Psicología Social de la Salud VIII (La mente se autoengaña)

Sigamos rodando pendiente abajo hacia las zonas profundas e invisibles (para nosotros mismos) de nuestra mente. ¿Cómo es posible que nos engañemos con tanta facilidad? Nuestra visión del mundo en primera persona tiene sus ventajas, pero tiene el serio inconveniente de ser una perspectiva sesgada y, en un sentido profundo, egocéntrica. Pero veamos algunas aportaciones de la psicología social que han sido usadas con éxito para entender decisiones que se toman, y comportamientos que se llevan a cabo, en el ámbito de la salud.

 Teoría de la atribución:

Originalmente formulada por Heider (1958), esta teoría psicosocial se ha aplicado con posterioridad al ámbito de la salud. Nos habla del científico ingenuo que todo ser humano lleva dentro, que tiende a atribuir causas a determinados efectos observados en conductas de los demás o de uno mismo. La causación ingenua se suele basar en criterios tales como los antecedentes, resultados y la distintividad de la conducta, así como en el consenso respecto a la explicación causal con los demás. A más incierto inesperado y negativo resultado mayor necesidad psicológica de atribuirle una causa.

En Psicología Social de la Salud pueden observarse atribuciones en las enfermedades graves, pero también se observan atribuciones en las conductas de promoción de la salud. En las primeras los individuos diagnosticados con una de ellas tratan de controlar de alguna forma la situación buscando comprender las causas. Bien las buscará dentro bien fuera de sí mismo. Un pensamiento contrafactual supondrá un mal ajuste.

La autoinculpación es la respuesta más habitual de atribución en individuos con enfermedades graves. Pero las comprobaciones experimentales dan respuestas variadas sobre el asunto: los paralizados por accidentes de tráfico que se autoinculpan parecen superar mejor su situación, a juicio de quienes les tratan, que quienes hacen atribuciones externas o no tienen una atribución definida. Con los pacientes de enfermedades como el SIDA o con las mujeres que acaban de abortar parece que la autoinculpación es maladaptativa. Y en otras enfermedades no se han visto efectos de autoinculpación: en las víctimas de crímenes o a quienes se les detecta un cáncer precozmente, por ejemplo.

Como señala Janoff-Bulman, dentro de la autoinculpación podemos encontrar una referida a un acontecimiento o comportamiento concretos u otra que se refiere al propio carácter, siendo la segunda la peor, y pudiendo la primera renovar la sensación de control sobre el propio destino para lograr un cambio adaptativo.

Por lo que respecta a la promoción de la salud, las intervenciones se centran en la percepción de causalidad que hacen las personas y, en función de cuál sea esta se interviene de una u otra forma. Por ejemplo con fumadores las intervenciones se centran en las destrezas autoregulatorias de los fumadores que dicen hacerlo por placer, o en contrarrestar la adicción física (con parches de nicotina) con aquellos que dicen hacerlo por pura adicción. También se han aplicado intervenciones dirigidas en función del tipo de atribución para otros muchos comportamientos de salud, como la promoción de revisiones. Una cuestión que surge de estas últimas es la de la posible autoinculpación de pacientes a los que se detecta una enfermedad en una de las revisiones. En cierto sentido estas intervenciones trasladan la responsabilidad sobre su salud a los individuos.

Pero este traslado es positivo para el cambio a medio y largo plazo.

Teoría de la Comparación Social:

La formulación original de esta teoría corresponde a Festinger (1951), y fue con posterioridad aplicada al campo de la salud. Esta es, de las teorías generales de  psicología social que han tenido aplicación en el ámbito de la salud la única que verdaderamente se ha visto afectada en sus planteamientos por las intervenciones e investigaciones biopsicosociales.

