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El liberalismo es la filosofía más social que existe

escrito por Luis I. Gómez 31 agosto, 2015

Si algo caracteriza al conjunto de ideas que conocemos como “liberalismo” es su profundo conocimiento de lo social. No solo es la base para la aparición de sociedades abiertas, es la mejor herramienta posible para hacer una crítica racional a la estatalización de las estructuras sociales.

Antes de nada quisiera dejar bien definidos algnos conceptos necesarios para desarrollar una discusión basándonos en una semántica común. La sociedad no es el estado, el estado no es la sociedad.

¿Qué es una “sociedad”?

En el momento en que varios seres de una misma especie deciden -por el motivo que sea, lo trataré más abajo- interactuar como grupo, o son identificados por nuestro ratio como grupo, hablamos de sociedad. Al no poder referirnos a cada individuo siempre y cada vez por su “nombre” particular, el término “sociedad” nos ayuda a valorar determinadas conductas y características comunes de la mayor parte de esos individuos cuando hacemos observaciones -del tipo que sea- sobre ellos. Desde la perspectiva de la sociobiología, los individuos de una misma especie se reúnen en grupos para mejorar las probabilidades de perpetuación de los propios genes. La primera “sociedad humana” es la de dos indviduos que pretenden aparearse y procrear. Al mismo tiempo aparece la violenta competencia entre machos dominantes que pretenden priorizar su dotación genética frente a la de los otros. En la defensa de “los propios” aparecen grupos sociales más grandes cuya finalidad es no solo la de la protección de la propia dotación genética, sino también lo que los sociobiólogos llaman “altruismo recíproco”. Los organismos se ayudan bajo la condición de obtener un beneficio para todos. También podríamos llamarlo “egoísmo recíproco”. ¿Y eso es todo? No, en absoluto. Falta un ingrediente fundamental que nos es propio de los humanos y algunas especies filogenéticamente próximas: la vida social en sí misma como necesidad.


SOCIOLOGIAMás allá del puro interés evolutivo darwiniano por formar grupos fuertes, existe la necesidad de “reflejo” de determinados sentimientos. Entre ellos destaco los siguientes: pesar/tristeza, hospitalidad, amor, placer, juego, … Aquí también entran otras acciones que compartimos: atención a los mayores o el cuidado de valores como humildad, verdad, perdón, mérito, esfuerzo, generosidad, … Sin querer entrar en la discusión sobre cuál de estos elementos es natural o cultural, sirvan para ilustrar que la motivación de vivir en grupos no se basa únicamente en la optimización de nuestro mandamiento biológico “crece y multiplícate”. Estamos hablando de necesidades de los individuos más allá de sus genes. Pero es que no hemos dejado en ningún momento de hablar de necesidades de los individuos.

Una sociedad sólo es adjetivable como “x” si la mayoría de sus individuos se comportan de forma “x” o si parte de los indviduos que la compone se dota de herramientas de poder para imponer a todos los demás “x” . En otras palabras, la “sociedad” no es nunca nada que no sean los individuos que la componen, refleje los intereses de los mismos -lícitos o ilícitos- o de quienes disfrutan de herramientas de poder.  La sociedad esclavista es un magnífico ejemplo de esto que les estoy contando. Los propietarios de esclavos tienen un interés común por conservar la esclavitud como institución. Ello se consigue no incluyendo en los procesos sociales a los esclavos. No es la sociedad la que decide qué característica adopta, son los esclavistas, unidos en defensa de sus intereses, quienes lo hacen. Lo mismo podemos decir de la “sociedad feudal”, la “sociedad vasca” o la “sociedad catalana”, por citar ejemplos en los que buena parte de los indivduos que indudablemente son parte de esas sociedades, quedan al margen de la jerarquía de poder, incapaces de defender sus intereses, mientras que quienes sí disponen de herramentas de poder dotan al grupo social de una característica que les es común a ellos, sólamente a ellos, no a la sociedad.

La sociedad existe, es necesaria, pues los humanos queremos vivir en sociedad. Pero no existe, más allá del voluntarismo intelectual, ninguna razón que nos haga pensar u obligue a creer que “la sociedad” es un agente con voluntad propia y capacidad de “hacer” algo, más allá de la voluntad propia o capacidad de hacer algo de quienes la componen o quienes disponen de herramientas de poder para imponer su particular visión de lo que debe hacerse. Por eso desde el liberalismo (o desde el libertarianismo) nunca nadie niega la existencia de la sociedad, tampoco su importancia, lo que se discute es su capacidad unívoca de acción más allá de la voluntad de sus miembros o de la de sus jerarcas. Y con el estado hemos topado.

¿Qué es el estado?

