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Estamos aquí para ayudarle

escrito por Miguel A.Velarde 8 marzo, 2013

La verdad es que tenía pensado escribir sobre otra cosa. Esta mañana me había levantado especialmente friky y se me habían ocurrido unas disquisiciones que, si bien quizás alguien pudiera considerar no demasiado serias, no es menos cierto que hay sucesos relevantes de la vida real que parecen sacados de alguna parodia surrealista. No hay más que abrir cualquier periódico y pasarse por la sección de noticias de Iberoamérica, por ejemplo.

Sin embargo hoy tuve la ocurrencia de pasarme por el CMAC (Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación, de la Consejería de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo de la Junta de Andalucía… No me digan que el nombre no es para enmarcarlo). No es por afición, claro. El trabajo manda. Y para ser justos, no es completamente cierto que la institución sea una completa inutilidad. Al menos, como fuente de anécdotas y reflexiones no tiene precio.

Al acercarme al mostrador de registro de documentos, tuve que abrirme paso entre un nutrido grupo señoras que se afanaban en rellenar un modelo normalizado (entendiendo por tal una ennegrecida hoja escrita a máquina, con puntitos en las zonas a rellenar y fotocopiada infinidad de veces) de demanda de conciliación ante esa administración.

Viendo que nadie estaba en el mostrador, avancé con decisión, ocupé la posición casi sin resistencia y presenté los papeles que llevaba; y estaba a punto de marcharme cuando a mi lado, una de las mujeres se acercó a una funcionaria para preguntarle una duda.

No voy a entrar en detalles, pero ante la sorprendente respuesta que escuché no pude resistirme y, con la mejor educación de la que pude echar mano (no es buena idea desairar a funcionarios que pueden extraviarte papeles o meterlos en un cajón para que el tiempo los convierta en gran reserva), le resolví la duda a la señora. Es decir, que también se la resolví a la funcionaria que estaba allí para darle información y asesorarla.

Y es que uno no termina de aprender. Con lo tranquilo que se vive estando callado. Fue abrir la boca y enseguida me encontré con que las desesperadas señoras estaban deseando contarle su problema a alguien. Una de ellas me enseñó una disparatada carta de despido y me explicó indignada cómo las habían echado por las bravas; a toda la plantilla.

Por supuesto no querían contratar un abogado. Alguna sólo quería saber cómo se rellenaba aquel papel que, en su opinión, estaba redactado en un dialecto arcaico y poco usual del cantonés. Y otras sólo querían contarle sus problemas a alguien. Lo dicho: no sé estarme callado.

Mi angelito malo me susurraba al oído: «Lágate ya. No vas a cobrar un duro de esto. No son tus clientes. Regatea. Un poco de esquiva en plan aikido, y la puerta está al alcance de tu mano.»

Pero mi angelito bueno me decía: «Las pobres están más perdidas que el barco del arroz. No cuesta nada echarles una manita.»

Estaba por hacerle caso al pequeño demonio cuando a mi lado, una de ellas le preguntó a la funcionaria que las estaba asesorando, algo así como «¿Aquí, en lo de qué solicitamos, qué tengo que poner?»

A lo que escucho responder: «Que queréis los 15 días de preaviso y el finiquito.»

Quizás fuera de la sorpresa, pero en ese momento, mi angelito bueno alcanzó al malo de lleno en la cara con un uraken (de los de verdad, no de los que se entrenan ahora para las competiciones de karate), seguido de un mawashi-geri que lo dejó tieso durante un rato.02

Antes de seguir, hay que aclarar algo. No es que yo sea precisamente un entusiasta del modelo laboral en el que nos movemos. España necesita una reforma laboral profunda, en la que se flexibilice la relación laboral, se simplifiquen todos los trámites y deje de penalizarse la contratación.

Sin embargo, siendo conscientes del marco normativo en el que estamos, hay que hacer las cosas medianamente bien. Con algo cuidado. Una cosa es no estar de acuerdo con la ley y otra exponerse tontamente a los problemas. En la mayoría de las ocasiones tampoco es tan difícil. Si se quieren alegar causas de despido, tan sólo hay que perder unos minutos en leerse el Estatuto de los Trabajadores para saber cómo actuar, y unos minutos más en redactar una carta de despido decente y actuar conforme al procedimiento. Luego puede venir un magistrado de lo social y poner pegas, pero al menos la cosa es defendible.

El asunto, sin entrar en el fondo del mismo, era un despido nulo de manual. Habían prescindido absolutamente del procedimiento para la modalidad de rescisión de contrato alegada, de modo que me acerqué a la señora y a la funcionaria.

Mi angelito bueno me advertía: «Contente. Con calma y sin perder la paciencia.»

Mi angelito malo añadía: «Hazle caso, que no veas como pega el tío.»