La idea conductora de la misma es que la gente obtiene información sobre sí misma observando el comportamiento de los demás. Como necesitamos disponer de una información lo más completa, ajustada y estable sobre nosotros mismos y nuestras habilidades, en ausencia de un patrón objetivo que permita medirlas, nos comparamos con otros, generalmente con los que más se nos parecen, lo que nos permite obtener una información sobre en qué posición nos hallamos respecto a los demás en cuanto a las habilidades que se pretende medir. Schachter (1951), por otro lado, postuló que buscamos la compañía de esos similares para tener una fuente habitual de comparación social. Realizó experimentos en los que probaba que ante las amenazas y el miedo tendemos a juntarnos con nuestros semejantes.

Mas según busquemos información con valencia afectiva o puramente evaluativa, buscaremos unos u otros sujetos de comparación social.

Festinger, en su idea seminal, se refería a comparaciones ascendentes, con referentes mejores que uno mismo en el comportamiento de interés. No obstante la investigación posterior en PS y en Psicología Social de la Salud ha constatado que también buscamos personas que están por debajo de nosotros para ciertas comparaciones.

Al afrontar la enfermedad puede ser psicológicamente positivo saber que las cosas podrían ser peores o que podemos mejorar nuestra situación. Taylor realizó una serie de estudios en los que comprobó como mujeres afectadas de cáncer de pecho tendían a compararse con otras (reales o hipotéticas) en una peor condición. En general los enfermos de todos los tipos de cáncer tienden a creer que lo están afrontando mejor que los demás y que su salud es en consecuencia mejor. En el caso referido primero de las enfermas con cáncer de mama, su preferencia por compararse con aquellas otras enfermas en peor situación no les conducía (como Schachter predeciría) a afiliarse con ellas, antes bien al contrario, tendían a preferir la afiliación con aquellas otras a las que les iba mejor que a ellas. La generalización derivable de esto es que preferimos compararnos con los que están peor que nosotros pero afiliarnos con los que están mejor, al menos en lo que a salud se refiere. Las comparaciones descendentes pueden elevar la autoestima, en particular la de personas con una autoestima de por si baja, pero solo en el corto plazo, pues en el largo se pierde la información de quienes van mejor, que podría ayudar a mejorar la propia salud. Quienes creen que su enfermedad no es peor que la de otros se ajustan mejor, aceptando de mejor gana sus limitaciones, dando menos vueltas a sus problemas y manteniendo estables sus lazos con amigos y cuidadores (Affleck et al, 1988). Y en la medida en que se ven similares a los no afeptados por su dolencia pueden sentirse mejor (como se ha comprobado en pacientes de artritis y en ancianos). Las comparaciones sociales son, en fin, consecuencia y causa del ajuste a la enfermedad.

Existe en nuestra cognición un sesgo muy corriente, que contradice las ideas de Festiger respecto a la comparación social como alternativa a la ausencia de patrones objetivos de medición, que es el que tienen muchas personas a dar prioridad a la información recibida de allegados que a otra más objetiva proporcionada por un experto (un médico, un farmacéutico o una enfermera, por ejemplo). También se da el caso de que una información objetiva pueda ser obviada por tratarse de una que señala que no sucede nada, que uno no está enfermo. Pero en caso de que se halle una enfermedad la información objetiva es tomada más en serio. Las creencias de la salud de las personas, como vemos, pueden ser ingenuas en un grado mucho mayor que el que la idea de científico ingenuo sugiere. Y esto nos conduce a comentar otros modelos de salud, y otras aproximaciones a los problemas de la salud y a cómo los representamos en nuestras mentes.

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Germanico
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No hay aprendizaje sin error, ni tampoco acierto sin duda. En éste, nuestro mundo, hemos dado por sentadas demasiadas cosas. Y así nos va. Las ideologías y los eslóganes fáciles, los prejuicios y jucios sumarios, los procesos kafkianos al presunto disidente de las fes de moda, los ostracismos a quién sostenga un “pero” de duda razonable a cualquier aseveración generalmente aprobada (que no indudablemente probada), convierten el mundo en el que vivimos en un santuario para la pereza cognitiva y en un infierno para todos, pero especialmente para los que tratan de comprender cabalmente que es lo que realmente está sucediendo -nos está sucediendo.

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