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Carta desde Roma: “Laudato sí”, contra la ciencia y la tecnología

escrito por Luis I. Gómez 3 agosto, 2015

Nota preliminar: es posible que algunos lectores se sientan ofendidos en su fe durante la lectura de las siguientes líneas. No es mi intención ofender a nadie, y si se sienten ofendidos, busquen las razones en sí mismos. 

No, no creo en vampiros ni en hombres lobo. No creo en ellos del  mismo modo que no creo en la existencia de tantas otras criaturas fruto de la incansable imaginación humana. La tansformación de un humano en algo con pelos, enormes fauces y temibles garras afiladas por efecto de los “rayos lunares” contradice el sentido común, las leyes de la física y de la biología. Siempre habrá alguien que no esté de acuerdo conmigo, y podrá argumentar que mientras no demuestre la inexistencia de hombres lobo, él seguirá creyendo en ellos.

Pensarán: a nadie en sus cabales se le pasará por la cabeza utilizar semejante argumentación. Se equivocan. El Papa Francisco acaba de hacerlo hace unas semanas en forma de encíclica papal bajo el título “Laudato sí“:

En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. [Párrafo 23]

Es una cita literal: como NO podemos demostrar que los fenómenos naturales extremos NO están relacionados con el Calentamiento Global, no cabe la menor duda de que ello es así. Y poco importa que no sea posible explicar mediante la ciencia la relación de causación para cada no de esos fenómenos. Pues no, yo no creo en los hombres lobo, ni en el apocalipsis.

A lo largo de más de 200 páginas, el Pontífice (y sus escritores anónimos) ha expresado sus opiniones sobre el estado de la Tierra. Y nos comunica que es profundamente preocupante. El folleto está redactado en el típico estilo vaticano, escondiendo hábilmente la ingenuidad y la ignorancia  detrás de un lengaje florido y lleno de formulaciones alusivas. La tesis básica, tras páginas y páginas llenas de párrafos con citas internas, argumentos redundantes y/o circulares, es siempre la misma: allí donde no hay una prueba válida definitiva que niegue lo que se afirma, se cree lo afirmado, no es necesario saber si ello es así. Es la diferencia entre la teología y la ciencia.

Allí donde resulta difícil apoyar el argumento con cifras o datos reales, el Pontífice no duda en acudir al inmenso legado de la literatura escolástca y teológica de los últimos dos milenios:

Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra. [Párrafo 92]

A nadie se le escapa la fuente franciscana tras la frase, citando casi textualmente a uno de sus autores de referencia. La Encíclica esta plagada de frases similares, sobrecargadas de esoterismo insustancial.

San Francisco de AsísComo de costumbre, el Papa inicia su Carta a los obispos con una referencia directa alguna enseñanza de su predecesor inmediato. Se trata de dejar claro al clero que sus pensamientos no se apartan de la tradición eclesial. A continuación siguen seis capítulos, el primero de los cuales está dedicado a la política ambiental y en el que encontramos un panóptico de escenarios de pesadilla en la mejor tradición bíblica. Que el cambio climático ya está aquí, así como las políticas energéticas para “solucionarlo”, apenas son temas tratados  como uno entre muchos. Más atención, también en lo que se refiere a la longitud puramente textual, merecen cuestiones tales como el manejo de los residuos, la necesidad de agua limpia y la conservación de la biodiversidad.

La quintasencia del texto es: Todos vamos a morir en la miseria y la pobreza. No sólo las personas, sino incluso toda la “creación”, desde el hermano sol hasta la hermana la luna, pasando por el hermano río y el hermano microbio.

Desde la perspectiva papal, la causa última de todo ello es lo que él denomina en su Carta el “paradigma tecnocrático”.  Y no se refiere Su Santidad a la tecnología como la fuerza formativa que en última instancia determina el marco de los procesos económicos y sociales:

El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental. En algunos círculos se sostiene que la economía actual y la tecnología resolverán todos los problemas ambientales, del mismo modo que se afirma, con lenguajes no académicos, que los problemas del hambre y la miseria en el mundo simplemente se resolverán con el crecimiento del mercado. No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía. Quienes no lo afirman con palabras lo sostienen con los hechos, cuando no parece preocuparles una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza, un cuidado responsable del ambiente o los derechos de las generaciones futuras. [Párrafo 109]

Francisco y sus co-autores han sido capaces de reconocer los vínculos entre el comercio, el consumo, la innovación y la riqueza material. A partir de ahí, pero,  derivan en una crítica integral del capitalismo y piden cambios fundamentales en el sistema de nuestra actividad económica. Podemos resumir este mensaje papal de la siguiente forma: Con el fin de no morir en la miseria y la pobreza, debemos vivir mejor en la miseria y la pobreza. Sólo de esta manera cumpliríamos con nuestra responsabilidad de preservar la creación de Dios en forma inalterada para nuestros descendientes. Así ellos también podrán vivir mejor en la miseria y la pobreza. Nuestra felicidad finalmente sólo se define como bienestar espiritual al que se llega a través de la obediencia a los dogmas de la fe cristiana.

colectivismoEl colectivo es para el Papa más importante que el individuo. La realización espiritual más importante que la satisfacción de las necesidades materiales:

La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad sino todo lo contrario. En realidad, quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. [Párrafo 223.]

