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Proyectando el pasado en el futuro

escrito por Germanico 11 abril, 2013

Creo que hoy en día está generalmente admitido por casi todas las personas medianamente formadas en las cuestiones relativas a la naturaleza humana que nuestra mente no es una tabla rasa. Gracias en gran medida a la colosal obra del psicólogo canadiense Steven Pinker, muchos científicos “salieron del armario” de las ideas preconcebidas sobre la igualdad radical sin temor a ser excomulgados por un sacerdocio de la ex-“ciencia oficial” que ya se batía en retirada.  Ya se sabe eso de que una Teoría no es derrocada por otra, sino que gradualmente, según van muriendo sus defensores, la otra va creciendo, igual que según van desapareciendo unas especies y dejando nichos libres surge otras “de distinto pelaje” (pienso en dinosaurios y mamíferos, je). La prematura muerte del genial divulgador y gran científico Stephen Jay Gould fue un duro golpe para los partidarios de la Tabla Rasa, y una pena, por otro lado, la verdad.

El hecho de que no seamos radicalmente iguales tiene muchas implicaciones políticas. Pinker es un hombre que se declara de izquierdas, pero dista mucho de representar la radicalidad, que siempre ha combatido en sus discursos y en la forma en que los escribe o habla. Lo que a Pinker siempre le ha interesado es la naturaleza humana. Y si la naturaleza humana no coincide con las ideas que propugnan la igualdad a toda costa, es que las segundas están mal, pues a fin de cuentas son las ideas las que han de servir a nuestra naturaleza, y no a la inversa. Pero las ideas de justicia social e igualdad son abstracciones que pueden recoger tantos matices como bocas las articulen como palabras. Y, sin duda, si uno le pregunta a cualquier liberal de los clasificados como “liberales de derechas” si cree en la justicia y en la igualdad la respuesta, casi con total seguridad, será que “si”. Quién diga que no quizás debiera reclasificarse como “no liberal”, pero este es otro asunto.

Un asunto que Pinker ha seguido de cerca desde sus comienzos como científico social, es el del desarrollo de la mente en los niños. Éste campo es, en efecto, un campo abonado para todos aquellos que quieran sondear lo que somos. Lo que el niño aprende con esfuerzo (escritura, matemáticas), lo que aprende con una facilidad pasmosa (lenguaje) y lo que sencillamente desarrolla (andar, sonreir…) ilustran aspectos de nuestra naturaleza que no pueden ser pasados por alto en el debate naturaleza/crianza.

Lo que se aprecia es que resulta fácil amputar una capacidad, atrofiar un potencial, impedir un desarrollo, pero dejando florecer a cada flor en un tiesto con los adecuados nutrientes (digamos una crianza no draconiana) cada uno termina por ser, hasta cierto punto, lo que es.

Esto me recuerda a lo que en más de una ocasión he oído decir (y yo mismo he repetido, con distintas variantes) sobre los entrenadores de fútbol. Los hay que permiten que el equipo desarrolle su potencial, pero no tienen un particular mérito en ello, o, de tenerlo, es poco, pero por otra parte están los que son capaces de convertir hasta al mejor equipo en un conjunto de patanes.

El Psicólogo inglés Ken Robinson, que se sale de todos los patrones en las cuestiones educativas pero tiene una elocuencia arrolladora, tiene la idea de que todas las personas tienen su Elemento (así lo defiende en su libro “El Elemento”), es decir, la posibilidad de una feliz confluencia entre sus capacidades, sus actitudes, sus gustos, su entusiasmo y ¡su rol en la sociedad! Vamos, que eso de dedicarse a un trabajo gris, repetitivo, monótono, aburrido, poco valorado etc es algo que nos sucede, por lo general, porque no hemos encontrado nuestro elemento y nos hemos resignado al destino que nos ha sido asignado en parte por las circunstancias, en parte por malos consejos, en parte por malas decisiones, en parte por falta de autoconocimiento y autoreconocimiento etc.  Si esto que Robinson afirma con su bella prosa fuera cierto, uno sería lo que es, ciertamente, pero no necesariamente sería lo que está haciendo o el rol que está desempeñando, lo que, en definitiva, los demás creen que es o debe ser. Tomo un pequeño párrafo de su libro para ilustrar la idea (confío en que a los editores no les moleste, a fin de cuentas es publicidad de una obra bastante interesante):

Robinsontexto

 

Robinson es un claro detractor de un sistema educativo demasiado basado en un número limitado de capacidades lingüísticas y matemáticas, y no por fobia, sino porque cree que son capacidades que fueron muy necesarias para la era Industrial pero que no van a serlo tanto en el futuro impredecible que se avecina. ¿Cómo lo sabe, sí es impredecible? Bueno, ciertamente él mismo admitiría que no lo sabe, pero el fundamenta su razonamiento en los tremendos cambios que la era digital está introduciendo en nuestras vidas y nuestros hábitos y, con mayor potencia y celeridad, en los de nuestros hijos y nietos, que han nacido en ella y se están desarrollando en ella.

