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El P-Lib, Partido Libertario, los liberales y nuestros modismos

escrito por Luis I. Gómez 24 agosto, 2015

José García Palacios, blogger liberal a quien  pueden leer en su casa (yo lo hago), El Rincón de la Libertad, me preguntaba en twitter – supongo que a la luz de esta entrada en su blog – sobre el P-Lib y su línea de acción política:

josegarcia_pregunta

 

Estimado José, antes de nada, decirte que la confianza y la estima son mutuas y sinceras.

El P-Lib, antes llamado Partido de la Libertad, ahora bajo el nombre de Partido Libertario, no se ha apartado de ninguna de las corrientes del liberalismo que yo conozco. Al contrario, reconociéndose libertario, se abre aún más a cualquiera que defienda las ideas básicas de libertad. No puedo dejar de mencionar la paradoja que se esconde tras la denominación “partido lbertario”, pues nada es tan antipartidista como un libertario que realmente lo sea. Sin embargo, y como bien apuntas en tu pregunta, hoy en día es imposible cambiar nada si no es desde las instituciones políticas de que nos hemos dotado. Y la nuestra es una democracia de patidos. La gente no ha sido enseñada en el voto a Fulano o Citano, sino en el voto al partido tal, o al partido cual. Sin embargo, a poco que nos entretengamos en destripar las entrañas del P-Lib descubrimos que no se trata de un partido al uso:

  • total transparencia de documentación, tanto económica como institucional,
  • financiación alejada de los presupuestos generales del estado, es decir, del bolsillo de los contribuyentes,
  • elección democrática entre sus afiliados de los órganos de gobierno del partido,
  • único partido que propone la reforma de la Ley Electoral reclamando el voto directo a personas, sin listas, garantizando el voto por prioridad.

No, no es el P-Lib un partido del montón ni un partido al uso. La defensa de las ideas de libertad no se realiza desde un “nombre” o unas siglas, se realiza desde el trabajo diario de denuncia de toda actividad liberticida y la coherencia interna necesaria para no caer en los mismos pecados que aquellos a quienes se denuncia.

Declararse “libertario” sólo puede ser motivo de susto para quienes no conozcan el verdadero significado de “libertarianismo”:

Libertariano

El otro no es tu propiedad

Es tan fácil… y a la vez ¡tan difícil! Efectivamente: las otras personas no son de mi propiedad. No tengo derechos sobre ellas, ni sobre sus cosas, ni sobre sus ideas. Y es precisamente esa renuncia a poseer a los demás la que me convierte en tolerante para todas las ideas, todos los modelos y todas las corrientes, liberales o no, que puedan darse en una sociedad. En este caso en un partido. ¿Hay límites? ¿Dónde están esos límites? ¿Vale todo?

Los límites están claramente delimitados por los principios de la acción libre:

  • Defensa de la vida y la autopropiedad
  • Defensa de la propiedad privada
  • Defensa de los contratos nacidos de la libre interacción entre personas
  • Estricta observancia del principio de no agresión

Y esos principios son la esencia programática del P-Lib.

Al ordoliberal le resultará discutible la negación del papel del estado como garante de de esas libertades. Y será la práctica real en sociedad la que determine la necesidad de determinadas instancias garantes, y no un partido libretario.

Al liberal austríaco le parecerá peligroso acercarse a los “abismos” del anarco-capitalismo, pero serán los agentes en un mercado libre los que decidan -lo harán todos, todos los días- qué forma de economía es la mejor para ellos, y no un partido libertario.

Al liberal conservador le parecerán abominables determinadas posturas morales de otras personas, pero son las personas en sociedad las que se decidirán por un código moral determinado, y no un partido libertario.

libertad_saboresLa libertad no entiende de valores occidentales o herencias culturales, pues tanto los valores, como las herencias, no son patrimonio de una sociedad, lo son de las personas. Vivimos, interpretamos nuestras vidas, a la luz de lo aprendido. Nos guste, o no nos guste. Es así. Y lo hacemos influenciados por el medio social en que vivimos, nadie es Crusoe en este mundo globalizado. La libertad entiende de voluntades, y las voluntades son siempre individuales. Muchas voluntades individuales juntas, unísonas, determinan nuestro contexto social. No un partido, ni una ingeniería social determinada. Y no para todos, pues -y ahí está el meollo de la cuestión- si defendemos la libertad, también hemos de defender la de quienes no piensan como nosotros y desean vivir un modelo social diferente. Esto no significa que debamos asistir mudos e inanes a la violación de los principios arriba mencionados en nombre de “otros modelos de sociedad”. Manifestarse, informar, denunciar, socorrer a quien solicita ayuda son las tareas de todo amante de la libertad: no hacerlo, supone exponerse -como ha ocurrido- a la acción liberticida y  arbitraria de quienes consigan manejar los órganos de poder. Y es por eso también que debemos limitar y mantener bajo control ciudadano, en todo momento, las herramientas de poder del estado que garantiza nuestras libertades; y el P-Lib, en sus 80 propuestas de Gobierno, articula una serie de medidas necesarias para ello.

Un buen amigo, y colaborador en esta casa, decía que no se puede construir nada a base de ideas fabulosas, porque todas las ideas son, al mismo tempo, fabulosas e imperfectas. Ninguno de nosotros posee la piedra filosofal de la verdad, la fórmula mágica de la felicidad. Sin embargo sí podemos exigir que se nos devuelva la soberanía sobre nuestras vidas, que se nos devuelva la capacidad de decidir qué es lo mejor para cada uno de nosotros, cómo queremos vivir, qué no queremos delegar. Y como no podemos limitar estas exigencias al grupo de los ungidos por el pensamiento liberal, debemos hacerlo para todos. Y, ¿dónde cabemos todos, estimado José? En el libertarianismo, en la pluralidad que nace de la libertad.