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Homo ignorantis formicum

escrito por Luis I. Gómez 7 mayo, 2013

¿Le mira mal su vecino cada vez que sale al jardín a fumar? ¿Ha discutido alguna vez con los padres de la amiga vegetariana de su hija adolescente sobre lo “insano” que es comer un asado de cordero? ¿Es usted de los que ha decidido limitarse al small-talk en las comidas de trabajo, no sea que su opinión termine siendo la pala que cave su tumba laboral?

Bienvenido al mundo feliz de los neoconvencionalistas.

HombreshormigaVivimos en un mundo lleno de neoconvencionalistas prohibicionistas, locos en su carrera por  controlarlo todo, por ver quién inventa y aplica más leyes, más prohibiciones, más reglamentaciones y, lo que es peor, cargados cada mañana de una gran porción de miradas acusadoras y gestos de desdén para los que osan abandonar el terreno de lo normado. Denunciantes vocacionales cuya meta no es el “bien común”, sino  excluir al diferente, marcarlo, señalarlo, para satisfacer lo que ellos creen su ego y su sensación de pertenecer a algo. Es decir, ellos no son como esa gentuza que conduce coches, fuma, habla castellano en la Ramblas, bebe dos vasos de vino, come bocatas de tortilla, va a misa los domingos, lanza piropos espontáneos o defiende la necesidad de las centrales nucleares. No, ellos pertenecen a una de las miles, millones de minorías incomprendidas que deben ser salvadas de la desaparición para así poder salvarnos a todos los demás.

Yo les recomiendo que busquen una minoría a la que adherirse: ¿es usted zurdo? ¿tal vez gordo? ¿pelirrojo? … casi no me atrevo a escribrlo… ¿es usted incluso… liberal? Algo encontrará, no se preocupe. Lo único que no debe decir nunca en público, jamás de los jamases, es que pertenece al grupo de personas que usa el sentido común, que se informa y recapacita antes de hacer nada o decidir nada.

¡El sentido común está completamente pasado de moda! Le ocurre lo mismo que al libre albedrío, esa cosa que hemos olvidado entre canciones románticas, amor a los gatos y horas interminables de televisión. Ya no sabemos lo que hacemos y es por ello que necesitamos leyes y normas que nos digan cómo alcanzar la felicidad que nos es propia. Nosotros los humanos somos simplemente destructores de la naturaleza, fundamentalmente dañinos, malos e indignos de confianza. Mientras creemos que estamos disfrutando un magnífico plato de ternera asada, estamos en realidad destrozando los paisajes argentinos sobrecargados de vacas maltratadas. Cada vez que dejamos la luz del pasillo encencida estamos destrozando el futuro de nuestros hijos, provocando el apocalipsis climático. No, no tenemos ni idea de lo que hacemos. ¡Menos mal que están “ellos” para salvarnos!

Los profetas neoconvencionalistas ya nos dicen lo que es bueno y lo que es malo, y estas son las categorías del mundo en que vivimos. Ya no existe lo “apropiado”, mucho menos lo “meditado” … olvídense de lo “justo”. Nos lo han puesto fácil: existen lo bueno y lo malo, punto.

Lo bueno es: protección del medio ambiente, protección del clima, protección de la infancia y protección de la salud, que conforman los cuatro mandamientos principales. Luego también es bueno: ir a todas partes en bicicleta, poner nombre a los árboles del barrio, denostar a los católicos (o los judíos), comprar siempre productos bio y/o de mercado justo, celebrar fiestas veggie y la homeopatía. ¡Ah! Y prohibir. Prohibir es muy bueno. Prohibir es fundamental, ya que las libertades individuales son indiscutiblemente obra del demonio. ¡A dónde íbamos a llegar si cada uno pudiese pensar, incluso decidir, qué es lo bueno para él! ¡Pero si todos somos unos enfermos mentales incapaces de protegernos de nosotros mismos! No, el demonio se oculta – siempre lo hizo – tras esa cosa terrible llamada libertad individual. Nosotros los humanos somos parte de un colectivo en comunión con la madre Gaia y hemos de estar eternamente agradecidos a aquellos entre nosotros que han sabido identificar el diablo que todos llevamos dentro, enseñándonos a desconfiar de nuestros bajos deseos, mostrándonos aquello que es realmente deseable para todos.

Antes, bajo la influencia del demonio, las personas aprendían equivocándose, y actuaban en consecuencia. Hoy, gracias a los neoconvencionalistas, las personas ya no necesitan aprender, les basta con hacer exactamente lo que las normas y prohibiciones les permiten. Ni el sentido común, ni el libre albedrío, esas dos patologías de la humanidad, son ya necesarios. Ha nacido el Homo ignorantis formicum.