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Putin se ha equivocado de profesión. O no.

escrito por Miguel A.Velarde 28 enero, 2016
El Nuevo Zar. La Nueva Roma. El viejo ejército rojo.

El Nuevo Zar. La Nueva Roma. El viejo ejército ruso.

Decía un personaje en cierta película de serie B de finales del siglo pasado, que echaba de menos la guerra fría. Uno sabía quién era amigo y quién enemigo. O se estaba con un bando o con el otro. La cosa era sencilla.

Dejando de lado la flagrante simpleza, y sin entrar en disquisiciones acerca de una nueva guerra fría, me gustaría comentar cierto aspecto de quien ha sabido hacerse con el control total de Rusia. Concretamente el éxito que ha tenido en el campo de la publicidad y la promoción de su figura en el exterior. Lo que es un logro, sobre todo porque ha sabido ganarse las simpatías de muchos europeos independientemente de su posición política, cosa que tiene su mérito.

Resulta evidente que Vladimir Putin pertenece a la nueva hornada de dictadores de nueva generación, cuya diferencia con los tradicionales estriba, básicamente, en tratar de mantener la apariencia de no serlo. Ahora, en las primeras décadas del siglo XXI, todo tirano que se precie debe asegurar que su régimen no sólo es una democracia homologable a cualquiera de las de Europa occidental o el mundo anglosajón, sino que incluso es más perfecta.

No creo necesario señalar otros ejemplos, porque a todos nos vienen fácilmente a la memoria algunos países más donde sucede lo mismo. El argumento fundamental, claro está, es que existen elecciones. Evidentemente el análisis se queda ahí, porque la tesis no resistiría el estudio somero del resto de datos, pero es suficiente para una gran cantidad de población que, creyéndose culta (porque sus programas de televisión o blogs favoritos les dan pinceladas de conocimientos, convenientemente capados en función de la conveniencia ideológica de quien paga), ignora los principios elementales de la sociedad en la que vive.

No es una técnica original, claro. Me viene a la memoria así sin mucho esfuerzo, que ya durante el último cuarto del siglo pasado, el gobierno francés justificaba a sus ciudadanos su apoyo al régimen marroquí en que como tenían un parlamento que se elegía mediante sufragio, era una democracia. Los nuevos tiranos no son demasiado originales, pero hay que reconocer el mérito de quienes han conseguido colar el cuento a tanta gente.

Por lo demás, Putin se diferencia de otros dictadores contemporáneos en que no pretende instaurar un totalitarismo basado en una determinada religión (ya sea una variante del socialismo o el Islam). En ese aspecto es un dictador a la antigua usanza. No digo que no tenga una línea política en cuanto a economía y sociedad, sino que dicha línea está supeditada al mantenimiento del poder (como cualquier dictador decimonónico) y no al contrario.

Lo que distingue a los nuevos dictadores, también, es su empeño en mantener campañas de imagen de cara al exterior. En ese aspecto, lo normal es que dichas campañas se centren en el sector de población de otros países que pueden ser más afines ideológicamente a sus posiciones políticas. Así, el caso del gobierno venezolano es un ejemplo perfecto.

El éxito de Putin estriba en cambio en que ha sabido ganarse las simpatías de personas a ambos extremos de las trincheras políticas del mundo occidental, y España no es una excepción. Ya sea la derecha tradicionalista o la izquierda más furibunda, han encontrado en el bueno de Vladimir un referente en el que poner ciertas esperanzas.

Por supuesto, un factor decisivo para ello es retomar la bandera de la lucha contra los Estados Unidos. Ese es un reclamo que une a izquierdas y derechas (entendiéndose por tal a los tradicionalistas y, por convención, aunque sean un derivado del socialismo, a los diferentes fascismos) en toda Europa y buena parte del resto del mundo.

Un SU-30 con la inconfundible estrella roja en el timón.

Un SU-30 con la inconfundible estrella roja en el timón.

Los motivos de la izquierda son simples y no han variado apenas desde los buenos tiempos del ejército rojo y los gulags siberianos. Muchos a este lado del Dnieper lloraron de emoción, por poner un pequeño pero significativo ejemplo, cuando tras unos pocos años de llevar una escarapela tricolor, los aviones de la fuerza aérea rusa volvieron a lucir la estrella roja de cinco puntas. Un simple guiño meramente estético, claro, pero que demostró ser una gran hazaña propagandística.

Para ellos, Rusia sigue siendo la heredera de la Unión Soviética, el escudo del proletariado frente a la opresión capitalista, encarnada en los EEUU, el mal en su estado puro. Con ese simple argumento ya los tiene ganados. Pero es conveniente trabajárselo algo más, claro. Porque es cierto que para una Rusia continental enclavada en el centro de Eurasia, la potencia naval hegemónica es su principal rival, y los choques son inevitables.

