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Sócrates en Tecnópolis

escrito por Germanico 6 abril, 2013

groucho

Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cinco años podría entenderlo. ¡Que me traigan un niño de cinco años! Clamaba Groucho Marx en una de sus cómicas escenas cinematográficas. Probablemente mucha gente conozca esta frase, alguna menos en qué película se pronunció, bastante menos en que momento de la trama, y apenas unos pocos (los que hayan visto la película una y otra vez) unos pocos detalles de la escena más allá de la frase misma. Nuestra percepción y nuestra memoria toman del mundo circundante aspectos significativos y los transforman, almacenan, evocan, transforman de nuevo y vuelven a almacenar de forma reiterada. El hecho es que no sabemos gran parte de lo que creemos saber. No entendemos. Así que nos vemos obligados a llamar a un niño de cinco años, pero no para que nos explique las cosas, sino para que nos pregunte una y otra vez para que revelemos en qué punto del proceso de conocimiento del mundo nos hemos quedado, formulando un simple ¿por qué?

socrates_2Los niños nos enseñan mucho. Nos preguntan mucho y, al hacerlo, hacen que nos veamos ante la evidencia de nuestra falta de conocimiento sobre la mayoría de las cosas que damos por supuestas. No fue, sin embargo, un niño, quién hizo un método de la pregunta reiterada para revelar el conocimiento y, principalmente, su ausencia, sino un filósofo, un “amante del saber” de Atenas, Grecia. Era un tipo feo, barrigón, borrachuzo, que gustaba de la compañía de chicos jóvenes para encuentros sexuales (como muchos de sus coetáneos y conciudadanos) y que se paseaba descalzo por las calles de su ciudad (su Polis). El gordito era un auténtico irónico, y se dirigía con un aspecto desaliñado a los grandes sabios de su tiempo, llamados “Sofistas”, para preguntar sobre aquellos aspectos (aparentemente) más profundos de su sabiduría. Y a lo que llegaba era a poner de manifiesto la completa ignorancia del sabio de turno. Así al menos lo idealiza Platón, hombre de anchas espaldas que fue discípulo suyo, en los Diálogos que dejó escritos para la posteridad. En su idealización terminaba por mostrar a un Sócrates capaz de llegar no sólo a evidenciar la ignorancia ajena, sino a plantear “ideas” propias que, en principio, no admitían mucho cuestionamiento y se parecían mucho a la “verdad”. Esa verdad era la de Platón, indudablemente, pero el método era de Sócrates. Dicho método le mereció la acusación de “corruptor de la juventud” y una condena a muerte de las que se condenarán por siempre.

milan-kunderaNo recuerdo con fiabilidad la frase de Milan Kundera, el escritor checo. Tampoco estoy seguro de en cúal de sus libros la leí. Recuerdo que mi hermano me la repitió un día porque le parecía genial. Básicamente venía a decir, Kundera, en uno de sus libros, en uno de sus fragmentos literarios, que desde hace apenas un par de siglos el ser humano se ve ante la desconcertante y frustrante realidad de no conocer los aparatos que utiliza en su vida cotidiana. Eso, desde luego, no los sucedía a nuestros ancestros. Tampoco es Kundera ignorante sobre la fragilidad de nuestra mente. Por ejemplo sobre el ejercicio de la lectura de una novela, en otra de sus novelas, no sé cúal, viene a decir que es algo que deja una huella endeble en nuestra mentes. Recorremos las páginas a gran velocidad y, si alguien nos pregunta, pongamos por caso, que es lo que dice exactamente la línea que acabamos de leer somos incapaces de recordarlo. Pero, peor aún, la mayor parte de los detalles de lo relatado ha desaparecido de nuestra mente. Nos quedan una serie de ideas concatenadas, de relato en la mente, pero en medio de un gran vacío contextual.

