastante a quienes no son de por aquí. Además, si bien las tradiciones me parecen una forma de gestión de la vida social más libre que el decreto, (porque su acatamiento no se imponen coactivamentre y se va formando por los propios ciudadanos, en base a lo que ocurre realmente en su vida diaria, por consenso, podríamos decir usando la terminología que tanto gusta en ciertos sectores), no soy yo precisamente un conservador tradicionalista. Es evidente que la tradición puede modificarse con el tiempo, junto con la evolución de la sociedad que la crea, y por su propia naturaleza no puede amparar determinadas situaciones incompatibles no sólo con los derechos y libertades básicos, sino incluso con la moral generalmente aceptada del momento. Sé que me estoy metiendo en un berenjenal con estos conceptos, pero ya habrá tiempo en otra ocasión de extenderme sobre ellos, con todos sus muchos matices. Hoy hablamos de la feria.

Lo que sí me parece absurdo es que esa moralidad (digamos) comúnmente aceptada como válida, en lugar de evolucionar por sus cauces hasta verse reflejada en el Ordenamiento Jurídico, sea impuesta desde éste. De arriba a abajo, en lugar de desde la base hacia arriba. Es decir, invirtiendo la lógica de la creación del Derecho, e incluso su misma legitimidad, si me apuran.

Pero ya habrá tiempo de hablar del tema. Estábamos en la feria, tras habernos tomado unas copitas de Manzanilla y acompañando a los niños a los cacharritos de la calle del Infierno (para los no iniciados, a la zona donde se encuentran las atracciones).

Y es que como pasa siempre que personas que se creen buenas, se empeñan en hacer el bien usando para ello la imposición de sus criterios vitales sobre los de los demás, se producen una serie de consecuencias generalmente no deseadas, en las que no se habían parado a pensar antes. Luego, tras indignarse por dichas consecuencias (y achacarlas a malvados conspiradores), esas personas de buen corazón se empeñan en imponer nuevas medidas correctoras para ellas, que estropean otras cosas. Y así, la progresión sigue.

Es evidente que cuando un grupo de individuos que alguien malvado y malhablado podría comparar con parásitos (porque viven de nuestro dinero, arrancado vía impuestos, y a pesar de no hacer nada productivo se dedican a inmiscuirse en nuestras vidas de forma coactiva), sin contacto con la vida real más allá de sus teorías o las de expertos de semejantes características, se meten regular la vida de los demás, es imposible que el resultado no produzca situaciones diferentes a las que se habían previsto. De hecho, hay ocasiones en las que las medidas tomadas son un fin en sí mismo, sin que les importe lo más mínimo el resultado o sus consecuencias. Lo que cuenta es la foto, tener contento a un determinado lobby, y a otra cosa, mariposa.

Pero no divaguemos demasiado. Resulta que hay quienes piensan que como a ellos les parecería muy humillante y poco atractivo pasarse el día rumiando y dando vueltas en un carrusel con niños encima, lo mismo les debe parecer a unos herbívoros diseñados artificialmente durante generaciones para efectuar esa tarea.

Fauna europea en su medio natural.

No es su medio natural”, te dicen. “No deberían estar haciendo esas cosas porque sufren”.

No voy a entrar en el nivel de sufrimiento de una determinada especie, ni de lo diferente que tal concepto resulta aplicado a un ser humano, a un gato, o como en este caso, un équido. Eso lo dejo para expertos en el sistema nervioso de los mamíferos. Lo llamativo es que un gobierno municipal se haya visto influenciado por quienes han interiorizado una visión pervertida de los seres vivos. Y me refiero a la humanización ficticia de los animales. El síndrome de Walt Disney.

Y es que tal humanización, lejos de ser muestra de respeto hacia la Naturaleza, no es más que un mero desprecio (disfrazado de buenos sentimientos) hacia esa misma Naturaleza. Concebir un perro como un ser humano es desconocer las necesidades de dicho animal e incluso, usando su mismo lenguaje (el del perro no, no me sean malos), arrancarle a ese animal su propia dignidad.