En un artículo de El País de la pasada semana elogiaban a Robinson e incluían un breve párrafo en el que nuestro filósofo y educador José Antonio Marina se mostraba en completo desacuerdo. En opinión de Marina los niños requieren un mínimo de disciplina intelectual, tener una columna vertebral de conocimientos de cuestiones de historia, geografía, matemáticas, lengua etc, sin la cual difícilmente serían buenos profesionales en cualquiera de los posibles mundos futuros (ruego me disculpe Marina porque esas no son sus palabras, sino mi interpretación personal e intransferible de sus palabras). Estoy de acuerdo. Asimismo añado que en el futuro, igual que hoy, serán necesarios seres humanos grises que realicen trabajos grises, y seres humanos duros que realicen trabajos duros, y no necesariamente por vocación. Pueden aspirar a ser estrellas del Rock (cosa que ya, todo sea dicho, poco beneficio puede proporcionar) o futbolistas (de los que luchan en ello son pocos los que llegan a la élite que da suficiente dinero para sacar adelante una economía doméstica). Además pienso que de entre la variabilidad de personalidades y  aptitudes (no hablaremos de inteligencia porque éste es cada vez más un concepto tabú tanto para Robinson cómo para mí, al menos tal y cómo se evalúa ahora) surgen personas que, verdaderamente, no prometen ni, a la postre, cumplen, con nada especial, y que, en consecuencia, son “obreros” naturales, sean en un trabajo mecánico o en uno de oficina (a estos les denomino yo “obreros del conocimiento”, dado que trabajan con conceptos sencillos, pero a fin de cuentas deben tener al menos una mínima cualificación).

Y para colmo tenemos el problema de lo que cada sociedad “demanda” como fuerza de trabajo. ¿Qué necesita ésta sociedad nuestra? ¿Cuántos artistas puede soportar? Esa cuestión es crucial.

pezalfuturoEn cierto sentido Robinson proclama la igualdad -lo que, según se entienda, puede ser una excelente propuesta o una nefasta idea peregrina-  si bien no cae en la falacia ya superada de la tabla rasa. Precisamente su argumentación (algunos suspicaces lo llamarían argucia) proclama la desigualdad de facultades humanas, y cómo cualquier sistema educativo que se precie de serlo ha de saber discriminar las desigualdades para mejor orientar a las personas.  En esto sigue la Escuela de las Inteligencias Múltiples, creada por nuestro querido entrevistado y Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales  Howard Gardner. Dicha Escuela ha tenido, entre otras derivaciones la de la Inteligencia Emocional, que ha dado origen asimismo a todo un conjunto de cuentos chinos (franceses, rusos, eslovacos, mejicanos, españoles, ingleses etc), al margen del fondo de verdad que hay en el hecho de que la inteligencia no es exacta ni necesariamente eso que miden los coeficientes de inteligencia generalmente aceptados y que las aptitudes para el trato social juegan casi siempre un papel decisivo en el éxito vital.

Yo, sinceramente, no me siento en mi Elemento. Robinson, a ti te lo digo. Me identifico con ese financiero que señalas en el breve párrafo que tomo de tu obra. Soy ese financiero, de hecho. No se me da mal mi labor, podría hacerla mejor ciertamente, si le pusiese más pasión. Quizás, quién sabe, con el paso de los años y la mejora de mis capacidades y conocimientos dentro de este limitado ámbito en el que me encuentro encerrado, termine por cogerle el gusto. A mí mi padre me decía: “Si no consigues hacer lo que te gusta intenta al menos lograr que te guste lo que haces”. Y supongo que la náusea que me producía dicha afirmación era la que producen las verdades –esas cosas que, en general, tanto molestan.

