Home Derecho Un problema de mala educación

Un problema de mala educación

escrito por Miguel A.Velarde 8 mayo, 2013

urbanidad1Cuanto más me lo planteo, más me convenzo de que el principal problema que tiene la democracia española es la falta de educación de los ciudadanos. Y no me estoy refiriendo en esta ocasión a la formación, los conocimientos o el adoctrinamiento (que también), ni entraré en polémicas sobre la calidad de las universidades ni el sistema educativo en general. Por educación me refiero a cortesía.

Existe tal falta de educación que ese concepto, en sí mismo, se ha convertido en algo tabú. Los buenos modales, las buenas maneras, la urbanidad, la cortesía, han pasado a ser sinónimo de lo antiguo, de oscurantismo, de represión. Como si el actuar de forma que se cause el mínimo trastorno innecesario a los demás fuera algo malo.

A eso hay que añadir el gusto por el exceso que tenemos los españoles. En cualquier asunto que nos ocupe tendemos a pasarnos tres pueblos o a quedarnos cortos, sin que el concepto budista o délfico del “de nada demasiado” parezca que haya calado demasiado por estos lares.

Terry Pratchett ambienta una de sus geniales parodias en un reino muy parecido a la China imperial, en el que unos revolucionarios realizan pintadas del tipo “moderadas molestias al tirano opresor”, porque es difícil borrar de un plumazo miles de años de educación y buenas maneras. En España, país ya paródico de por sí, la situación es la opuesta.

En el aspecto jurídico, a la mala educación se une la confusión acerca del contenido y significado de los derechos. Establece nuestro Código Civil, auténtica base del Ordenamiento Jurídico, que los derechos deberán ejercitarse conforme a las exigencias de la buena fe. Lo que en la mayoría de ocasiones significa plantearnos un mero problema de gradación de nuestras acciones. Pero para los nosotros, parece que esa ponderación se decide por el tradicional método del ancho del embudo.

Pongamos un ejemplo: Todos hemos sufrido al clásico familiar, vecino o conocido que sin ser preguntado al respecto, te regala su opinión sobre lo mal que estás criando a tus hijos, lo fea que es tu casa, el coche tan cutre que tienes o el modo correcto de hacer tu trabajo. Cuando le haces ver, de forma cortés por supuesto, la escasa estima que te merece su opinión y lo inapropiado de meterse en la vida de los demás, muy ofendido te espetará aquello de que estamos en un país libre y que sólo ejerce su derecho a la libertad de expresión.

Mejor dejarlo ahí, porque jamás comprenderá que la libertad de expresión es un derecho que tiene frente al Estado, no frente a ti. Que si lo desea, puede escribir un libro sobre el tema, fundar un blog o enviar cartas al director de todos los periódicos, sin que el gobierno pueda censurarlo, pero que no puede obligarte a ti a aguantar sus tonterías. Que una opinión no solicitada sobre un asunto personal, meterse en la vida de los demás, está feo. Y no lo entenderá porque adolece de una lamentable falta de educación.

Y esto es visible en el ejercicio de otros muchos derechos. En el de manifestación, una cosa que llama la atención en otros países con una tradición democrática más asentada, de esos en los que no se encuentran heces de mascotas en las calles, es que la gente tiende a manifestarse por las aceras. A menos que el número de asistentes no lo permita, se procura no cortar el tráfico, porque lo que se pretende es hacer visible la opinión de un grupo de ciudadanos, y para ello ya están los carteles y las consignas. No es necesario molestar más a los conciudadanos cortando el tráfico. Los vecinos no son el enemigo, como aquí.

En cambio en nuestro país, he llegado a ver a un grupo de no más de 10 personas cortando una avenida. Es como si los españoles sólo sintieran que les escuchan si fastidian a alguien, aunque no sea el destinatario de sus protestas. Y eso es porque tristemente, a una buena parte de nuestros paisanos le importan un rábano los demás.

Podría parecer que tampoco es tan importante, pero realmente lo es. Porque una vez borradas las líneas internas que a cada uno le marcan dónde se empieza a hacer más daño del imprescindible, la escalada es inevitable. Y muy peligrosa, si a ello unimos la polarización en la que nos hundimos, en la que no hay personas con ideas distintas, sino enemigos que se mueven por pura maldad, y que por lo tanto sólo se merecen lo peor. En ello estamos, y la cosa tiene visos de ir a peor.

Volvamos al derecho de manifestación. Por supuesto, cualquiera tiene el derecho a ejercerlo ante un cargo público en el ejercicio del mismo. Expresar opiniones, rechazo o aprobación es no sólo legítimo, sino incluso sano. Y ahí es donde empezamos a pasarnos de la raya.

Porque lo que ya es un abuso del derecho es impedir que el objeto de las protestas pueda ejercer su cargo o la celebración de cualquier acto, ya sea público o privado. Como he comentado debería ser una mera cuestión de educación. Una vez se ha protestado, una vez se ha dejado clara la postura de los manifestantes, una vez se ha ejercido de forma plena el derecho, la vida debe continuar. Si se desea, se puede seguir con las pancartas y los gritos a la conclusión del acto, o al día siguiente, o los días múltiplos de tres. Ya se te ha escuchado, ahora les toca a los demás.

Pero estamos acostumbrados a que personas más o menos públicas tengan que suspender actos, o no se les deje hablar, porque un grupo de manifestantes decide que no es bastante con el mero hecho de expresar sus opiniones o quejas. No sólo se trata de un abuso del derecho, sino que estamos ante algo más peligroso. Es el intento de expulsar al objeto de las quejas de la vida civil. Cercenar su propio derecho a la libertad de expresión y sabotear el funcionamiento de las instituciones. Al fin y al cabo no es una persona que piensa distinto, sino que es malo, perverso, y como tal debe ser tratado.