No tardaremos mucho en que alguien, muy indignado, exija prohibir los dibujos animados del pato Donald, porque se basan en la burla y caricatura de un pato, y a nadie le gusta que se burlen de él ni de su especie. Pobres ánades humilladas por una multinacional malvada y por espectadores a los que no les importa la imagen y la autoestima de las pobres aves. Maltrato emocional. Angustia. Buenos sentimientos…

No creo, además, que a nadie se le escape que hablar de naturaleza en Europa refiriéndonos a un animal domesticado es bastante raro. Casi no queda un sólo herbívoro grande en varios miles de kilómetros a la redonda que no sea el resultado de una selección artificial, con el objetivo de servir de alguna utilidad al ser humano. Salvo muy puntuales y raras excepciones, la población natural de grandes vertebrados se extinguió hace siglos, por lo que desde perros a caballos, todos han sido creados para realizar una determinada función económica. Las variedades de bestias de carga sobreviven para eso. Es evidente que en pleno siglo XXI en Europa, la necesidad de uso de animales de carga prácticamente ha desaparecido. Pero eso nos lleva a una conclusión que no creo que a los animalistas les guste demasiado, y sobre la que volveré un poco más adelante.

Pero es que además, un decreto del ayuntamiento como el que estamos comentando tiene una consecuencia bastante evidente. Hay varias familias (estamos hablando de cinco atracciones) que de buenas a primeras y tras tener su licencia, ven cómo su medio de vida desaparece por una decisión arbitraria. En una muestra de condescendencia propia de otros tiempos (¿el siglo XVI?) el consistorio les ha concedido graciosamente la posibilidad de poner otra atracción en lugar de la de los ponis.

Por supuesto, a esas personas que viven del dinero de los demás, y cuyo sueldo les va a llegar a fin de mes por muy inútiles que sean, ni siquiera se les ocurre lo que significa todo eso en el mundo real. O les trae al fresco, lo que es más grave. Les están diciendo que tiren a la basura la inversión que ya llevan hecha, y en la que se basa su medio de vida, y que consigan financiación para volver a invertir en otro negocio. Y eso sin contar con los conocimientos necesarios para el cambio de atracciones, ni de todos los requisitos burocráticos a los que se tienen que enfrentar.

Luego, los mismos funcionarios y autoridades hablarán de personas en riesgo de exclusión social, y de tomar medidas al respecto.

Donad 1

La intolerable y humillante utilización de la imágen de un ave inocente. Alguien debería tomar medidas…

Y por último, la consecuencia final de la nueva prohibición sevillana es evidente, y contraria a los fines que dicen buscar. Tenemos a unas personas que viven de la explotación de un negocio, basado en el uso de unos animales. Unos animales cuyo mantenimiento genera gastos. Si se prohíbe el uso de los ponis, si ya no se produce ningún ingreso de su uso, nadie va a hacerse cargo del gasto de su cuidado.

¿Qué se creen los idealistas defensores del bienestar animal que va a ocurrirles a esos ponis? ¿Que van a ser liberados? ¿Que van a correr felices por verdes praderas, entre unicornios y mariposas? No, porque esas fantásticas praderas no existen fuera de la mente de ciertos señores a los que no podemos evitar pagarles sus sueldos, y porque las que sí hay, tienen dueño y cuesta mantenerlas.

En su lugar, me temo que los ponis ocuparán un discreto  lugar junto al pájaro dodo, el tarpán, el cerdo chato de Vitoria, la vaca irlandesa  de cuernos largos o el uro. Y todo habrá sido por su propio bien, claro.

Y quizás le tengan que guardar un sitio al pato Donald.

 

  • Lector asiduo

    Como conocedor del comportamiento animal y amante de los equinos. Muy a pesar mío le tengo que dar l razón al ayuntamiento . Gracias por compartir este gran artículo que es de los pocos que no puedo suscribir.

  • Drizzt

    Creo, que esos ponis acabarán en el matadero …

  • Archibaldo Haddock Adhoc

    Afortunamente estos “asnos”, con perdón para tan inteligentes animales, no estaban presentes en épocas pretéritas porque, de haber sido así, habrían impedido el desarrollo agrícola y económico de muchas regiones de España que regaban sus cultivos con en el sistema de acequias activado por norias de tracción animal (mulas, burros, caballos…).

    Está visto que la ignorancia es la madre de la “ecolociencia” 😆.