Intento poner pasión a esto que hago. Desde luego el sueldo que recibo me obliga a poner al menos lo necesario para justificar el gasto que en mí se hace. Lo ideal, para la empresa, es que vaya mucho más allá y resulte que, con mi trabajo, aporte mucho más valor a la empresa del que la empresa tiene considerado como coste por mi trabajo. Con el tiempo probablemente, dejando rodar las cosas, sea así, casi por pura inercia. Soy inquieto y me da repelús perder mi tiempo. Pero no estoy en mi Elemento. Y admito que desconozco cuál es. El propio Robinson admite que mucha gente lo desconoce, pero que algunos tienen una epifanía a partir de la cuál entran en dicho elemento. Espero entonces que me llegue ese momento y, mientras tanto me dedicaré a esta tarea relativamente rutinaria, pero necesaria, con esmero y profesionalidad.

La cuestión de la Tabla Rasa pues parece zanjada, incluso entre los partidarios de la igualdad que aún creen, en cierto modo, que todos nacemos iguales (aunque con potenciales distintos para distintas cosas). La idea de Trosky (creo recordar que era suya) de una sociedad en la que cada individuo sería un “Aristóteles”, un “Kant” un “Newton” o un (jajajajajajajajaja, risas) “Marx” (bueno, tuvo alguna idea ingeniosa, no todo es malo en él, y las risas también las inspira Groucho) es una idea descabellada. ¿Quién haría los arduos e ingratos trabajos del campo, de la minería o de la industria, si todos tuvieran una inteligencia privilegiada? ¿No tendrían todos la sensación de estar desperdiciando su talento en trabajos serviles? Sin duda.

arbolenrocaDavid Hume, gran filósofo, seguía en cierto modo las ideas de tabla rasa que introdujo en la filosofía inglesa su predecesor John Locke, y, en su Tratado Sobre la Naturaleza Humana, obra ambiciosa y muy lograda, sugiere, dicho de forma sucinta y clara, que nuestras ideas vienen de nuestras impresiones.  Es difícil no estar de acuerdo con este aserto, al menos por lo que se refiere a las imágenes mentales (casi todas ellas visuales, aunque no sólo y que forman parte de la red neuronal que almacena recuerdos) con las que construimos realidades paralelas a la que estamos experimentando durante la vigilia (soñar diurno, diría Freud) o completamente disparatadas pero con un sentido oculto que no alcanzamos a comprender durante el sueño (Freud creyó atisbar, erróneamente, algo así como un gran falo en la distancia, pero acertó seguramente en el carácter simbólico de los sueños).

Yo no puedo imaginar algo que, de alguna forma, no haya experimentado. Es decir, mi mente, mi cerebro, puede combinar el color rojo con un plátano, un poco al estilo Andy Warhol, y crear un plátano rojo, cosa que, que se sepa, no existe en la naturaleza. Nassin Taleb nos dijo que Cisnes Negros sí había, en Australia, pero ese es otro tema. Hablamos de lo que nuestra mente es capaz de crear, de imaginar, de poner en movimiento y de convertir, proyectándolo en el futuro, en una predicción.

Los elementos con los que elaboramos nuestras proyecciones son más bien pocos, pero de alguna forma rellenamos los múltiples huecos que quedan en nuestra creación y le damos una forma final que tiene sentido, coherencia y “visibilidad” para nosotros. Visionarios de nuestras ideaciones, nos lanzamos a la acción.

Pero esto, ¿qué tiene de cierto? Volvamos a Pinker, a la naturaleza humana y a sus niños, a nuestros niños y a su desarrollo. Yo personalmente he comprobado en una pequeña muestra de niños pequeños, compuesta por mis propios hijos, sobrinos y los hijos de muchos de mis vecinos y amigos de edades parecidas cómo todas sus ideaciones se basan en lo que han percibido, integrado de alguna manera en su memoria en formación y construido a partir de ello. Su pasado determina su proyección de futuro y, lo más importante, sus ideas sobre el mundo.

Según van dejando atrás años de aprendizaje (social, escolar, individual, con juegos, trabajos, experiencias….) van conformando unas ideas más acordes con la realidad circundante. Si su pasado “evolutivo” (aquí utilizo la frase “pasado evolutivo” en términos de Psicología del Desarrollo) ha sido poco rico en experiencias, juegos, etc, es muy probable que tengan menos recursos para expresar sus capacidades, sean esta cuáles sean por naturaleza. Experimentos hechos con ratones y sobradamente conocidos muestran esto en otra especie. Se separaban dos grupos de ratones en dos jaulas: una tenía múltiples estímulos y aparatos para jugar (por ejemplo la famosa ruedecilla de los hamsters) y otros una jaula pobre sin nada interesante, de lo más homogénea. Pasado un tiempo se les sometía a pruebas de laberinto (típicas también con estos animales) y los ratones con entornos más estimulantes mostraban una mejor aptitud para resolver el problema que planteaba el laberinto. Eran, a juicio de los experimentadores, más “inteligentes”.

