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De Halloween y demás tradiciones castizas

escrito por Miguel A.Velarde 31 octubre, 2013

0halloweenUno de los detalles que a un turista poco informado le puede llamar la atención cuando llega a Japón, es la cantidad de templetes y pequeños santuarios que abundan por los lugares más insospechados. No sólo en zonas rurales. En megalópolis como Tokio, no es raro girar una esquina y toparse con un pequeño y bonito altar, muy posiblemente adornado por esvásticas negras.

Lo siguiente que puede resultar sorprendente es que junto a esos pequeños altares shinto se encuentren templos budistas (o viceversa). Y si nos fijamos en los pequeños santuarios, además de contener tarjetas de visita y pegatinas con publicidad, veremos mezcladas las imágenes del espíritu al que se dedica la construcción, con símbolos budistas, y quizás algún santo católico, o la fotografía de algún famoso extranjero ya fallecido.

A poco que se informe uno sobre el lugar, se dará cuenta que los japoneses practican al mismo tiempo dos religiones incompatibles entre ellas, como son el shintoismo y el budismo. Sí, son incompatibles tanto filosófica como teológicamente (tras la muerte, según una entras en el ciclo de reencarnaciones, y según la otra, te quedas por allí como un espíritu más, dando la lata) y sin embargo, la misma esencia shintoista abre el camino para aceptar dentro de esta religión cualquier otra que se encuentren por el camino.

Un ejemplo: Los primeros misioneros cristianos en las islas se sorprendieron de la rapidez con la que conseguían conversiones, hasta que se dieron cuenta que los lugareños, tras ir a misa, comulgar y rezar en latín, cogían su rosario y su imagen de la Virgen y la colocaban en su altarcito, con el resto de dioses y espíritus shinto. No les parecía raro que viniesen extranjeros hablando maravillas de su nuevo dios. Si ellos lo decían, debía de ser cierto, así que no estaba de más adorarlo también, junto a los de siempre.

Actualmente sigue ocurriendo una cosa parecida. Junto con sus fiestas tradicionales, los japoneses se lanzan con entusiasmo a celebrar cosas tan ajenas a ellos como la Navidad o Halloween. Alguien podrá decir que no saben lo que hacen, que es un acto superficial de imitación cultural, de unas fiestas que no comprenden y que desvirtúan, y que redunda en un empobrecimiento de la esencia de sus propias tradiciones…

O tal vez, tan sólo quieran divertirse. Pese al tópico y a las obvias diferencias con otros países más cercanos, el japonés medio es una persona a la que le gusta la fiesta y pasarlo bien.

Es cierto que en todo ello se nota cierto alegre, despreocupado y festivo cacao mental. Pero pese a que Japón ha absorbido como una esponja nuestra civilización, hasta el punto de que no cabe duda de que se le puede considerar un país plenamente occidental a los efectos políticos, económicos y jurídicos, también siguen conservando intactas sus propias tradiciones.

Bueno, al menos las que merecen la pena. Ahora, por mucho que le apetezca hacerlo, nadie que sea de familia noble puede destriparte con su sable por la calle, sólo porque no le guste tu cara. Pero creo que pocos me negarán que la pérdida de esas tradiciones (como la de sacarle el corazón a la gente en México, o quemar brujas en Europa) no es un drama por el que haya que lamentarse mucho.

1halloweenPero volvamos un poco más cerca. Es 31 de octubre y ya desde hace unos días nos bombardean dos mensajes opuestos: por un lado toda la imaginería de Halloween (desde tiendas, televisiones e incluso colegios) y por otro furibundas diatribas contra esta fiesta. Resulta muy curioso que en este último bando, militen dos grupos irreconciliables en otros aspectos de la vida.

Porque ¿quién odia Halloween?

Es probable que el rechazo a esta fiesta provenga directamente del recelo a lo anglosajón. Muchos siglos de zurrarnos por cualquier rincón del mundo deja huella, claro. Pero podríamos concretar aún más, porque no se trata de una celebración puramente anglosajona, sino netamente norteamericana. Y aquí entra otra de las fobias españolas.