El juego de alianzas más o menos estables (China sigue siendo ese enemigo aterrador del que dependen de forma vital, como quien cabalga un tigre) y unas necesidades estratégicas que no han variado demasiado desde hace 400 años hace que se formen bloques de países nada afines a los intereses norteamericanos, con lo que la imagen de Putin como baluarte y sostén de regímenes socialistas, como Venezuela, o demás enemigos de Washington se afianza en quienes mantienen con fe religiosa la esperanza en que esas ideas aún puedan tener algún futuro.

Claro, les da igual que al mismo tiempo actúen como brazo ejecutor de regímenes teocráticos tradicionalistas como Irán. Son detalles incómodos sobre los que no hace falta detenerse demasiado, porque la realidad nunca debe estropear una bonita e ilusionante teoría. La idea de contar con el poderoso (otra ilusión sobre la que habría mucho que comentar) ejército ruso para imponer por la fuerza las ideas correctas y el bien universal, es un cebo demasiado irresistible.

La verdad y sin ánimo de quitarle mérito, es que a este grupo de población es bastante fácil ganárselo siempre que se tenga cuidado en el tipo de lenguaje a usar. Frases no demasiado largas, mucha imágen (el detalle de la estrella roja en los timones de los MIG-29 es el ejemplo perfecto) y mensajes sencillitos, sentimentales y acordes con unas pocas ideas reiterativas previamente absorbidas como la verdad revelada; y poco más.

El apoyo de la derecha está más trabajado. Por supuesto, como ya he dicho, el antiamericanismo primario es una baza importante. Incluso para algunos a los que ese prejuicio no les afectaría en principio, ver a Putin como una figura capaz de ser confrontada con Obama le confiere un gran prestigio. Desde ese punto de vista, nuestro Vladimir tiene mucho que agradecer al actual presidente de los EEUU. Por supuesto, ésta es una falsa dicotomía. Uno puede no simpatizar con el dirigente americano que más asesinatos extrajudiciales ha ordenado y que más antipatías ha creado entre sus propios aliados tradicionales, y tampoco hacerlo con Putin; pero casi medio siglo de vivir en un mundo dipolar quizás genere ciertas costumbres difíciles de desechar.

Sin embargo este detalle, si bien importante, no es el más decisivo para este sector de la sociedad. Como parte de la solución a algunos de sus problemas interiores, Putin supo valerse de un fuerte sentimiento arraigado en buena parte de su población, y ya trabajado desde el anterior régimen totalitario: el nacionalismo, al que une como elemento inseparable la religión.

Putin se coloca en la posición del nuevo Zar, reivindicando (de nuevo, como desde hace siglos) el papel Moscú como la Nueva Roma. La heredera y guardiana de los valores del cristianismo y la civilización. El Imperio del Bien que se alza frente al Imperio del Mal, sea éste cualquiera que el destinatario de la propaganda elija como tal en función de sus prejuicios.

Basta con echar un vistazo a la hornada de películas históricas rusas de las últimas décadas (algunas especialmente divertidas, por cierto), para descubrir esa exaltación de épicas gestas pasadas, el cristianismo ortodoxo como pilar de la sociedad y el recuerdo de ofensas históricas. Todo ello independientemente de que se trate de episodios situados en el lejano pasado, como en la época soviética o casi en la actualidad.

El principio de separación entre Iglesia y Estado viene a resumirse en una mesita blanca con flores.

El principio de separación entre Iglesia y Estado viene a resumirse en una mesita blanca con flores.

Y es esa defensa de valores atávicos, seculares (también rancios, que dirían algunos) lo que hace que desde cierta derecha tradicionalista o incluso desde el fascismo, se vea a Putin como un baluarte frente al islamismo y a la pérdida de la tradición de una imaginaria cristiandad unida, o una mitificada Europa de tipos blancos, guapos y rubios.

Por supuesto, la confrontación de Rusia con el islamismo es meramente funcional, puntual y de mera conveniencia táctica. Comenzó en Chechenia por motivos evidentes, igual que ahora tiene tropas en Siria luchando contra unos islamistas, aunque en apoyo de otros musulmanes y aliado con otros islamistas no menos incompatibles con la civilización occidental. Da lo mismo. Como también da igual que interviniese militarmente y con agresividad contra occidentales y civilizados cristianos en Ucrania y Georgia, por ejemplo.

Nos encontramos la misma contradicción a izquierda y derecha y la misma respuesta desde ambos extremos. En función de a quién preguntes, Putin está ahí, cual héroe elegido por el destino, para librarnos de la conspiración de la banca internacional, de los EEUU, de los judíos, de los musulmanes, de los comunistas, de los fascistas, de la pérdida de valores… y de hacer caso a Russia Today, también de los extraterrestres reptilianos y los Illuminatis.

Es imposible no quitarse el sombrero ante un éxito propagandístico tan grande. Cualquier empresa de publicidad estaría encantada de tener a alguien así entre sus filas. Aunque teniendo en cuenta que su profesión es la política y su meta mantener el poder, es evidente que es el adecuado para ello. Al menos de momento.