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El niño, la foto y los hipócritas

escrito por Luis I. Gómez 3 septiembre, 2015

Cómodamente sentados en los sillones de casa, frente al televisor de pantalla plana y alta definición, los hipócritas europeos somos capaces de distinguir incluso el color de los zapatos del niño ahogado en la playa. El coro de plañideras se reúne en Facebook y Twitter, las nuevas plazas de nuestro dicharachero mundo, en las que mostramos nuestra consternación fingida, nuestra momentánea indignación y nuestro firme propósito de que “la cosa” no vuelva a ocurrir jamás.

Las tragedias ocurren a diario. Todos los días mueren miles de niños: enfermos, ahogados, tiroteados, violados, esclavizados, hambrientos, desnudos, sin esperanza alguna. ¿No lo sabían? Es ahora, cuando lo han visto en la televisión y en las portadas de los periódicos, ¿es ahora que se dan cuenta? ¡Como si las únicas tragedias fuesen las que nos ocurren a nosotros y “los nuestros”! Los empleados en hospitales y funerarias podrían contarles miles de historias sobre miles de tragedias … y a los diez minutos pegaríamos la página de lo escuchado al álbum “Qué jodido es el mundo”. La vida sigue. Si acaso cogemos  el smartphone de la mesa, hacemos un par de llamadas y, tras comprobar que “los nuestros” están bien, continuamos nuestro diario quehacer, aliviados: es terrible, pero yo ya pago mis impuestos, que el Gobierno se encarge de esos asuntos. No, mejor, que lo haga la Unión Europea. Algún “ente” salvífico debería tomar cartas en el asunto. Pasamos la página.

La indignación nos sobrepasa. A golpes de tuit, retuit, comparto y “me gusta” damos rienda suelta a nuestro malestar, el que nos ha causado la imagen de ese cuerpecito sin vida que los medios, tan obscenos, nos han mostrado. Indignados discutimos acaloradamente si es ético mostrar ese tipo de imágenes. En otras plabras, discutmos si es ético mostrar la vida tal y como es: cruda, dura, mortal. Nos indigna la imagen, lo que esconde detrás, la tragedia de miles y miles de personas en la calle en busca de algo mejor para sí mismos y los suyos. Y olvidamos que eso es, ni más ni menos, lo mismo que hacemos nosotros a diario. Es fácil olvidar desde el sillón, o frente a ordenador, el privilegio que gozamos quienes vivimos en una casa, tenemos un coche y acudimos a diario a nuestro trabajo. Privilegio y maldición: podría ser mejor.

Y a usted, ¿Qué le indigna? A mí me indigna la enorme cantidad de recursos y dinero que malgastamos para mantener reglado el estatus que se nos ha permitido. A mí me indignan los cientos de millones dedicados a sucursalizar las iniciativas privadas de quienes se arriman al poder. A mí me indigna la absoluta certeza de que al menos el 50% del dinero que desaparece mes a mes de mi nómina se dedica a consolidar las estructuras que cimentan el nirvana en el que vivo. A mí me indigna que en lugar de permitir producir la leche que se quiera, comprar los excedentes y repartirlos donde no la hay y los niños mueren desnutridos, se pagen 300 Euros por vaca a las empresas no rentables. Me indigna ver las inmensas cantidades de recursos y dinero que se van al vertedero del PAC, limitando la capacidad de ayuda inmediata, y elminando mediante aranceles la de producción de quienes, antes o después y en consecuencia, solo desearán venir aquí a producir o que les mantengan. Me indgnan los miles de mllones derrochados en nombre de una supuesta “misión de salvación del planeta” sabiendo que todos los días niños como el de la foto mueren inanes o enfermos.

Por eso he decidido pagar dos veces. En Leipzig, ciudad donde vivo, un grupo de personas se ha cansado de su estado de indignación y ha pasado a la acción. Han conseguido la cesión de un centro polideportivo en el que, desde su iniciativa privada, han acogido ya a 110 refugiados: 95 hombres, 6 mujeres y 9 niños de Paquistán, Siria, Afganistán, Iraq, India y Eritrea. Tienen un techo, una cama, una ducha y comida caliente todos los días. Pronto comenzarán a aprender el idioma: no se trata de mantenerlos, se trata de integrarlos. Se trata de darles una oportunidad para prosperar, igual que la que tuvimos nosotros. Donar es fácil, pueden hacerlo aquí: Johanniter Stiftung.

No hay más salidas: o nos aferramos a nuestro ficticio y carísimo estado de bienestar, y cerramos las fronteras a cal y canto para asegurarlo, o decidimos ayudar de verdad, recibiéndoles con los brazos abiertos, los aranceles eliminados y las fronteras permeables. Yo, predicador de libertades para todos, ya me he decidido por la segunda opción. ¿Y Usted? -> comentarios