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Los refugiados ya están aquí. ¿Y ahora, qué?

escrito por Luis I. Gómez 1 octubre, 2015

Grande ha sido el revuelo causado por las declaraciones del alcalde de Tübingen Boris Palmer (Los Verdes) en una entrevista para el TAZ (lo siento, es de pago): “En la actualidad, alrededor del 70 por ciento de los refugiados son jóvenes con  ideas muy diferentes a las nuestras sobre el papel de la mujer, de la religión, la libertad de expresión, la homosexualidad o la protección del medio ambiente en una sociedad civil. No nos engañemos: la tarea es enorme”. Reflexión.

La mayoría de nosotros sospechamos que la aritmética simple no basta para definir los problemas demográficos que pueden surgir con la llegada de varios cientos de miles de refigiados. No perdemos de vista el hecho de que no tenemos influencia alguna en la estructura por edad, género y habilidades lingüísticas, profesionales y de otra índole de los inmigrantes. Han llegado así, como son, y estamos hablando de cifras con seis dígitos como mínimo. No nos queda más remedio que aceptar a esas personas como son y  hacer frente a la situación a través de una política racional de integración, única vía para convertir la situación actual en una oportunidad para Europa y para estos los emigrantes y no en un desastre de dimensiones todavía no definibles.

No es de recibo, ni lógico, pensar que todos estos inmigrantes, así, en “paquete”, serán una carga (los pesimistas) o una oportunidad (los optimistas). Muchos de ellos se integrarán de manera excepcional. Pero, por desgracia, también serán muchos los que no lo hagan. ¿Qué debemos hacer, por tanto, para que el número de los integrados sea significativamente superior al de quienes no lo hacen?. O, de otra manera ¿qué hacer  para que el número de inmigrantes no integrados sea el menor posible?

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  • Abandonemos rapidísimamente ciertos clichés sobre el “multiculturalismo”. Mejor: abandonémoslos todos. Por supuesto, las culturas extranjeras puede ser enriquecedoras, pero también pueden actuar de otro modo y convertirse en una amenaza. Que se produzca el uno o el otro supuesto depende casi completamente de si somos capaces de proteger plenamente (y primariamente) las normas constitucionales de nuestra sociedad libre, democrática y tolerante. ¡Sin excepciones! Si lo logramos, seremos capaces de regocijarnos en la diversidad cultural y enriquecernos con ella, pero si no es así, la diversidad cultural puede convertirse en fuente de la mayor crisis económica y social europea de los últimos 80 años. Las diferencias culturales tienden a desencadenar efectos de segregación que impulsan la tendencia a la aparición de sociedades paralelas dentro de las cuales se desarrollan generaciones de jóvenes ajenos a los valores de la sociedad de acogida, aumentando la tendencia a la hostilidad frente a la sociedad oficial y la oposición frente a su conjunto de reglas. Este es el círculo vicioso a combatir. Para ello no necesitamos una cultura dominante, y ciertamente ninguna que se engalane con una supuesta superioridad religiosa o moral. Basta con defender rotundamente los principios de las constituciones democráticas europeas, con la ley en la mano. No debemos tolerar jamás la intolerancia que pueda nacer de las particularidades culturales de quienes llegan en nombre de un multiculturalismo mal entendido.Refugiados en la escuela
  • Tenemos que procurar que el acceso de los inmigrantes y especialmente sus hijos a la lengua, la educación, el trabajo y la sociedad sea lo más inmediato posible. Repito: especialmente los niños, ya que ellos son el factor social que dentro de dos décadas nos servirá para medir si la integración ha tenido éxito. Si estos niños se convierten en adultos jóvenes con buenos, casi perfectos, conocimientos del idioma local, con un nivel mínimo de educación secuindaria y con buenas perspectivas profesionales y sociales, entonces no serán diferentes de los no inmigrantes dispuestos a respetar los fundamentos de nuestra Constitución democrática. Económicamente visto: cualquier otra opción sería demasiado cara para ellos.
  • Quien viene aquí lo primero que tiene que aprender es el idioma y en paralelo las reglas no negociables de la sociedad libre. ¿Por qué no pueden los inmigrantes dedicarse a ello exclusivamente los primeros  seis meses?  Por supuesto, eso cuesta dinero, pero es una inversión con altos rendimientos, no sólo para los inmigrantes, sino también para nosotros. ¿Acaso creen que el sistema de pensiones, seguro de desempleo, sistema sanitario o educativo vamos a poder financiarlo los envejecidos – y por tanto no productivos –  europeos? Yo no. Y dejémonos de estupideces: el enfoque multicultural del buenismo bananero imperante, considera las estrategias de aprendizaje de las convenciones básicas de convivencia democrática  como “imperialismo cultural. Es un error grave, casi suicida si me apuran.
  • Si la escuela es obligatoria, y lo es, los niños a la escuela, desde el primer día. Obligando a los padres en el cumplimiento de todas las normas vigentes en las escuelas, no importa si de educación física, teoría de la evolución o la educación sexual en las clases de biología se trata; o de si los niños y las niñas estudian juntos, o si está prohibido o permitido el uso de símbolos religiosos (todos). Aquí no debe haber diferencias y ninguna tolerancia a las excepciones, vengan de donde vengan. No debemos caer en la tolerancia hacia la intolerancia, cavando así nuestra propia sepultura cultural. Se podrá discutir a voces y en público sobre los contenidos de la enseñanza (yo lo hago). Pero lo que se decida al final, debe aplicarse a todos por igual.Refugiados acceso trabajo
  • Deberemos motivar de manera especial a los jóvenes para conseguir la mayor integración posible, y no menos importante, con el fin de apoyar la integración de sus hijos en nuestra sociedad. Pero esto no se consigue sólo con buenas palabras. Hay que reducir los atractivos de la no integración. Esto requiere, además del mejor aprendizaje posible del idioma, y de manera muy especial, el libre acceso al mercado de trabajo. Aquí es, sin embargo, donde los trabajadores  poco o nada cualificados tendrán problemas graves. Y aunque no quieran leerlo se lo escribo: Una integración de estos inmigrantes no cualificados dentro del respeto de las condiciones laborales que se consideran habituales hoy en los mercados laborales europeos es absolutamente imposible. Los buenistas me saltarán al cuello: ¿pretendes establecer condiciones especiales de salario para estas pobres gente? La prohibición buenista de bajadas salariales suele ser lo mismo que prohibir el trabajo para los inmigrantes, y de todas las cuestiones de que les he hablado en este texto nada se me ocurre peor que la prohibición de trabajo: sin trabajo, garantizamos la no integración desde el  principio.

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Si factores como el salario mínimo interprofesional bloquean la integración en el mercado laboral, la integración en la sociedad no tendrá éxito, y, en consecuencia, habremos provocado nosotros que la aceptación de nuestras normas de convivencia social sea menor. Fuera del mercado laboral, los jóvenes inmigrantes no están obligados a usar sus facultades idiomáticas, se promueve la guetización, y, finalmente, todo ello generará un impacto en la próxima generación de niños inmgrantes.

El conflicto sería sólo cuestión de tiempo.

Y usted, estimado lector, ¿qué opina? Déjenos su comentario, por favor.