Le expliqué a la señora, y a las que estaban a su alrededor escuchando con la misma cara que tendría Paco Martínez Soria en el puente de la USS Enterprise (la de Star Trek, no el portaaviones), que lo que ellas estaban reclamando era por un despido que, a su entender, era contrario a la Ley. Que por ello, lo que tenían que escribir era que solicitaban que se reconociese el despido como nulo, o alternativamente improcedente. Que con eso, en caso de que les dieran a ellas la razón, la empresa estaría obligada a readmitirlas en las mismas condiciones en las que estaban, o a indemnizarlas. Y que por supuesto, el finiquito tenían que pagárselo si procedía, pero que eso era distinto de la indemnización.

Además les advertí que no se olvidaran de poner lo de la nulidad, puesto que era lo más atacable del caso, y en caso contrario, si fuesen a juicio, era muy posible que el Juzgado no admitiera esa solicitud si no se había alegado antes en la conciliación.

Y para mi sorpresa, la funcionaria les dice: «Pero eso da igual. A juicio no vais a ir porque no compensa. Ya sabéis, tardan mucho… Por lo menos hasta 2014 o así … Mejor poner aquí la reclamación, que vengan a pagaros, y ya está…. »

Mi angelito malo, ya recuperado, gritaba como un poseso: «¡A por ella! ¡Duro! ¡Por Crom!»

Mi angustiado angelito bueno me repetía: «¡Contente! ¡Que te pierdes! ¡Piensa en tu hijo!»

De modo que lo único que le respondí fue: «Ya, eso está muy bien, pero ¿y si la empresa ni se presenta a la conciliación?¿Y si se presentan y no quieren pagar? Ya sabe que hay gente muy rara por ahí a la que no le gusta eso de ir soltando dinero sólo porque se lo pidan…»

La funcionaria se me quedó mirando un instante. Por su expresión, creo que no fue hasta ese momento en que fue consciente de que existía esa posibilidad que le comentaba.

«Claro, sí… Puede que no haya avenencia…»

Y ya no esperé más consejos preternaturales ni nuevas preguntas. Los movimientos hay que hacerlos cuando se pilla a los otros con la guardia baja. Con mi mejor sonrisa me disculpé por la prisa que tenía, les deseé mucha suerte a todas, y enfilé el pasillo de salida como un Sherman del XXX cuerpo de ejércitode los EE.UU. por el puente de Nimega.

Y a todo esto, si ha llegado leyendo hasta aquí, se estará preguntando la razón por la que estoy contando esta historia. A parte del desahogo, como dije antes, una de las virtudes de organismos como el CMAC son las reflexiones que siempre se pueden hacer tras tratar con ellos. Por mi parte, yo saco las siguientes moralejas:

 

 1.- Ponga siempre en cuarentena cualquier información que le facilite el funcionario de una ventanilla. Suelen tener buena intención, pero eso no consuela demasiado al final.

 2.- Si además ese funcionario está ahí para asesorar, informar o en general, para prestar ayuda, directamente no se crea nada en absoluto de lo que le dice. De hecho, huya si aún está a tiempo. Contrariamente a la creencia popular, el ajo y los crucifijos no funcionan. No he probado aún con las balas de plata.

3.- Si necesita ayuda legal busque un abogado. Tampoco es tan caro y aunque a alguien pueda sorprenderle, cuando le paga a una persona para que le ayude, ésta suele esforzarse más en hacerlo.

4.- El punto anterior también vale para empresas que se quieran ahorrar un dinerito en indemnizaciones por despido improcedente.

5.- Si no se quiere uno gastar el dinero en un profesional, existe la posibilidad de leerse las leyes aplicables al caso. De hecho se lo recomiendo, aunque sólo sea por aquello de la culturilla general. Se pueden buscar en Google y todo. Y al fin y al cabo no es tan difícil. No es que sean como la teoría de cuerdas ni nada de eso.

 6.- Aunque tras tratar con estas administraciones dan ganas de no volver a pagar un duro de impuestos, recuerde que el fraude fiscal es algo muy feo. O al menos eso dice el ministro. A pesar de la tentación, escuche antes a su angelito bueno.

 

Y como sé que me voy a hacer acreedor de todo tipo de odios y protestas, no puedo terminar sin aclarar que conozco suficientes casos de funcionarios competentes y eficaces en su trabajo. El problema es tener que dedicar a esas personas a funciones absurdas, inútiles, vacías de sentido y contenido, y lo que es peor, cuyo resultado práctico no es más que poner trabas y problemas a los demás. Y por supuesto, alguien tendría que plantearse el seleccionar el perfil de quienes deben tratar con los ciudadanos.

 

Lo cual nos lleva al famoso chiste anglosajón sobre las grandes mentiras de la historia, una de las cuales es: «No se preocupe, somos del gobierno y estamos aquí para ayudarle.»