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No son las etiquetas, son las ideas

escrito por Luis I. Gómez 22 enero, 2014

Asistimos estos últimos días a una apasionante discusión entre liberales (y no liberales) sobre qué y quién es liberal y sobre cómo llevar adelante un partido liberal en España.

Ya les adelanto ahora –pueden pasar página si lo desean, pues- que yo no les voy a proporcionar ninguna solución mágica  a ningún problema. Simplemente porque creo que los desencuentros solo se solucionan o bien mediante la capitulación de una de las partes, o bien mediante la consecución de un compromiso, un pacto. Participar en una discusión con el único fin de escucharse a sí mismo es tan estéril como plantar piedras en un campo. Cada desencuentro ha de ser un lugar de aprendizaje, de crecimiento.

Etiquetas liberales las hay a montones: liberal clásico, liberal manchesteriano, ordoliberal, nacional-liberal, liberal austríaco, ultraliberal, neoliberal, liberal-conservador, liberal-progresista, libertario, …. pero dudo mucho que usted se sienta 100% cómodo bajo ninguna de ellas. En el fondo, lo que nos identifica a las personas no son las etiquetas, son nuestras ideas y nuestros actos.

Hablemos de las ideas.

lovefreedomDegradar la libertad a la categoría de herramienta ideológica, de entelequia que nos ayuda a posicionarnos socialmente frente al poder, o la injusticia o cualquier otro concepto elude su característca más elemental: el acto libre es también posible en ausencia de contexto, por cuanto que sustancia la voluntad expontánea de quien lo realiza. Y ello no necesariamente desde una valoración positiva (en sentido de afirmación) de lo pensado o percibido. La libertad sustancia la capacidad de ejercer control sobre la propia voluntad.

De niños aprendemos palabras como libertad o responsabilidad y las usamos como si tal cosa hasta que un día tropezamos con alguien que nos pregunta de qué estamos hablando. Es el momento en el que debemos situar en el mapa de la lógica los conceptos aprendidos y con los que tan alegremente jugábamos. Sólo entonces nos damos cuenta de  lo innecesario de nuestra “nueva” idea del hombre, o de su libertad. El libre albedrío sobre el que tantos filósofos han escrito y escribirán ríos de tinta no es una sucesión de palabras. La libertad no es un mote del egoísmo, ni una entelequia formulada con letras. Nuestros actos son más libres cuanto mejor expresen lo que somos, en nuestra totalidad. Y visto así, he de reconocer que serían escasos. Somos más libres cuanto mejor podamos desarrollar nuestra existencia dando carta de realidad a nuestras potencialidades. La libertad es el ámbito de la persona en el que se puede hacer posible que el yo sea yo y no el nosotros.

Pero decía Ortega y Gasset que: “Cuando un loco o un imbécil se convence de algo, no se da por convencido él sólo, sino que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás mortales”. Frase que no debiera preocuparnos en exceso en sí misma, pero que se convierte en potro de tortura para el espíritu si seguimos leyéndole: “La diferencia entre el inteligente y el tonto consiste en que aquél vive en guardia contra sus propias tonterías, las reconoce cuando apuntan y se esfuerza en eliminarlas, al paso que el tonto se entrega a ellas encantado y sin reservas.”

Es el punto en el que me planteo si soy un loco cuando, maniatado por la fe en mis ideas, considero que los demás deben entender su libertad tal y como la entiendo yo. No, no deben. Cuando considero que todo el mundo debe participar de mi felicidad en libertad, tal y como yo me la imagino. No, no deben. Cuando olvido que la condición necesaria para que yo sea más libre es que el otro pueda serlo también, evitando escrupulosmente ser yo quien abona su camino con impedimentos a su libertad. No, no lo olvido.

¿Qué queda entonces?

Hablemos de nuestros actos.

2bigstockphoto_happy_sun_103457Estoy absolutamente convencido de que luchar diariamente, sin miedo y con firme voluntad por mi libertad individual es uno de los pilares en los que se basa mi felicidad familiar y profesional. No soy más libre porque soy feliz. Soy feliz porque lucho a diario por conservar mi independencia. Ignoro completamente qué le hace feliz a usted.

Es por ello que mi opción política siempre será aquella que menos trabas proponga para la acción del otro. Mi opción policia siempre será la que menos viva de lo que yo considero supersticiones ancestrales.  La más vieja de estas supersticiones es aquella según la cual son las fuerzas de la naturaleza, los fantasmas y los demonios los que determinan la acción humana. Los fantasmas y demonios del hombre moderno se esconden bajo nuevos nombres: clase, raza, pueblo, estado, pobreza, igualdad. Aquél que cree que la cultura, la prosperidad, la seguridad, la formación, la solidaridad sólo pueden ser generadas y administradas por un poder externo –los Dioses, el “Pueblo”, el Estado – y no por la acción individual de cada uno de nosotros, aspirará a controlar este poder.

Yo no necesito convencerle a usted. Pero podemos ir de la mano parte de nuestro camino para conseguir que él (sí, ha leído bien, no hablo de usted y yo, hablo de otro) sea más libre, más dueño de sí mismo, más socio que súbdito. En mi perfil de autor en este blog dejo clara mi intención:

Si conseguimos actuar, pensar, sentir y querer ser quien soñamos ser habremos dado el primer paso de nuestra personal “guerra de autodeterminación”. Por esto es importante ser uno mismo quien cuide y atienda las propias necesidades. Ser uno mismo capaz de identificar y reconocer los propios errores. Darse cuenta que mantenerse en estado contínuo de aprendizaje es un paso esencial para garantizar la propia libertad. No limitarse a sentir los beneficios de la libertad, sino llenar los días de gestos que nos permitan experimentarla con otras personas.

Es mi burda forma de ser pragmático. He buscado compañeros para ese camino, y creo haberlos encontrado en el P-Lib. Es mi decisión particular, tras haber leído su programa, haber conocido a sus responsables. Es imposible estar de acuerdo con todo al 100%, más que nada porque yo nunca estoy de acuerdo con nada al 100%. Pero acepto voluntariamente el compromiso que supone mi contrato con esas otras personas. No es la opción de todos, no puede serlo. La suya tampoco, probablemente. Es lo bueno de la acción responsable: ¡podemos elegir!

Ahora puede usted ponerme etiqueta, si lo desea.