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El reto de este siglo.

escrito por Antonio Vegas 7 abril, 2015

China, tras la muerte de Mao Zedong (毛泽东), logró abandonar el comunismo en la práctica adoptando el conocido “socialismo con características chinas”, protagonizando la revolución industrial más veloz de la historia y sacando de la pobreza extrema a más de 700 millones de personas.

Sin embargo, el modelo de apertura dirigida y el de un país dos sistemas (一国两制), no en vano apodado por sus propios artífices como el modelo “pájaro en una jaula” donde las personas podían disfrutar de cierta libertad económica, dentro de la jaula del gobierno, llevaba en su interior las simientes de los graves problemas que China hoy comienza a sufrir, a saber: represión financiera, auge de la economía informal, corrupción política y social, burbuja inmobiliaria, régimen cambiario peligrosamente represor, falta de libertades políticas, contaminación exacerbada y una presión demográfica y geográfica sin parangón en el mundo.

A parte de todo ello, China todavía arrastra los execrables vestigios del antiguo régimen maoísta como el sistema de Partido Único y el sistema de registro HuKou (户口), que divide a la población en castas (rural y urbana) estableciendo enormes desigualdades entre los ciudadanos chinos.

El ejemplo más clarificador de esta descompensación producida tras el veloz crecimiento chino podemos encontrarlo en la diferencia entre la economía productiva y la economía financiera en el país. Mientras que la producción en china ha sufrido un cambio radical, pasando a exportar más de un cuarto de todos los productos del mundo y con una productividad cada más más elevada, el sistema financiero chino se ha mantenido inalterablemente anticuado: dependiente del crédito bancario estatal, mercados de capital poco líquidos y poco desarrollados, control del tipo de interés y del tipo de cambio, enormes restricciones a las empresas privadas para acceder al crédito y a los mercados de capital, etc.

China es un país enorme y su influencia en el mundo es inigualable. La entrada de China en la OMC en el 2001, supuso elevar la globalización a una nueva escala y el ahorro de grandes sumas de dinero a los países desarrollados, sobre todo a Estados Unidos. China, a pesar de todo, es hoy todavía una civilización pobre y subdesarrollada. El desarrollo de 1.300 millones de habitantes se producirá a lo largo de las próximas décadas y dejarán una huella indeleble en el resto de naciones, como por otra parte, ya está dejándose sentir.

Con toda probabilidad, China vivirá una crisis económica y un cambio político antes de alcanzar el desarrollo. El gigante asiático debe enfrentar estos retos tarde o temprano y solventar sus enormes contradicciones y desequilibrios internos. En función de su desempeño en la tarea penderá la modernización de esa gran civilización que es China.