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Los peligros de abrir la boca

escrito por Miguel A.Velarde 5 febrero, 2013

Juicio1Contrariamente a lo que generalmente se cree, no es algo habitual que en un juicio declaren testigos falsos. O al menos que el abogado de la parte sea consciente de que lo son. Sé que abundan las historias y leyendas sobre el tema, pero además del componente ético del asunto hay una razón práctica de bastante peso, que hace que incluso en ocasiones, dé un poco de miedo presentar a auténticos testigos de los hechos. No digamos ya a los falsos.

El problema es que no se puede estar seguro de lo que va a soltar por su boquita una persona nerviosa y algo amedrentada (aunque ahora se haya mitigado, toda la parafernalia del proceso está pensada, entre otros motivos, para causar ese efecto psicológico), que tiene que contar lo que cree que sabe ante otras que la observan con hostilidad (excepto los jueces y magistrados, que casi seguro lo harán con aburrimiento) y que le hacen preguntas dirigidas a veces a minar su credibilidad.

Hay asuntos inatacablemente estructurados y defendidos, con una sólida base jurídica y un inquebrantable relato de los hechos, que se han venido abajo cuando el interesado, o alguno de sus testigos, se han puesto en pie ante el estrado.

El desastre suele comenzar con una pregunta del fiscal o letrado contrario del estilo de: “Dígame, don Fulanito, ¿no es cierto que…?”

Y a muchos se nos cambia el color de la cara cuando el interpelado responde con un: “Es que…” O peor aún, con un: “Bueno… Sí… pero…”

Aunque realmente sea que no. Da igual. Las preguntas ni siquiera son a mala idea, las más de las veces. En ocasiones no es necesario ir a pillar a nadie. Pero es entrar en la sala de vistas para que a una gran parte de la población se le bloquee esa parte del cerebro que articula un discurso racional, y un demonio travieso que habita en los juzgados toma el control para decir lo contrario de lo que se pretende. O peor aún, las dos cosas sucesivamente.

¿Ejemplos? Para aburrirse:

 

– ¿En ese momento faltó usted al respeto al demandante?

– ¿Yo? ¡Qué va! Le dije que era un cabrón, un chorizo y un hijo de la gran puta, pero en ningún momento llegué a faltarle. Yo tengo mucha educación.

– (En las “generales de la ley”) ¿Conoce usted a alguna de las partes?

– No, de nada, señoría.

– ¿Tiene usted algún interés en el resultado de este pleito?

– Sí. Que gane mi novio.

– (La defensa a un perito) ¿Y no es cierto que esos daños que usted describe pueden haber sido causados por cualquier otro suceso?

– Bueno… Sí, claro… poder como poder, sí…

– Gracias, no tengo más preguntas, señoría.

(Y después el perito me dijo que su respuesta se debía a que un gran terremoto o un desastre similar podrían, hipotéticamente, provocar las grietas de un edificio, debidas por cierto a una obra en el colindante).

– Sí, yo estaba en casa con una amiga, escuché los gritos, pero no vi nada, porque ni me asomé.

– ¿Entonces no puede decirnos si don Fulanito de Tal iba armado con una navaja?

– No, él tampoco estaba allí. Eran un chaval rubio con chándal y dos moros. Pero ninguno era del barrio. Yo creo que los he visito antes, de venir con las motos y eso…

– ¿Usted llegó a introducirse en el vehículo?

– ¡Qué va! Yo es que vi el coche con la ventana rota, y me dije: pobre hombre, a ver si le van a robar algo… Así que me metí por la ventanilla, lo registré, e iba a esconderlo todo bajo el asiento (para que si llegaba un ladrón no lo encontrase) cuando llegaron dos policías. Me dio miedo, salí y me puse a correr. Y ahí me trincaron… Vale, que a lo mejor lo de la llave está roto, pero no por que fuera a hacerle el puente, sino que al salir con prisas, con el apuro le di con el pie…

 

Aseguro al lector, comprensiblemente escéptico, que no me he inventado nada de lo anterior. Todo verídico.

 

Pero este tipo de cosas no suceden únicamente en sede judicial. Hay múltiples ocasiones en las que uno, ante una serie de personas, se siente obligado a justificarse por algo. Esas ocasiones en las que no teniendo en contra nada más que un indicio que no puede considerarse realmente una prueba, basta negar los hechos con contundencia y de ese modo, al menos entre los allegados, dar una sensación de credibilidad y honradez.

Es en esos momentos en los que, a menos que te den tus palabras por escrito, a veces se improvisa y se mete la pata, convirtiendo lo que podría ser una declaración firme de honradez en un aturullado lamento, en el que no se deja claro si uno cometió aquello de lo que lo acusan, o sólo lo hizo un poquito, o quizás no eso pero sí algo similar…

Todos tenemos en mente anécdotas en este sentido. Por ejemplo, recuerdo yo el caso de un presidente del gobierno que farfulló en cierta ocasión:

“Todo lo que se refiere a mí y figura allí y a los compañeros del partido queJuicio2 figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es lo que han publicado los medios de información; o dicho de otra manera, es totalmente falso.”

Al menos de todo esto se puede sacar una moraleja: Nunca llames a Mariano Rajoy para declarar como testigo en un juicio.