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El órdago independentista se queda en pares

escrito por Luis I. Gómez 28 septiembre, 2015

Las elecciones al Palamento Catalán de ayer, 27 de Septiembre, nos han dejado claras tres cosas:

  • La mayoría de los catalanes no son independentistas todavía.
  • La mayoría de los catalanes tampoco son unionistas todavía.
  • Probablemente porque hay un gran número de catalanes preocupados primariamente por otras cosas.

El planteamiento plebiscitario impuesto desde la arrogante y provocativa maquinaria “informativa” y electoral de “Junts per el Sí” nos obliga a hacer una valoración plebiscitaria de los comicios. A sabiendas de que no es la única interpretación, ni la más acertada, creo. Frente a los independentistas se situaron las candidaturas de Ciudadanos y del Partido Popular de forma contundente. Menos contundentemente apareció el Partido Socialista Catalán, incapaz de librarse de la ambigüedad que les había caracterizado en los últimos años. Aparentemente ajenos a la disputa independentista encontramos la marca blanca de Podemos, convertidos en un zombie político peligrosísimo, pues son capaces de bailar con la más fea con tal de asegurar a Pablo Iglesias minutos de televisión diciendo lo buenísimo que es ÉL.  Por último, y alejados de cualquier planteamiento democrático, desde la CUP se hacían llamamientos a la insumisión. la anarquía y el catalanismo por mandato del politburó.

Y los catalanes con la papeleta en la mano. Y un montón de cosas en la cabeza. Quien disfruta del acomodo propio de un sueldo mensual, una casa en propiedad, un colegio para sus hijos, un seguro de enfermedad y se siente protegido en sus intereses por el estado puede plantearse concienzudamente qué estado prefiere y cómo debe llamarse. Se trata de asegurar el status quo, su bienestar general actual. Décadas de informaciones sesgadas, educación parcial en las escuelas, instrumentalización política del idioma, reinvención de la propia historia como “nación” y ahondamiento en un sentimiento de agravio más inventado que real han conducido a algo menos del 48% de los electores a optar por una opción independentista. No se trata de limitar la injerencia del estado en la vida de los catalanes, no se trata de recuperar la soberanía individual sobre la vida de uno mismo. Se trata de cambiar el nombre en el collar del can estatal, reafirmar la “soberanía del pueblo” – un concepto intectual absolutamente inexistente fuera de nuestra mitología – y otorgar a un territorio – otro concepto absolutamente artifcial – el derecho de secesión.

Estas cosas sólo pueden plantearse  desde

  • la ausencia de verdaderas necesidades personales,
  • desde la visceralidad del odio a lo foráneo o el “opresor”,
  • o desde la ingenua, pero muy humana aversión al sentirse solo, madre de todos los “nosotros”

 

No olvido la circunstancia, para nada marginal, del carácter totalitario de las propuestas independentistas: si hubiesen obtenido un 51% de los sufragios se considerarían legitimados para imponer su voluntad al 49% restante. Sin sonrojo. Convencidos de su propia democraticidad. Desde la superioridad moral que otorga “la mayoría”.

Pero tampoco olvido la otra cara de la moneda: sin importar cuales son las motivaciones que les han llevado hasta donde están, ¿qué hacemos ahora con un 48% de catalanes que NO quieren ser Españoles? ¿Lo dejamos todo en una guerra fría de números? ¿Esperamos otros diez años a que la labor de “información y formación” en el catalanismo excluyente coloque la cifra tres puntos más arriba? Me resisto a creer que en la Cataluña de hoy haya casi dos millones de zombies enajenados que votan independentista por pura inercia colectivista. No es cierto. Hay catalanes que quieren honradamente ser sólo catalanes. ¿Contraprogramamos los próximos diez años con “información y formación” en el españolismo integrador?

¿Es el españolismo una aternativa deseable? Más allá de los símbolos y la historia común – esas cosas que nunca dieron de comer a nadie excepto a los poderosos – la España de la corrupción, el partidismo, el paternalismo estatal exacerbado, la democracia castrada vía control político del poder judicial, el paro crónico y el asistencialismo precario no se me antoja una alternativa apetitosa para nadie.

Empate técnico. No ha pasado nada. Todo sigue igual. Pares.

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