En cuanto al modo de expresar las opiniones, también hay grados y modos. De la pancarta y el megáfono, con consignas más o menos duras, de la crítica a un cargo o una gestión, aquí se suele pasar al insulto personal, a la amenaza, la agresión e incluso al esputo.

Existe un derecho de manifestación, pero no un derecho a la agresión, sea ésta física, verbal o moral. Y por supuesto, no existe el derecho a expulsar a nadie de la vida pública porque nos caigan mal sus ideas o no nos guste su cara. ¿Cómo sabemos cuando pasamos de una cosa a la otra? Con un mínimo de educación no habría problema. Pero lamentablemente no la hay.

Y luego hay otro grado más. El de perseguir al objeto de nuestras protestas a su propio domicilio particular. Sacar nuestra reivindicación (al fin y al cabo, como tal, un acto político, entendiendo esta palabra en su acepción amplia y democrática de intervención ciudadana) de la esfera pública para invadir el espacio privado de alguien. Y ahí tenemos a más personas, que en principio no tienen nada que ver con el tema, siendo fastidiadas (por decirlo suavemente) por un grupo que no ha tenido un mínimo de consideración hacia ellas. Con una total y absoluta falta de educación y de respeto hacia vecinos y familiares de su víctima.

Pero además estamos ante un hecho más grave que la simple falta de educación. Estamos ante una clara agresión. Veámoslo con un sencillo ejemplo. Imaginemos la pelea de un matrimonio; ambos elevan la voz y gesticulan vehementemente. Es más que probable que el episodio acabe en los Juzgados, en un procedimiento de los que vulgarmente se conocen como de violencia de género. Pues bien, con seguridad esas gesticulaciones y esas voces más altas que otras, aunque no hayan mediado amenazas expresas ni insultos, serán consideradas un acto de violencia.

Ahora cambiemos el escenario tras un elegante fundido en negro. Un grupo de personas, ante el domicilio de otra, gritan y gesticulan de forma parecida a la del anterior condenado. Portan pancartas y ponen pegatinas en la puerta. Persiguen a vecinos y familiares del objetivo, entre gritos y gesticulaciones, y además lanzan insultos del tipo “asesino”, “chorizo” y demás. Y todo ello porque su objetivo tiene ideas políticas diferentes y para forzarlo a cambiar de postura. Sin embargo, los propios manifestantes piensan que no están ejerciendo ningún tipo de violencia ni de intimidación.

No le busquemos tres pies al gato. La mayoría de esos manifestantes sufre de un grave episodio de falta de educación, sin más. Es cierto que sus organizadores tienen otros fines en mente. Y también lo es que además, a todo ello ayuda que los asistentes han decidido asumir una explicación de los problemas simplona, de modo que no sea necesario ningún esfuerzo para creer entenderla, junto con una infantil polarización de la vida entre buenos y malos, donde uno siempre es el bueno y los demás los malos, que además son los responsables de todos los problemas.

Puede que haya quien diga que además, los referentes morales de estas personas han permanecido inalterados desde tiempos anteriores al derecho romano, como si se tratase de auténticos fósiles vivientes. No hace mucho que en una red social se divulgaba un texto que venía a poner algo así como:

– ¿Por qué mis hijos, que son inocentes y no son responsables de nada, deben aguantar agresiones de manifestantes?

– Porque los hijos de otros han sido expulsados de sus casas.

No hay que darle más vueltas. El autor de semejante rebuzno, así como todos los que lo jalean y lo comparten, no es que sean partidarios de la justicia genesíaca, bíblica o en general, tardo-neolítica, según la cual los pecados de los padres son heredados por los hijos; ni es probable que aprendieran moral en libros de leyes arcaicos del Imperio Chino, donde el castigo de los delitos graves debía alcanzar a todos los miembros de la familia del criminal, hasta el séptimo grado. Son sólo personas normales con sus esquemas morales corroídos por una incesante y machacona letanía que les habla de buenos, malos, soluciones sencillas y agravios pasados.

Y por supuesto, sin la más mínima educación. Esa es la clave. De otro modo, quien se ofende porque lo comparan con otras cosas o se le critica, se daría cuenta que del mismo modo, otros pueden ofenderse cuando les insultan. También se percataría que pegarle fuego a las puertas de viviendas o perseguir a madres de cargos públicos no está nada bonito. Y por supuesto, que amedrentar con su presencia vociferante a los hijos menores o a familiares de cualquiera es un acto rastrero y propio de miserables.

Pero es inútil, porque de nuevo entra en juego la teoría del ancho del embudo, según la cual, lo que ellos hacen, sea lo que sea, está bien porque son los buenos y el fin es noble. En cambio, cualquier cosa que hagan los demás y les perjudique (la mera crítica, por ejemplo), es un acto indignante de represión y entra dentro de esa gran conspiración oculta, perpetrada por gente malvada, empeñada desde tiempos remotos en vaya usted a saber qué fechorías.

De modo que, mientras me llega la siguiente circular de la malévola sinarquía, en la que se me desvele algún detalle más del Plan Maestro, a fin de ponerlo en marcha para conseguir nuestros oscuros designios, permítanme que les haga una sugerencia: la próxima vez que se encuentre con un conciudadano lleno de rabia y de infantiles ganas de salvar el mundo por la vía rápida, no le siga el juego. Piense que no es un enemigo, sino simplemente un pobre desgraciado sin educación. Quizás se hubieran evitado algunas guerras si se hubiera tenido esto en cuenta.