Pero el Pontífice sabe exactamente que la mayoría de la gente no seguiría esta ruta, incluso si pudieran:

No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología. [Párrafo 118]

De aquí se deriva la necesidad de una re-educación integral, cuyo objetivo se describe en el capítulo final de la encíclica:

Sin embargo, esta educación, llamada a crear una «ciudadanía ecológica», a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos. La existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos, aun cuando exista un control efectivo. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a partir de motivaciones adecuadas, y que reaccione desde una transformación personal. Sólo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la donación de sí en un compromiso ecológico. Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sentimientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. La educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente, a partir de profundas motivaciones, puede ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad. [Párrafo 211]

¿Hay que tener miedo de este Papa, de esta iglesia?

Miremos detenidamente las propuestas que Su Santidad hace para alcanzar la meta de reeducar dentro de su propia Iglesia:

Espero también que en nuestros seminarios y casas religiosas de formación se eduque para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente. Dado que es mucho lo que está en juego, así como se necesitan instituciones dotadas de poder para sancionar los ataques al medio ambiente, también necesitamos controlarnos y educarnos unos a otros. [Párrafo 214]

El principio de la supervisión y control mutuo ya ha sido implementado por otros “líderes espirituales” de nuestro pasado reciente con éxito. Veamos primero como la motivación de Francisco se sitúa claramente referenciada en uno de sus predecesores en el cargo:

Ocho años después de Pacem in terris, en 1971, el beato Papa Pablo VI se refirió a la problemática ecológica, presentándola como una crisis, que es « una consecuencia dramática » de la actividad descontrolada del ser humano: « Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el ser humano] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación » [Párrafo 4]

La comparación con una fuente algo más antigua no es agradable, pero esclarecedora:

La naturaleza eterna toma represalias sin descanso ante la transgresión de sus Mandatos. […] Cuando el hombre intenta rebelarse contra la lógica de hierro de la naturaleza, se mete en la lucha con los principios, a los que él mismo le debe su existencia como ser humano. Así que sus acciones en contra de la naturaleza conduciran a su propia caída. (Adolf Hitler, Mein Kampf, 1924)

Por supuesto, Hitler no se estaba refiriendo aquí a cuestiones de diseño y uso ambiental, sino a sus ideas de “pureza racial” como algo evolutivamente necesario. Interesante, pero,  me parece constatar cómo la utilización de patrones argumentativos similares, aún partiendo de supuestos diferentes, lleva a la obtención de conclusiones prácticamente idénticas.

Efectivamente, el Papa es de hecho el último monarca absoluto en Europa, pero ciertamente no es un dictador enloquecido que busca una tiranía totalitaria. Su poder se mide más bien en su capacidad de generar titulares. Esta se relaciona con un único valor: el número de seguidores de su iglesia. Cualquier observador ajeno a la Iglesia Católica podría pensar que sus mensajes pueden influir en el pensamiento y las decisiones de 1,2 mil millones de personas en este planeta.

catlicosmundoCualquier publicación de la Curia, incluye la motivación intrínseca de aumentar, o al menos estabilizar,  el número de fieles. En un momento en el que las respuestas de la Iglesia institucionalizada  parecen ser para muchos ciudadanos insuficientes e inadecuadas a las cuestiones socio-políticas actuales, es especialmente importante medir bien todos los mensajes para impedir el florecimiento de religiones substitutas. Incluso es probable que exista la intención de recuperar para el rebaño personas adscritas a alguna de esas religiones substitutas.

Como autoproclamada guardián de la única verdad, la Iglesia Católica Romana no puede aceptar otras religiones al lado. La encíclica es en gran parte una recopilación y descripción de los dogmas ecologistas: el principio de precaución en la sostenibilidad a través de anti-capitalismo y la tecnofobia. Está dirigida a los movimientos medioambientalistas, mostrándo a los apóstoles modernos de la sostenibilidad y activistas ambientales  que la Iglesia les puede ofrecer un hogar espiritual. Y ello basándose, al igual que el ecologismo, no en el conocimiento racional, sino en la superstición espiritual.

En “Laudato Sí” encuentran descanso todos aquellos que prefieren un mito a una verdad. Quienes en lugar de buscar respuestas, se conforman con formular deseos.

La fe, en última instancia, significa creer en algo para lo que  no sólo no hay prueba o evidencia, ni siquiera hay indicios. Abstenerse de este tipo de pensamiento, lo reconozco, es difícil y agotador. Muchas personas nunca tienen éxito, muchos ni siquiera lo intentan o, simplemente, no lo ven necesario. Querer creer está profundamente arraigado, al parecer, en lo más profundo de nuestro ser.