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Cuando la ley no me hace libre

escrito por Luis I. Gómez 21 diciembre, 2012

En el fondo somos unos simples. Unos simples felices, creyentes y despreocupados: el estado, en tanto que encarnación del pueblo, es omnipotente y sabio. Todo ocurrirá tal y como se decida en el marco del estado. Los sagrados parlamentos, los ungidos representantes políticos y el aparato de especialistas del estado, en tanto que encarnación democrática del pueblo, establecen no sólo el marco de acción de cada uno de nosotros: deciden lo que va a pasar, evitan lo que no debe ocurrir. Las leyes y normas que nacen del estado son, por tanto, las leyes y normas que nacen de nuestra voluntad, disponen el marco social ideal para cada uno de nosotros y evitan los desastres a los que nos podamos enfrentar. La fe no se discute y por ello no debe extrañarle que sea imposible mantener una discusión racional sobre inifnidad de temas cotidianos y menos cotidianos. ¿Quiere eliminar el sueldo mínimo? Está usted entonces a favor de la esclavitud. ¿Quiere legalizar las drogas? Está usted a favor de calles llenas de toxicómanos violentos. ¿Quiere eliminar las leyes que impiden la tenecia de armas? Está usted a favor de asesinos en serie, muertes en las escuelas y en contra de la paz.

Apenas dos pizcas de sentido común nos dicen, pero, que la intención de una ley no tiene  que tener relación alguna con sus efectos. Es más, en no pocas ocasiones provoca justamente el efecto que se pretendía evitar. Imaginen que el Gobierno decide proclamar una “Ley General de la Felicidad”. Loable intención, sin duda alguna: ¿Quién no quere ser feliz? La infelicidad queda oficialmente prohibida. Si seguimos el razonamiento arriba expuesto, todo aquel que se oponga a esta ley estaría en contra de la felicidad de los demás. ¿Nos haría más felices una ley como esta? Probablemente apenas serviría para aumentar el grado de hipocresía de unos y el miedo a ser castigado de los demás: si no soy feliz, atento contra la ley. Lo mejor es hacer como que soy feliz para evitarme problemas, incluso sabiendo que mi diaria parodia me hace cada vez más infeliz. La ley, absolutamente bienintencionada, produce justamente el efecto contrario a su intención. Sí, el lector inteligente me dirá que el ejemplo es absurdo y completamente alejado de la relidad. Irrisorio dirán los más. Pero, ¿es más irreal creer que es posible ser feliz por ley que creer que es posible ser pacífico por ley? ¿es más irreal creer que es posible ser feliz por ley que creer que es posible asegurarse un sueldo “digno” por ley? No olviden: la violencia o los sueldos bajos existen por razones inevitables. La violencia es innata en los animales (y nosotros lo somos) y el precio del trabajo no sólo se ve limitado por la avaricia del empleador, también por la calidad del trabajo realizado o la cantidad de recursos de un empleador no avaricioso. Éste último, probablemente, no empleará a nadie si le obligan a pagar un sueldo “mínimo” y carece de ingresos suficientes para cumplir la ley. El resultado es que muchas personas, lejos de obtener un sueldo digno, no obtendrán ninguno.

Reducir la ecuación al simplísimo “si una ley prohíbe las armas no habrá asesinatos” o “si una ley obliga a sueldos mínimos todos ganremos un sueldo digno” es francamente … ingenuo. No, es peor. Tal razonamiento, enraizado en la creencia por la que la intención de una ley es igual al efecto que ella genera, no es en última instancia más que muestra de nuestra monocausal pereza mental y peor aún, un signo de abandono servil a la doma a que nos someten, de obediencia absoluta a los principios estatales según los cuales el gobierno de un Estado, libre de toda influencia natural,  puede cambiar el mundo y a quienes en él habitamos a golpe de medidas arbitrarias.

¿Qué tiene esto que ver con la libertad? Se preguntará el lector.

Aunque de cada 100 personas que consumen Cannabis 99 se convirtiesen en delincuentes, no sería justo para la única persona que no se comporta criminalemente prohibir el Cannabis. Los 99 delincuentes deben ser castigados por sus actos criminales, no por el uso de Cannabis. En caso contrario, desaparecería la relación causal entre el crimen y el castigo, siendo substituída por la relación entre la causa del crimen y el castigo. Pero la “causa del crimen” es ambigua o múltiple en cualquier caso. Los 99 criminales no lo serían por robar o matar, ya que robaron y mataron por consumir drogas. Pero, ¿por qué consumen drogas? ¿fué la suya una infancia infeliz? ¿se abandonaron a las “malas compañías”? ¿nacieron en una familia asocial? Como ven, esta vía de razonamiento facilita reducir la culpabilidad del criminal adjetivando el acto criminal en sí mismo mediante interminables cadenas de posibles causas en el pasado, interpretables e instrumentalizables a voluntad. De la objetiva percepción de un crimen: “A mata a B” pasamos a la subjetiva valoración del pasado de A, incluso del de B.

En la otra cara de la moneda aparece la idea utilitarista de juzgar las acciones únicamente sobre la base de sus consecuencias, estableciendo cadenas causales predictibles sobre las que se puede actuar preventivamente, lo que nos llevaría ineludiblemente al totalitarismo. De este modo podríamos argumentar, por ejemplo, que hay que reconocer al Estado el derecho de dictar los alimentos disponibles para las personas en función de las recomendaciones de los expertos en nutrición. No olvidemos que la gente podría comer y beber “equivocadamente”. Por lo tanto, podría ser “perjudicial para su salud” y por ello “suponer un coste adicional a la sociedad”. Desde un punto de vista utilitarista, el Estado debería establecer por ley  la cantidad de proteínas, grasas o hidratos de carbono que las personas pueden consumir. Para hacerlo más personal, también se debería considerar el metabolismo individual y el tamaño corporal. Serían necesarios mecanismos individuales de vigilancia a distancia, centralización de la industria alimentaria, del transporte, …

La vida es riesgo. ¿Quién decide qué riesgos deben ser prohibidos y cuáles podemos “abandonar” al criterio de las personas?

¿Por qué no permitir a la gente que decida por sí misma?