9788490060247Los psicólogos no dejan de estudiar estos fenómenos de nuestra escasa capacidad de percibir y de recordar. Dos de ellos, Christopher Chabris y Daniel Simons, pusieron a prueba la capacidad de las personas de percibir adecuadamente una escena. No imaginaban que el vídeo que iban a grabar iba a tener tanto éxito. Más teniendo presente que era un aburrido vídeo de unos cuantos chavales que se pasaban pelotas de baloncesto. Quién lo veía tenía que contar el número de pases que se daban entre sí los de un equipo con una camisa blanca (¿o negra?), pudiendo obviar los que se daban entre sí los de otro equipo con la camisa del color contrario al equipo de referencia. Creo recordar que el número exacto de pases era doce. Poco importa. Yo vi el vídeo. Me pareció una chorrada. Era fácil contar el número de pases. ¿Qué dificultad entrañaba aquello? Ninguna, en realidad, pero olvidé al Gorila. Es decir, no lo ví. Había pasado por el centro de la pista dónde los jóvenes jugaban (bueno, no era un gorila, sino un tío vestido de gorila), se había dado unos golpes en el pecho, y había salido de escena con el mismo paso con el que entró (¿rápido? ¿despacio?….lo suficientemente despacio para no pasar desapercibido seguro). Volví a ver el vídeo, como un significativo porcentaje de los pardillos que lo había visto hasta entonces (tendría que consultar el porcentaje exacto) y vi al gorila. Prestando atención a su entrada, en lugar de a los pases, se le podía ver con toda nitidez. No, no me habían cambiado el vídeo, era el mismo. Había cambiado el objeto de mi atención.

Chabris y Simons han escrito un libro que parte de este experimento para adentrarse más en profundidad en nuestras lagunas perceptivas, memorísticas, nuestros sesgos y nuestros fallos cognitivos. El título, bien visible, es El Gorila Invisible, por si a alguien le interesara leer algo que le ilustrase sobre su inconsciencia e ignorancia.

kidandchalkboard-shutterstock_95571682-700x700En una parte del mismo se relata el experiento de otro psicólogo, Leon Rozenblit, que nos lleva al niño de 5 años demandado por Groucho y cuyas preguntas persiguen el fin socrático de revelar la ignorancia y, más importante aún, lo que Chabris y Simons denominan la “ilusión del conocimiento”. El objeto de las preguntas que formuló Rozenblit a una serie de personas (de todo tipo y estátus intelectual) fue no una gran abstracción filosófica como el alma, o los métodos de un arte (presuntamente) ciencia, como la retórica, sino cosas aparentemente más prosaicas, como el funcionamiento de una cerradura cilíndrica o por qué el cielo es azul. La pregunta no era exáctamente un ¿Por qué? (tampoco las de Sócrates lo eran, ni, gran número de veces, las de los niños de cinco años). Rozenblit preguntaba “¿Por qué es así?”. El caso es que el número de rondas para obtener una renuncia por parte de los acosados por la pregunta era ridículamente bajo en la mayoría de los casos. A pesar de creer que comprendemos la mayoría de las cosas que nos rodean en el mundo en el que vivimos, apenas tenemos unas nociones elementales, y en ocasiones nuestra ignorancia podría calificarse de analfabetismo funcional. Ay. Y de eso no escapaban ni catedráticos. Kundera tenía razón. Sócrates también. Y Groucho también. Los niños, sencillamente, revelan su ignorancia desde el principio preguntando. Por eso hacen falta, para ponernos ante el espejo de la nuestra.

001000229bEn nuestra sociedad tecnológica vagamos como lo hacíamos en los entornos ancestrales. No somos más diestros que un cazador-recolector, simplemente nos especializamos en cosas diferentes. Y lo demás es magia o confianza. En el peor de los casos, y este está muy extendido, autoconfianza. Son muchos los que se pasean con el cuello bien alto presumiendo de sabiduría. A falta de un Sócrates que les bajase los humos bien podríamos fiarnos, por una vez, de alguien que sabe de lo que sabe, Robert Feldman. En su libro Cuando Mentimos, éste psicólogo americano, aparte de contar (casi) toda la verdad sobre la mentira, nos habla de otros experimentos que revelan cómo quien muestra más confianza en sí mismo por lo general no es el que más sabe, que suele ser más dubitativo, ni el más necio, que sencillamente no puede articular palabra o discurso coherentes, sino el que tiene un conocimiento medianejo, el mediocre, vaya. Señor mediocre, ¿podría usted revelarnos, con su oráculo de engreimiento, algo parecido a una verdad? En ocasiones sí, y en ocasiones simplemente transmiten confianza y ganan dinero como resultado de ello, lo cual no está mal para su supervivencia y la de los suyos, aunque a los “engañados” por las apariencias no les proporcione bien tangible o intangible alguno, salvo una ligera sensación de tranquilidad, probablemente transitoria.

Sócrates hoy vería la impostura por doquier. Tendría tanto trabajo que pronto descubriría que no tiene, en el fondo, ninguno.La ilusión del conocimiento es un fenómeno generalizado en la sociedad que más se ignora a sí misma. Y con esa ilusión marcharemos todos juntos hacia la hecatombre final. ¿Alguien podría llamar a un niño de cinco años?