La cuestión es que Robinson y antes Gardner tienen toda la razón al afirmar que la inteligencia es algo mal definido y, hasta el momento, inadecuadamente medido. Todos tenemos nuestro corazoncito, dicen algunos, y yo digo: todos tenemos nuestra naturaleza. Luego nos tocará un entorno más o menos estimulante, así como unas circunstancias vitales más o menos favorables para el desarrollo de nuestras aptitudes y facultades. Y nuestra mente, con un procesador al que el psicólogo y neurocientífico Michael Gazzaniga llama “el intérprete”, toma de lo que le rodea lo que hay para hacerse su “composición de lugar”, tanto de cara al presente como de cara al futuro, sobre el que hará múltiples proyecciones a partir de los elementos de los que dispone. La velocidad y calidad de ese misterioso procesador que Gazzaniga llama “el intérprete” (y  que yo “interpreto” libremente como “procesador”) viene en cierto modo determinada por los genes y algunos sucesos producidos en el desarrollo embrionario temprano. Pero la “composición de lugar”, la Proyección del pasado en el futuro, viene en gran medida determinada por nuestra experiencia vital.

El Nobel Gerald Edelman dice que el pasado es un presente recordado. Esto concuerda con todo lo dicho. Vemos, en cierto sentido, lo que esperamos ver. De ahí muchos de nuestros sesgos cognitivos. Y en el futuro, a la hora de valorar nuestros horizontes de posibilidades, somos tan visionarios como variados sean los escenarios que seamos capaces de imaginar, lo cual depende de la cantidad de experiencia acumulada en nuestras redes neuronales en forma de recuerdos de toda índole.

  • Arturo

    Magnífico artículo. Sería muy interesante añadirle una reseña una reseña bibliográfica sobre los libros y/o autores que citas.

    Sobre la inteligencia yo hace años que me encontré profundas contradicciones entre lo que nos habían vendido con “ser inteligente” en la escuela, y serlo en la vida real, es decir, desenvolverse lo más satisfactoriamente posible frente a todas las vicisitudes de la existencia. Ello y otras experiencias me llevó a lo que creo que es una interpretación bastante más amplia de lo que creo que deberiamos entender por inteligencia.

    Nuestra mente recibe información de nuestro entorno y con ella va construyendo un modelo mental de la realidad, un modelo electroquímico / neuronal, un simulador de la realidad que nos rodea, igual que hay programas informáticos de juegos que simulan los más variados entornos. Tal modelo mental tiene, como no puede ser de otra forma, dos grandes conjuntos de imperfecciones: es incompleto (hay cosas o detalles de la realidad que nos rodea que ignoramos, no están en el modelo, seamos conscientes de ello o no) y es imperfecto (lo que en nuestro modelo mental creemos que es de una forma, realmente es de otra). Además, algunos de los elementos de la realidad que componen el modelo de cada uno, es totalmente emocional; dicho de otra forma, son creencias infundadas que se nos cuelan en el modelo porque nos hacen sentirnos bien (p.e. las creencias religiosas en general); de hecho, en cierto modo probablemente muchos de los elementos que componen nuestro modelo de la realidad tengan un cierto componente emocional, es decir les otorgamos un status que no se corresponde con la realidad, porque otorgarles tal status nos hace sentirnos bien, nos proporciona un irrenunciable confort psíquico por decirlo de alguna forma, representando por tanto imperfecciones de modelo, no por error en la información recibida por nuestros sentidos o interpretación de la misma, sino por “interferencia emocional”.

    Entendida la parrafada anterior, creo que la inteligencia puede definirse como la capacidad de construir modelos mentales de la realidad lo más completos, perfectos, y libres de interferencias emocionales posible, así como a la capacidad de utilizar el modelo para desenvolverse en la vida. A esta definición le veo de bueno que tiene cabida para prácticamente todas “inteligencias sueltas” de que tanto nos han hablado (matemática, lingüistica, social, … incluso la emocional).

  • LGDarley

    Gran artículo, como el de los ULTRAKEYNESIANOS (también soy pesismista y más después de casí 40 años de educacion en principios socialistas-estatistas)