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Querida Chus: Seré español hasta que me muera, pero yo no vuelvo

escrito por Burrhus el elefante neocon 18 diciembre, 2013

Reconozco haberme emocionado con la muy brillante campaña de Navidad de Campofrío. Lo digo de verdad. Sólo puedo felicitar a sus publicistas, y augurarles un más que respetable aumento de las ventas (que supongo que será para lo que han hecho el anuncio).

En primer lugar, con ese anuncio divertido y provocador de “Hazte extranjero”, sabiendo tocar la idea del subconsciente colectivo de que somos “un país de pandereta”. Y luego, en el segundo anuncio, con todos esos famosos capitaneados por Chus Lampreave que buscan otro país del que nacionalizarse  para, finalmente, encontrar lo que nos une. En este caso, la marca Campofrío a través de sus embutidos.

Emigrar al centro o al Norte de Europa es durísimo. Los inviernos, las temperaturas, no hay mar de verdad (es decir, playas), la comida autóctona roza en muchos casos la demanda judicial, el carácter de sus gentes, la distancia de contacto, la burocracia, el idioma… Llevo dos años en Alemania y aún no sé en qué consiste el humor alemán. No estoy diciendo ni que me caigan mal los alemanes/centroeuropeos, ni que sean peores que nosotros. Ni mucho menos. Conozco a muchos alemanes que son personas maravillosas y por las que merece la pena poner la mano en el fuego. Pero cuando sólo uno de cada tres españoles se queda a vivir en Alemania, el problema de compatibilidad parece bastante obvio.

Mi caso personal no es ningún secreto: Tuve la inmensa suerte de contar con una FAMILIA (con mayúsculas) y unos AMIGOS (con mayúsculas) que me ayudaron en todo lo que pudieron durante un montón de meses. Sin ellos, no habría aguantado aquí ni dos semanas. Ahora, aunque todavía me quede mucho por mejorar y sin haber logrado cotas verdaderamente altas, puedo plantearme el futuro con un razonable optimismo, y si bien todo lo que consiga en la vida (sea mucho o casi nada) será por mi esfuerzo, tengo presente que si ellos no me hubiesen abierto las puertas, habría tenido que volver a la Andalucía de Griñán, Susana Díez y Valderas. Yo fui y sigo siendo un privilegiado. Si le preguntan a cualquier español que haya emigrado a estos lares, seguro que le contará cosas fantásticas y también invitaciones a la reflexión.

Cuando te acuerdas de los momentos más duros (y aquí yo tengo unos cuantos) y ves el anuncio de Campofrío, ya les digo yo si uno se siente verdaderamente español. Sin banderitas, ni chorradas, ni si uno es zurdo o diestro. Español. No sólo echas de menos a tu familia y a tus amigos. Echas de menos a la gente.

Y si todo esto es tan difícil: ¿por qué no vuelvo a España? Pues porque estoy harto de los españoles. Y no me refiero a los tópicos de “hablar a voces” e “irse de bares”, sino de los verdaderos problemas del carácter español.

Estoy harto de su sectarismo ideológico idiota, con origen idiota en el Siglo XIX, que evolucionó a lo largo del Siglo XX causando todo el dolor posible, y que a día de hoy no ha finalizado. De que, a pesar de que te mates dándoles argumentos y datos que ellos mismos puedan contrastar y con los que podrían fortalecer su punto de vista, los rechacen con réplicas peregrinas (se sea de izquierdas o de derechas, es indiferente) propias de quien se cree que por tener unas ideas y una opinión merece el mismo respeto que cualquier otra debidamente fundamentada. En base a esto nos creemos que podemos perdonar cualquier barbaridad perpetrada por los políticos de nuestro partido afín. ¿Cómo es posible que en Andalucía pueda volver a gobernar el PSOE, en Valencia el PP y en Cataluña ERC? Porque el sectarismo español es más irreductible que el pueblo de Asterix con sobredosis de poción mágica. No existe otra explicación racional.

Estoy harto del compadreo/comprensión social español frente a la corrupción. En España han salido más manifestantes a apoyar a Don José María Del Nido, expresidente del Sevilla Fútbol Club, cuya condena a una larga temporada en prisión ha sido ratificada por el Tribunal Supremo, que a apoyar a la Juez Alaya mientras intenta esclarecer el caso de los EREs.

Estoy harto de la envidia española, envidia que sobrepasa la cercanía del vecino y se extiende a quienes tuvieron el valor de arriesgarse y llevar a cabo sus proyectos personales. Añado mi hartazgo de que en España a nadie le importe un bledo que en cualquier otro lugar del planeta resulte más fácil montar un negocio (es decir, intentar controlar tu propia vida mediante el desarrollo de tu proyecto personal) que en España. Uno no tiene que aguantar sólo una elefantiásica burocracia, sino también la alegría del envidioso.

Estoy harto de que la generación anterior a la mía me mire como si fuese un vago y un inútil sólo por no “haberme adaptado” al mundo económico, social, cultural y legislativo que ellos han creado y que les privilegia en muchos casos sin suficientes razones objetivas (ya me contarán cuál es la razón objetiva de mantener y proteger a esos diplodocus que creen que no pueden aprender algo más en empresas mientras la gente joven y con talento tiene que largarse a coste cero).

Pero sobre todo y por encima de todo, estoy harto de que gente que lleve tres años sin poder trabajar porque no hay trabajo, o porque tienen más de 45 años y han sido despedidos, se les dé por laboralmente muertos en base a ridículos prejuicios, o que te miren como a un empresario inútil porque tras montar tu negocio no te fue bien y tuviste que cerrar. O lo que es lo mismo: Estoy harto de que en España ni se perdone el fracaso ni se den segundas oportunidades.

Lo demás me puede molestar más o menos, me parecerá más o menos eficiente, será un motivo importante si el día de mañana decido volver a España o incluso llegaré a enfadarme… Pero con esas cosas que me hartan y que también definen a los españoles, lamentándolo con todo mi corazón, yo no puedo vivir en España. No puedo vivir con esto. No compensa lo bueno que tenemos. No quiero volver.

Avísenme cuando los españoles cambien estas cosas. Preferiblemente con anuncios tan buenos como esta campaña de Campofrío. Por mi parte estoy dispuesto a dar una segunda oportunidad. Y las que hagan falta. Mientras tanto, seguiré tirando de lo más racional de mi ser y haré lo necesario con tal de adaptarme a este país tan exigente que es Alemania o en cualquier otro lugar del mundo, aunque ello me suponga no volver jamás. Lo siento mucho, Chus. 

Por cierto: En lugar de irse a bares, lo que se hace por estos lares es irse a una casa para comer y beber hasta hartarse. Es más barato y la música no es necesariamente la tortura psicológica con la que los Djs suelen castigar los oídos de los españoles (otra razón para no volver).