Está claro que el golpe de 1898 fue muy duro. En el subconsciente de la gente quedó esa idea de que los yankis son malvados y peligrosos; y el siglo XX, con las izquierdas apoyando todo lo que viniese de la URSS y maldiciendo a quien se le opusiera no hizo más que apoyar esa idea.

De modo que tenemos a los dos bandos de antiamericanos, los de izquierda y los conservadores, encontrándose con un fenómeno que causa furor entre los niños… ¡Entre sus propios hijos! Es terrible, porque puede no gustarte pero ¿les vas a quitar la ilusión a los pequeños que quieren vestirse de Drácula o de bruja? Y ahí se enfrentan las fuerzas primarias de dejar que el niño se lo pase bien o dar rienda suelta al antiamericanismo ancestral. ¡No puede ser! ¡Alguien tendría que prohibir eso! ¡Y a Papá Noel también, que trae el mismo problema!

Pero una vez descubierto que los dos grupos de enemigos irreconciliables tienen un enemigo en común, analicemos sus verdaderas razones:

Para un progre que se precie, celebrar Halloween es ceder a la pérfida sociedad de consumo capitalista. Muy mal, muy mal. Eso de comprar cosas sólo porque se usan para divertirse, y que los niños vayan disfrazados…

En su cepa más virulenta, el buen marxista además recela de todo acto colectivo que conlleve pasarlo bien. Lo suyo son las concentraciones conmemorativas de los mártires de la revolución, la lectura de exaltados discursos o las protestas contra la opresión. La juerga es cosa de capitalistas y de proletarios alienados.

En cambio, el conservador lo que tiene es miedo a que las nuevas tradiciones hagan desaparecer a las antiguas. “Más Tenorio y menos Halloween”, se puede leer por ahí.

Bueno, respecto de los argumentos progresistas, no tengo nada que decir. Tienen toda la razón, además. Se consume, como en todas las fiestas, y además (¡horror!) la gente lo hace voluntariamente, donde y como quiere. Aunque no creo que eso sea malo. De hecho es un punto a su favor.

Y en lo referente a los miedos más conservadores, creo que la cosa no es para preocuparse demasiado.

Adoptar una fiesta no significa necesariamente que las antiguas se vayan a perder. Las cosas no funcionan así. Los niños van a querer su regalo en Navidad, traído en trineo volador, y luego esperarán con la misma ilusión a los Reyes Magos. Del mismo modo, un chaval se puede vestir de momia en Halloween y al día siguiente ir a visitar la tumba de su bisabuelo. De hecho, la conservación de esas tradiciones depende de que quien tanto teme perderlas, las siga practicando. Nada más.

Por supuesto, admito que es una fiesta extranjera, pero no creo que eso sea relevante. Muchas de nuestras tradiciones, como el portal de Belén, lo eran en origen, y eso no parece ser un problema hoy en día.

Porque al final, ni todo este rollo que estoy soltando, ni todas las protestas que se repiten el las redes sociales o en los medios de comunicación, van a cambiar lo esencial: Al igual que lo que decía antes de los japoneses, la gente de aquí lo que quiere es pasarlo bien. Los niños quieren disfrazarse y que les den caramelos, y los más grandes, una excusa para ir de fiesta.

Que conste que nunca he sido de los que celebran Hallowen, y de momento mi hijo es demasiado pequeño para hacerlo. Y hasta cierto punto, yo también ando un poco saturado de todo el bombardeo mediático (tanto a favor como en contra), aunque eso me pasa también con el resto de fiestas. Soy así de cascarrabias, qué le voy a hacer. Sin embargo, no puedo ver mal que la gente se lo pase bien sin hacer daño a nadie.2halloween

Y no quiero terminar sin hacer una última reflexión. La absorción cultural es un fenómeno que opera en los dos sentidos. Hace 20 años no era corriente ver a nadie disfrazado de pirata-zombi por las calles de Sevilla, pero tampoco lo era ver un portalito de Belén en una casa no católica en los EEUU. Es posible, sólo posible, que estas cosas lejos de empobrecernos, le den un poco de salsa al guiso.

Los japoneses lo llevan bien y se divierten. No veo por qué no vamos a hacer aquí lo mismo.