Históricamente, el Estado nace como el resultado del afán de conquista por parte de los jerarcas que dominan una sociedad, y la conquista es necesaria precisamente desde el propósito de robar (apropiación de la fuerza de trabajo ajena) en el largo plazo, de forma garantizada, y finalmente  legalizable. En este proceso en el que, de acuerdo con las palabras de San Agustín, los bandidos se transforman en ricos, surge también la idea por la que no se debe impedir a los explotados que sigan produciendo como lo hacían. Los estadistas que no toman esto en cuenta deben, o bien cambiar de rumbo o los explotados se alzarán contra los explotadores. 

control-socialLa gran mayoría de las intervenciones del Estado se limitan, simple y llanamente, a proporcionar ventajas para un grupo a costa de otro grupo. Sin esas ventajas como resultado final, no habría motivos para los agentes del estado a la hora de realizar una intervención. Y para asegurarse la anuencia de los explotados, revestimos la acción estatal (la de los privilegiados) de humanismo social. Y es desde ahí que la discusión sobre si el estado debe o no debe existir, debe ser más grande o más pequeño, se vicia sin posible solución.

Hay quien exige – con toda razón – que quien reclama el uso de la fuerza para limitar el libre albedrío debe, imprescindiblemente, demostrar la necesidad de la medida propuesta. En la vida real, sin embargo, nos encontramos por lo general con el fenómeno contrario. No se discute o se critica el sentido o sinsentido de la intervención estatal, sino sobre los posibles peligros que conllevaría la no-intervención del Estado. Si hablamos de protección del menor, por ejemplo, la pregunta dominante sería: “¿qué le puede ocurrir a un niño si el estado no vigila a las familias?” Lo que convierte la intervención estatal en una “saludable” forma de prevención. Nos encontramos así en una situación en la que el defensor de la libertad es quien debe demostrar que la ausencia de medidas de fuerza (vigilancia del Estado) es la mejor propuesta posible. Esta regla básica del “in dubio pro potestas” nos lleva en última consecuencia a la situación que me permito explicarles de la mano de un “Ministerio para Asuntos del Sol”. El Ministerio para Asuntos del Sol fué creado desde el consenso según el cual la luz del sol es beneficiosa y la institución mágica Estado debe asumir la tarea de proteger y fomentar el número de días de sol. Si llegase un liberal manifestando que tal Ministerio no es más que una forma de derrochar el dinero de los contribuyentes y exigiendo su eliminación, el estatista le respondería: “Pero fíjate, sólo llueve cada tres días. Quién sabe lo que ocurriría si eliminásemos ese ministerio, le debemos tanto al sol! Puedes tú, liberal, garantizarme que no disminuirán los días de sol? No puedes, no. Por eso lo mejor es mantener el ministerio.”

El liberalismo (muchas de sus corrientes de pensamiento) no aboga por la eliminación de toda forma de estado. El liberalismo denuncia el abuso de poder y las restricciones innecesarias a la libertad indivdual desde esa estructura de poder que llamamos estado. Que en ningún modo representa a la “sociedad” de quienes viven bajo su mandato.

Debes no robar, trabajar y producir más de lo que consumes, para que los “señores” puedan seguir robando, ya que tú no lo necesitas. Y cuando necesites algo de aquello que los “señores” han escrito en el catálogo de necesidades socialmente permitidas, siempre habrá unas migajas a repartir gracias al invento de la solidaridad obligatoria (¡justicia social!) .

Si aplicamos lo expuesto a la vida real, las ideas del liberalismo cobran más peso si cabe. En una “sociedad” como la vasca, profundamente distorsionada por el “estado vasco”, en el que incluso las prioridades educativas (enseñanza de un idioma) son dirigidas desde el poder, vemos como sólo desde las ideas de la libertad individual se puede garantizar el dinamismo que esa sociedad necesita para poder cumplir los objetivos que toda sociedad debe tener. El estado vasco no debe en ningún caso monopolizar la enseñanza, ni en las formas ni en los contenidos, pues no satisface los intereses de todos sus administrados, sólo los de la clase dominante. La “sociedad vasca” no puede hacerlo tampoco, pues los intereses de los vascos son dispares y heterogéneos. Unos quieren enseñanza en vascuence, otros no. El liberalismo propone una sociedad verdaderamente abierta y dinamizada por las personas: plural. Una sociedad en la que las estructuras jerárquicas de poder abandonan la domeñación coactiva de lo social, una sociedad en la que lo social queda determinado por la voluntad de quienes la componen.

 

NOTA: sirva este artículo como mi resuesta a los numerosos comentarios al artículo “El dueño de las escuelas es el dueño de todo lo demás“. Especialmente a Plazaeme (quien además escribió un artículo: Amigos libertarios: ¿Por qué “la sociedad” sí debe educar (como siempre ha hecho), Carlos Vazquez y Currela por su animada discusión.